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La cultura ancestral de los pueblos originarios está presente en estas pequeñas comunidades.
El norte escondido
Argentina y su noroeste más profundo invitan a conocer historias que sólo valen la pena descubrirlas en sus pueblos y con su gente. Lugares que no están en la agenda turística pueden ser las joyas más bellas de un viaje a las venas de nuestra historia.TEXTOS Y FOTOS. GASTÓN CHANSARD

Una típica calle de los pueblos del noroeste argentino, donde los vecinos viven serenos y predispuestos a recibir al visitante.
Si es verdad que Dios existe, y fue él quien se encargó de armar el rompecabezas del universo, no tengo dudas que al finalizar de crear el planeta tierra, se tomó unos días de vacaciones y descansó en lo que hoy es el noroeste argentino. Suponiendo que ese ser superior existiese y haya hecho lo que imaginé, no tengo dudas de que seguí su ejemplo -claro que sólo en esta cuestión- y me interné en lo que las siglas denominan el NOA. Ese NOA desde la fonética espanta, suena negativo, hasta comienza a leerse con mala predisposición, como cualquier frase que comienza con un “no”. Pero el NOA es un inmenso SI, tan grande como esa puna que atraviesa la bellísima Jujuy.
Es un “sí” al encuentro con la Argentina más profunda, esa que en sus pueblos todavía no tiene el problema de la inseguridad como principal anotación en su agenda, ni conflictos con las patronales del campo y mucho menos las insoportables peleas mediáticas entre los candidatos que ofrece la política. La vida en poblados como Yavi (Jujuy), Iruya (Salta) o Amaicha del Valle (Tucumán) pasa por el meridiano de la tranquilidad, esa que para algunos exaspera, pero que para otros significa, ni más ni menos, que la paz hecha vida.
Con mucha vitalidad, tranquilidad y paisajes para repartir, cada habitante de estas tierras provoca en los turistas unas profundas ganas de abandonar todo en sus viciosas ciudades y comenzar a experimentar una vida que parece haber quedado en otro siglo, donde todo transcurría más lento y había tiempo hasta para pensar. La lentitud, a la que la altura obliga en aquellos lugares, se transforma en una característica determinante para comprender costumbres.
Con esa pausa en estado continuo las cosas se empiezan a ver diferentes y todo lo que a los bichos de ciudad nos parece determinante, en Animaná por poner un ejemplo- pasa a ser relativo y hasta insignificante. Sucede que en estos pintorescos pueblos de nuestro noroeste argentino viven cientos de años de dolor, de saqueos históricos, de luchas silenciosas, de medios que se dicen nacionales, pero siempre estuvieron de espaldas a pobladores de la misma nación, de gobiernos con promesas electorales, de discriminaciones varias y otros tantos años más de paciencia, ésa que sólo los pueblos sabios y respetuosos de sus mayores saben tener.
Sabiduría ancestral
Cuando uno se permite ingresar a ese norte tan argentino como olvidado, todo -hasta la altura misma- comienza a ser parte, aunque sea por un día, de la vida cotidiana de cada uno de esos pueblos. Y es ahí donde las empinadas calles de Iruya -paraíso de la quebrada salteña- invitan a ser transitadas lentamente para entender cómo se puede vivir literalmente- colgado de una montaña y producir alimentos en espacios extremadamente reducidos.
Si imaginariamente salimos de la zona de la Quebrada de Humahuaca -la misma que cuenta con el título de Patrimonio de la Humanidad-, cruzamos la Puna Jujeña y llegamos hasta La Quiaca, sólo hará falta doblar unos 15 kilómetros para llegar a otro pueblo muy pequeño, de nombre Yavi.
Yavi es otro lugar que rápidamente invita a caminar entre sus calles de piedra, tierra y casas de adobe. Otro pedacito de la Argentina donde sus más de 400 años hablan desde el silencio; ahí sólo se escucha el viento, pero las reglas las impone una comisión integrada por vecinos que, ante problemas muy importantes, suelen consultar a un consejo de ancianos. Sabiduría ancestral que le llaman, sabiduría de los pueblos originarios.
Naturaleza en estado puro
Viajar por el noroeste es encontrarse con la naturaleza en el estado más puro, con paisajes creados para que se luzcan los fotógrafos, con historias centenarias de luchas, sacrificios, esclavitudes y verdades ocultas.
Viajar por el noroeste es más que una postal del cerro de los Siete Colores o la linda plaza de Salta; es sentir que en su gente todavía habitan esos valores que muchos dicen que se perdieron.
Viajar por las venas de nuestro NOA es descubrir una Argentina que no está oculta; simplemente se trata de darnos vuelta, mirar la N del punto cardinal y rescatar los valores de pueblos tan nuestros como el tango.

Desde Purmamarca hacia el oeste, por la ruta nacional 52, se llega a una de las salinas más grandes del mundo.

Viajar por los pueblos del noroeste es ir al encuentro de la Argentina más profunda.

Recorrer el noroeste significa encontrarse con la naturaleza en el estado más puro.
Lugares donde hay que ir
Las Salinas Grandes es un manto blanco que cubre más de 12.000 hectáreas en el centro sur de la provincia de Jujuy y parte de Salta. Desde Purmamarca hacia el oeste, por la imponente ruta nacional 52, se llega a una de las salinas más grandes del mundo.
De las Salinas Grandes se extraen minerales con cloruro de sodio, el potasio y, en menores proporciones, bórax. La explotación está en manos de una cooperativa de mineros de pueblos aborígenes (Cooperativa de Mineros Salinas Grandes) y estos trabajadores le dan de comer a cerca de 50 familias que viven en parajes cercanos.