diálogo con héctor schmucler
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Memoria para mejorar el presente
El alcance de los términos “memoria, verdad y justicia” y sus implicancias. Los riesgos de la banalización y las pretensiones de memoria única. La historia en clave de reality show, la teoría de los dos demonios y el sentido del “nunca más”.
Emerio Agretti
—Los términos justicia, verdad, memoria están muy presentes hoy en la sociedad. ¿Pero qué involucran estrictamente?
—Primero, enuncian situaciones, pensamientos, principios de tal magnitud, tan incorporados en nuestra cultura contemporánea occidental, que casi parecieran ser indiscutibles. Nadie puede estar en contra de esos principios, cuando las cosas que han ocurrido en el pasado tienen todavía reflejos en nuestro presente. Lo que me inquieta es el uso abusivo de estas palabras. Como son tan generales y tan aceptables por todos, parecieran ser términos explicativos de todo. Entonces, son usadas en infinidad de situaciones, aún contradictorias. El victimario las usa, la víctima las usa. Lo cual trae un riesgo importante, que yo lo situaría en la banalización de las palabras. Cuando algo se vuelve banal, deja de tener una significación específica. Por lo tanto, no sabemos diferenciar una cosa de otra. Y los problemas sociales no son derivados de un solo hecho: son complejos de hechos, complejos de ideas en circulación, de intereses en pugna que hacen propicia la aparición de uno u otro acontecimiento histórico.
—Este consenso vacío de contenido también bloquea la posibilidad de debate.
—Exactamente. Oblitera un conocimiento más a fondo, una intensificación de las preguntas donde podamos reconocernos y reconocer el pasado. Me gusta pensar que las preguntas que nos hacemos son para indagar cómo fueron posibles los hechos que la memoria evoca. No sólo el hecho, sino cuáles son las condiciones generales, todo este complejo de cosas que hacen posible que emerja algo. Cuando decimos “memoria para que haya justicia”, es irrebatible. Pero después viene la pregunta: ¿qué memoria para qué justicia?
—Porque a veces hay una mirada sesgada sobre los dos términos.
—No hay una memoria, hay memoria de cosas que en primer lugar presupone que es la memoria compartida de grupos humanos. Pero cada grupo que comparte memoria puede tener memorias diferentes; por eso la memoria nunca es “la memoria”, sino memorias en relativo conflicto. Sólo los Estados totalitarios pueden pretender una sola memoria; es uno de los instrumentos centrales de las experiencias totalitarias que hemos vivido durante el siglo XX, imponer una memoria. En “1984”, si hay algo que caracteriza ese mundo totalitario magníficamente descrito por Orwell es la instalación de una memoria. Más aún: es lo central del eje político establecido en ese estado de ficción; que lamentablemente no es tan de ficción.
—Acá vemos lo que se llama un intento de reescribir la historia que, en alguna medida, está estableciendo la pretensión de una memoria única.
—A veces sí. De todas maneras me parece que hay que estar alerta con toda unicidad. Si este reescribir es porque ya sabemos dónde vamos a llegar es sospechoso; si quiere decir un indagar permanente, me parece que es muy útil. Porque así como hay memorias diversas, hay historias diversas, que dependen de qué se mira y qué no se mira. Y no necesariamente por razones negativas, sino que hay una mirada que privilegia una cosa u otra. Hay que aceptar la convivencia de historia y la polémica alrededor de esto.
—La apelación a la memoria más como un componente volitivo... de indagar, no barrer las cosas abajo de la alfombra, y que salga lo que tiene que salir.
—Claro. Otra cosa es la reescritura de la historia ficcional, sobre todo con los héroes. Como estamos en la época de los reality shows, pareciera que a alguno de los próceres que mirábamos cuando éramos chicos, se le encuentra cualquier cosa. Eso niega el lugar que ocupan en la historia. Pero vende. Ahora está de moda San Martín, no sé muy bien por qué. Pero lo mismo pasa con los próceres y los procesos. Creo que es negativo cuando hay un claro prejuicio de orden ideológico. Si yo sé que la historia tendría que ser de la manera que lo imagino, voy a acomodar los hechos para que sean historia. Es la historia del último siglo pasado y ha traído consecuencias nefastas para la vida de los individuos y sociedades.
