DE RAÍCES Y ABUELOS

1.jpg

Linda Zarour (izq.) esperando embarcar, en Marsella, Francia, para venir a Argentina, en 1925.

Una historia de allá para acá
 

El profesor y crítico de arte Domingo Sahda reseñó la historia de su familia de origen libanés, cargada de emociones y recuerdos, que marcaron su vocación y profesión.TEXTOS DE DOMINGO SAHDA.

2.jpg

Jorge Zarour y Juana Musa eran los abuelos maternos de Domingo Sahda.

Mi abuelo materno, elegante al estilo “Belle Époque” venida a menos, casóse con mi abuela por mandato familiar en un todo de acuerdo a las pautas culturales de la época. La boda fue decidida por mis bisabuelos. Una distancia de 20 años los separaba. Él, dos veces viudo, con una hija a cuestas. Ella, 20 años. El mandato patriarcal se imponía.

Autoritario, jugador empedernido, Jorge Zarour perdió en esa danza de la fortuna todo lo que había construido. Mi abuela Juana, autosuficiente y litigante, feminista a contramano de los tiempos, hizo de su vida en tierra extraña un duro traqueteo que acabó cuando ella, nonagenaria ya, viviendo sola en su antigua, amplia y desvencijada casa, renegó siempre, nostalgiosa, por su Líbano natal que dejó para nunca más volver. Nunca amó su nuevo destino y éste siempre le fue adverso.

Acuciada por el deseo de reencontrarse con su hijo, lió sus petates, zamarreó a mi madre, enterró a una hija muerta en la epidemia del cólera de finales de la Primera Guerra y vino para reencontrarse con su hijo, quien, en busca de su padre, mi abuelo, ya estaba desde hacía 2 años radicado en Esperanza, buscando a sus connacionales.

Para la cultura árabe, para la época, el hijo varón siempre fue el privilegiado de los hermanos. Ella vino porque su hijo postalmente se lo había requerido, no por su marido, habitante de estos lugares de 1910. No se veían desde hacía 15 años. Sólo había ocasional correspondencia entre ambos.

Mi tío Felipe fue el aliciente que empujó la emigración de su madre y su hermana.

Recorre el lugar una historia de amores contrariados tanto por la cuestión de pertenencia social y económica como por la larvada concepción racista que aplastó el romance a escondidas. Algún memorioso podrá evocar quizás su carreta descuajeringada arrastrada por un macilento caballo y cargada de algunas feas macetas fabricadas por él, comercio mediante, el cual suponía sobrevivir. Personaje entre curioso y penoso del diario vivir lugareño. Nunca comprendió qué rumbo guiaba su maltrecha novela de amor quebrado, ni qué estrella guiaba su camino. Vivió y murió solo, cobijado quizás por sueños rotos. Levantisco, nunca aceptó la protección de nadie.

Mi abuela, su madre, nunca pudo entender ni aceptar su desdicha y menos comprender la de su hijo. [...] Doña Juana maldijo una y mil veces su decisión inicial. Nunca se afincó realmente. El único ancla a la vida fue su hija, mi madre, y sus nietos: nosotros.

MIS PADRES

Mi madre, obrera de la Empresa Textil Grafa de Esperanza, analfabeta, comenzó a trabajar para sostener la temblequeante economía familiar. Los desatinos de mi abuelo eran de fábula, al punto de negar el deseo de la misma a escolarizarse. Jamás permitiría él que su hija fuera a una escuela mixta y encima nocturna. El único conocimiento sería el de atender la vida intrafamiliar doméstica.

A contramano del deseo paterno, al asumirse como mayor de edad, mi madre se convirtió en operaria no calificada. La sirena de la fábrica llamaba al trabajo 7 días a la semana, al alba, en jornadas de 10 horas diarias sin derecho a reclamo alguno.

Mi padre -presumiendo de ser “el turquito Rodolfo Valentino”, tal el mote endilgado por amigos y compañeros de oficio, buen mozo, jovial y amiguero- cambió su oficio de corredor de comercio en las colonias para así poder rondar a mi madre. Su noviazgo se gastaba en requiebros camino al trabajo. El era el festejante que cambió su tarea por otra, esta sí, que lo atrapó para siempre. Hasta el final de su vida. El de obrero mosaista, trabajo que era su orgullo.

Cuando mi abuelo paterno José Sahda fue a hacer el pedido de mano de acuerdo a las rituales y convenciones sociales, mi otro abuelo, con aire destemplado y conocedor de las andanzas de galán de Alfredo Sahda (mi padre) espetó sin más ni más: ¡Tiene siete días para formalizar y casarse! ¡Si en esta semana no pasan por el Civil, que su hijo se olvide de ella!

Cuatro cacerolas y dos frazadas a más de la bolsa de felicidad y amor fueron el ajuar. Con un mano adelante y otra atrás se casaron. Se amaron hasta el final de sus vidas. Para ellos, Argentina fue la tierra de las promesas cumplidas. Fundaron una familia. No claudicaron ante las adversidades. Nos marcaron con el ejemplo del trabajo, la honestidad y el coraje para defender las ideas propias. “Siempre debes mirar de frente a la vida, dar la cara” era su consejo constante.

