Breve perfil del poeta Marco Antonio Campos

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“Bodegón con frutero” (1976), de Rufino Tamayo.

Por Cecilia Romana

Marco Antonio Campos representa una de las voces más originales de la poesía mexicana actual, no sólo por la coloquialidad intimista de sus versos, sino también porque, a fuerza de llevar una vida románticamente errante, su obra se muestra como un abanico variopinto de momentos únicos, mixturados bajo su personalísima voz, indescifrable tal vez, y por eso mismo, intensa y atractiva.

Nació en la Ciudad de México, en 1949, publicó más de una docena de libros de poesía, novela, ensayo y traducciones de poetas como Baudelaire, Rimbaud, Artaud, Ungaretti, Quasimodo y Trakl. Obtuvo, entre otras distinciones, la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda, otorgada por el gobierno de Chile y, a fines del año pasado, el Premio del Tren 2008 Antonio Machado de Poesía con su obra “Aquellas cartas”.

Los presentes poemas pertenecen a su libro “Viernes en Jerusalén”, que publicó el prestigioso sello español Visor, y con que obtuvo el Premio Casa de América en Madrid, en el año 2005.

Los elegidos

“Los dioses eligen a los más jóvenes dijo-

para una áurea muerte; lo escribió muchas veces.

Al cumplir cuarenta años sin mayor heroísmo

¿qué queda de aires y sueños hacia la grandeza?

Al cumplir cuarenta años, con resignación ácida,

sólo queda ver quiénes, con una áurea muerte,

Fueron elegidos por los dioses”.

Mi odio

Odio a los que para acomodarse la corbata

se tardan un diciembre;

a los que después de haber escrito

versos de perro dolido

mendigan la alabanza ajena.

Odio a los que desprecian

la mujer que los acosa

por un sueño que nunca alcanzarán,

y a los que con teología

-pulcramente inexacta-

se sirven de los imbéciles.

Día a día, Marco Antonio Campos,

vigilé tus actos.

Avenida de los Pinos 8

Madre amaba las plantas pero en el jardín de la casa no se vio crecer un árbol. El cuadrángulo del jardín era pequeño y la casa de dos pisos con garash en planta baja. Calle arriba (cien pasos), camino a Cristo Rey, pasaba traqueteando el ferrocarril a Cuernavaca frente a las fábricas de cemento. Desde la terraza mirábamos de mañana el paso de los vecinos para tomar el autobús hacia el trabajo, o a comprar pan de dulce y pan blanco en El Mellizo o dos litros en la lechería de Josefina Páramo, o comida chatarra en la tienda de Rafael García. De tarde mirábamos el fútbol de la calle y el corro de niñas que hablaban del colegio y de novios con las manos pasadas por el fuego. La casa de Pinos 8 se quemó íntegra en el año del Jubileo. Cuando llegamos a esa casa sería el ‘57- padre dejaba para siempre esposa e hijos, y sin saberlo él, menos el que habla, daba al niño que yo fui un siglo de libertad y sueño. Padre no entró de nuevo a casa (salvo visitas médicas), ni vio crecer las plantas en el cuadrángulo del jardín (menos un árbol), y me esfuerzo por recordar si mis hermanos o yo sufrimos por eso.

2001

Mi casa quemada

Yo tenía una casa. Yo tuve una casa en Pinos 8.

Era una casa de portón y muros altos, una casa

donde la gruesa Epifania nos servía algo para

simular que se tiene algo en el estómago, donde

guardaba entre páginas de libros el viaje golondrino

para esperar el viaje, donde

en los estantes del librero mal mirábamos

la Enciclopedia Barsa y el azul del Tesoro, donde

a fines de los cincuenta se reunía ávida

la familia de tarde a las cinco en el comedor

para reconocerse en la vida y las historias

en blanco y negro de melodramas que veía

en una rústica televisión de bulbos, donde

madre nos hablaba de la ciudad del centro en que moró

como de un lugar donde las víboras alargan

el cuello en comedores y salas, prestas a perforar,

con afilados dientes, alma, corazón y cuerpo

de amigos y enemigos no menos emponzoñados,

ah esa casa, en alboroto continuo por escaramuzas y pleitos

que armábamos de nada los hermanos, donde

solidario conmigo mismo solía jugar solitario

con dados y barajas o leer historietas

de vidas ejemplares o heroicas o amores juveniles, o

vislumbraba en la adolescencia como nube y nube,

imágenes y metáforas y símiles

de poemas de Lorca y de Neruda, o el saludo y

la sonrisa y el perfecto nueve de Beatrice di Folco Portinari, o

las caminatas impetuosas de Rimbaud por el África terrible, o

escenas, en grabados de Doré, del Antiguo y

el Nuevo Testamento, o navegaba en la nave de Odiseo

creyendo posponer en las mareas la vuelta a Ítaca,

ah mi casa, donde lloré sin darme el pésame

la pérdida del primer amor como la pérdida del reino,

donde vi brillar el espejismo de una vida artística,

donde supe que un sujeto como yo, sujeto siempre

a la culpa y a la Culpa, sólo sabe

de paraísos sin luz, ah esa casa,

esa casa se quemó completamente, se quemó con los años de infortunio,

con imágenes armadas en la noche

en el teatro del sueño, donde a personajes

femeninos los solía llamar la reina o la alegría.

Yo era un muchacho delgado, alto y fuerte pero

también muy tímido, y tenía como el aire melancólico.

2002


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Marco Antonio Campos con la poeta chilena Lila Calderón.

Foto: Cecilia Romana