—Con particular resonancia en lo que significó para nuestro país la dictadura militar.
—Ese es otro tema. Le hemos quitado todo el límite a la palabra memoria y por eso mismo lo hemos achicado. Cuando uno habla de memoria hoy entre nosotros, parece que habla exclusivamente de la dictadura militar. Pero la memoria es bastante más amplia. Inclusive para ubicar el papel terrible de la dictadura militar, hace falta ver el proceso de cómo fue posible que esa dictadura existiera. Porque si no, no se preguntan los porqué, las condiciones sociales, de ideas, de grupos que hicieron posible que existiera una dictadura, que contó durante largo tiempo con el aval de una parte importantísima de la sociedad argentina. Y no estoy hablando de las instituciones que siempre se denuncian, sino de la población. Si no, caemos en el error de creer que éste es una especie de cuento mágico, por el cual un día a cuatro generales que pasaron mal la noche se les ocurrió hacer un golpe, o hubo designios maléficos que los llevaron a esto.
—Ahí es cuando aparecen los dos demonios...
—Claro, esa teoría que nunca se termina de entender muy bien qué quiere decir. Y con la que estoy absolutamente en contra por un hecho sustancial: que no son demonios. Porque si lo fueran ¡qué tranquilizante sería! Nadie tendría la culpa. Pero además no son enjuiciables. El problema es que no son demonios y son responsables porque hay ideas, hechos, voluntad; porque podrían no haber hecho lo que hicieron. El demonio no puede hacer lo que quiere, sino lo que hace su naturaleza. La naturaleza del humano es ser responsable de los actos y por lo tanto poder optar. Entonces ¿qué estamos enjuiciando? ¡Cómo no vamos a estar con los derechos humanos! ¿Pero qué quiere decir eso? Lo que se enjuicia es un crimen, no la violación a los derechos humanos. Que el crimen sea una violación a los derechos humanos no hay duda, pero si sacamos el concepto de “crimen” -que puede tener distintas jerarquías, para llegar al de lesa humanidad que es imprescriptible-, puede llegar a parecer una polémica de orden de conducta y no el hecho central. Esto trae complicaciones de orden político.
—¿Por qué?
—Porque el crimen es un crimen en sí. El crimen de los desaparecidos, que creo que es el crimen esencial por el que se recuerda la represión dictatorial, es un hecho de una envergadura que merece ser considerado casi al margen de otras situaciones, como rasgo esencial de un acto que violenta cualquier rasgo de humanidad. Por eso es de lesa humanidad. La condición humana está por encima y por debajo de los derechos, pero me parece que a veces sirve para generalizar y simplificar. Todo crimen es condenable, por eso las discusiones sobre la criminalidad en actos de las fuerzas del campo popular, la guerrilla, etc, que es donde se montó para hacer esta represión. Y también hay que mirarlo con esta perspectiva, no para igualar y decir que son todos malos que se pelean en la teoría simplificada de los dos demonios, sino para pensar nuestro presente.
—¿Qué significa eso?
—En primer lugar, es imposible pensar la memoria sino en el presente. Pero para que nuestro presente tenga algún sentido, estamos recordando para vivir de manera distinta, social e individualmente. Un crimen no es mejor cuando está impulsado por buenos sentimientos o por otros sentimientos que para nosotros son malos. Porque los criminales nunca hablan en nombre del mal. Y si uno cree en las palabras, no hay malos. Pareciera que si uno habla en estos términos quita responsabilidad a los enjuiciados. Para nada. Pero si no reconocemos que el acto criminal que ejerció la dictadura en nuestro caso no heroíza a la víctima, no les da la razón en las ideas, pero las hace víctimas de un crimen absoluto, vamos a estar siempre débilmente asentados. Hasta hace no demasiados años se divulgaba que el crimen era crimen porque las víctimas eran inocentes. Después se empezó a reivindicar la acción política y a veces político-militar de las víctimas. Para alguna gente que criminalizaba la acción militar porque era sobre inocentes, cuando supieron lo vieron distinto.
— “Algo habían hecho”...