EN MI CASA

En la casa paterna, sencilla, ajustada a las necesidades de una vida sin pretensiones de “figuroneo”, la vida transcurrió por los carriles de un grupo familiar estrechamente ligado a los afectos, a las convicciones de que la palabra dada y la honestidad eran principios incuestionables.

Éramos una especie de clan de puertas abiertas que socializaba.

El mito de la comida árabe era un señuelo para el convite. Mi padre -feliz- invitaba, mi madre rezongaba haciendo que los amigos degustaran perplejos esas raras e inhabituales mixturas. En el pueblo en el cual transcurrió el tiempo de la escolaridad primaria, Progreso, la mesa familiar era bendecida diariamente por mi padre, ortodoxo según el rito de Antioquía.

En la pequeña iglesia de San Jorge -Esperanza- que él colaboró en construir, en un tinajón que hizo mi tío Felipe fui bautizado según ese ritual. Así lo constata la fe de bautismo bilingüe (castellano-árabe) que atesoro como recuerdo del tiempo ido.

Las fotografías de Eva y Juan Perón, colgadas en una pared de la cocina/comedor/estar, compartían el espacio con una imagen de San Jorge batiendo al dragón. En la larga galería que miraba al este un óleo pintado por E. Lorenz reproducía un paisaje alpino. Fue la primera pintura que vi; está impresa en mi memoria.

Mi padre fue uno de aquellos peronistas “del diecisiete” que jamás se desdijo ni renegó de sus convicciones políticas. Ese tipo de peronista que jamás especuló ni traficó con ideales. Ese peronismo que nada tiene que ver con los remedos y las patéticas parodias actuales.

La casa, su primera casa propia, la tuvo a partir de un convenio con su patrón. Trabajaría horas extras de lunes a sábados por años para ir saldando con trabajo ese beneficio pactado con su empleador, quien sería al tiempo padrino de mi hermano menor. Estoy memorando tiempos en los cuales el trato sellado con un apretón de manos era suficiente y definía la hombría de bien.

SUEÑOS Y RECUERDOS

La quinta, el gallinero, el horno de pan, el lote con árboles frutales, y más allá los sembradíos eran el micromundo en el cual crecí. Ahí nacieron los primeros sueños que aún me acompañan.

Mi padre fabricaba mosaicos, hora a hora, día por día, mixturando arena húmeda, cemento de portland con pigmentos minerales.

Los diseños diversos reticulados por moldes que se prensaban a mano iban acumulándose en las bateas anegadas por días, luego el emparrillado para su secado. Yo miraba alelado el proceso y me maravillaba el prodigio que emergía al destapar el molde. Fue mi primer contacto con el arte, al modo artesanal.

Mis abuelos paternos, Ángela y José Sahda, tampoco prosperaron económica y socialmente. Vivieron sin terminar por ajustarse a modos y modas diferentes, en el pequeño gheto de connacionales que les permitía vivir la ficción de estar en el lugar que no era el propio pero lo remedada a medias.

Huyeron del miedo al desmembramiento del Imperio Otomano y a sus secuelas, desde esas libanesas sacudidas por el tembladeral de finales de la Primera Guerra Mundial. [...] Para ellos, Argentina apenas fue poco más que la concreción del desarraigo.

De la mano de mi abuelo José descubrí la maravilla del cine. El cine Mayo (Esperanza) lo tenía como cliente fijo. Yo lo acompañaba feliz, encandilado por la pantalla y sus historias. Él era un devoto admirador de Lolita Torres. [...]

Recalaron apenas llegados, en María Juana para reunirse a su clan familiar.

Las reyertas entre primos y cuñadas provocaron su mudanza a Esperanza. Medraron, anclados entre puntos distantes, sin conjugar las diferencias. No pudieron resolver esa ecuación para ellos imposible e incomprensible. Todos reposan en tierra ajena, en Esperanza. Son mis raíces.

2a.jpg
4.jpg

Foto del pasaporte de Ángela de Sahda, con su hijo Alfredo (1918).

3.jpg

Alfredo y Linda Sahda con sus cinco hijos, en Esperanza, en 1946.

El primer encuentro

En febrero de 1927, el Transatlántico Mendoza atracó en el Puerto de Buenos Aires. Veinte días de cielo y agua, los mareos, Juana encogida en la cubierta, escudriñando temerosa a bullangueros grupos de italianos que -entre gritos, cantos y llantos- se daban coraje mutuamente. [...] Con la mirada hundida en el ayer, mamá recuerda lo vivido 75 años atrás. El verano porteño, el carnaval con sus juegos de agua, los corsos con sus ruidosas compararas fueron las primeras imágenes en la nueva tierra. Para la jovencita todo era incomprensible en esa especie de Babilonia a la que había llegado. [...]

Una semana después, el tren. Retiro a Santa Fe (aunque el destino final sería Esperanza). En la estación terminal de trenes del Belgrano, en Santa Fe, a los quince años, mi madre conoció a su padre, quien había dejado la tierra natal meses antes de que ella naciera.