—Exacto. Si pudiéramos hacer que nuestra memoria indague en esto, creo que daríamos pasos importantes. Para decirlo de otra manera: aquél otro remanido eslogan de tengamos memoria para que no se repita, que es el Nunca Más y tiene una larga trayectoria desde la Segunda Guerra Mundial, es como un automatismo. Pero no es así. Primero, porque la historia nunca se repite de la misma manera. La experiencia nos sirve si dice qué condiciones, qué pensamientos, qué idea hubo detrás de los hechos a los cuales está aludiendo. Y entonces sí, podemos decir ¿y hoy estamos pensando de manera distinta? Hoy parece casi imposible que pudiera repetirse lo mismo. Pero ¿y si lo repetimos de otra forma? Quizás con menos muertos directos, pero con muchísimos muertos constantes. Pero no es sólo evitar la muerte, violenta o constante por razones sociales. Tenemos que ver cómo es la vida. Porque si nos preocupa la muerte, es porque esto significa un aprendizaje, una lección sobre cómo vivir. Al fin y al cabo, lo único que hacemos nosotros es vivir. Y lo que queremos es vivir tranquilos con nuestros muertos, y con la vida de nuestros muertos. Bueno, no es pequeña tarea para la memoria.
“Me gusta pensar que las preguntas que nos hacemos son para indagar cómo fueron posibles los hechos que la memoria evoca”.
“Cada grupo que comparte memoria puede tener memorias diferentes; por eso la memoria nunca es “la memoria’, sino memorias en relativo conflicto. Sólo los Estados totalitarios pueden pretender una sola memoria”.
Foto: Guillermo Di Salvatore
/// EL DATO
Ciclo
La conferencia de Héctor Schmucler inauguró el ciclo “Justicia y Derechos Humanos en la construcción de la Democracia”, organizado por la UNL, la secretaría de Derechos Humanos de la provincia y el Centro de Estudios Municipales y Provinciales (Cemupro). El 3 de junio estará Emilio Crenzel y el 18 de ese mes Elizabeth Jelin. El 18 de agosto se contará con la presencia de Marina Franco y de Claudia Feld. El 24 de agosto estarán disertando Roberto Pittaluga y Ludmila Da Silva Catela. Y como cierre del ciclo se tiene prevista la participación de Hugo Vazzetti.
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/// PERFIL
Héctor Schmucler
Es reconocido por su labor como sociólogo, semiólogo, investigador y ensayista. Fue fundador de míticas publicaciones de debate intelectual (Pasado y presente, Comunicación y Cultura) y creador de cátedras universitarias, además de docente en Buenos Aires, México y Córdoba. Es considerado una de las principales figuras de los estudios de la comunicación en América Latina y sus textos se leen en las principales universidades.
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las víctimas eran inocentes. Después se empezó a reivindicar la acción política y a veces político-militar de las víctimas. Para alguna gente que criminalizaba la acción militar porque era sobre inocentes, cuando supieron lo vieron distinto.
— “Algo habían hecho”...
—Exacto. Si pudiéramos hacer que nuestra memoria indague en esto, creo que daríamos pasos importantes. Para decirlo de otra manera: aquél otro remanido eslogan de tengamos memoria para que no se repita, que es el Nunca Más y tiene una larga trayectoria desde la Segunda Guerra Mundial, es como un automatismo. Pero no es así. Primero, porque la historia nunca se repite de la misma manera. La experiencia nos sirve si dice qué condiciones, qué pensamientos, qué idea hubo detrás de los hechos a los cuales está aludiendo. Y entonces sí, podemos decir ¿y hoy estamos pensando de manera distinta? Hoy parece casi imposible que pudiera repetirse lo mismo. Pero ¿y si lo repetimos de otra forma? Quizás con menos muertos directos, pero con muchísimos muertos constantes. Pero no es sólo evitar la muerte, violenta o constante por razones sociales. Tenemos que ver cómo es la vida. Porque si nos preocupa la muerte, es porque esto significa un aprendizaje, una lección sobre cómo vivir. Al fin y al cabo, lo único que hacemos nosotros es vivir. Y lo que queremos es vivir tranquilos con nuestros muertos, y con la vida de nuestros muertos. Bueno, no es pequeña tarea para la memoria.