etcétera. toco y me voy

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Un locro como la gente

El locro es una de esas comidas que inexplicablemente la gente insiste con asociar a un día particular. Es una comida riquísima, híper calórica, “power”, pero que está siendo acorralada por el cambio climático y el estilo light. Ni las tradiciones se respetan ya, canejo. TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI.

El locro del 1ero. de mayo ya fue un problema: con temperaturas estivales metiéndose de lleno en la supuesta parte destemplada del año, uno de los ingredientes principales del tradicional plato -el frío- ya está ausente. Ya es jodido encarar un locro normalmente, imagínense sin frío. A ello hay que sumarle el precio de los choclos -antes regalados o convenientemente choreados al costado de alguna ruta- y la relativa complejidad de la preparación o, mejor, de la obtención de todos los ingredientes confiables. Por último, cierta holgazanería general y la proliferación de preparadores más o menos solventes de locros -el club del barrio, el comedor fulanito, la tía Porota, entre otros muchos- conspiran contra una de las tradiciones más arraigadas en los hogares argentinos.

Aunque bien preparado y entendido, el locro lejos de arraigarte, te levanta, te manda a la estratósfera y te genera fuerzas y calorías como para enfrentar diez invasiones inglesas juntas. Un solo provechito con sabor a cuerito de chancho y acá no queda nadie. Es una forma de explicar por qué son todavía tan despobladas estas pampas y por qué ni árboles hay en tanta extensión de kilómetros a la redonda, cuadrada, hexagonal o como quieran. Radiografía de la pampa, que le dicen.

Bien mirado también, puede que el locro contribuya a la segregación familiar: difícil convivir en la misma habitación después de tres platos de locro humeante; el clima se vuelve espeso y el aire irrespirable. Y no diré nada más porque el natural olfato de nuestros lectores completará la escena con las regurgitaciones de la propia experiencia. Así de fino, se los digo.

El 25 de mayo pasó lo mismo: día de locro por antonomasia, surcado por un calor de enero. No se puede enfrentar un locro como la gente en esas condiciones, no sin riesgos para la salud propia y de los vecinos. Las tormentas convectivas no son tan peligrosas para los techos como el propio huracán que se está generando dentro mismo de los domicilios.

Para esos casos, de gente que sí o sí debe comer locro los 25 de mayo se generan alternativas más livianas, se mezquinan algunos ingredientes o se hacen concesiones que un gaucho de ley no aceptaría, como eso de poner en el freezer el sobrante para cuando haga frío. Una aberración, una puñalada en el vientre mismo de la tradición. A mí no me gusta comer un locro liviano porque la construcción es contradictoria y ataca la esencia del locro, que no es ni puede ser liviano. Yo quiero el tradicional locro explosivo y no un locrito de morondanga que se adapta o intenta hacerlo a las condiciones cambiantes del clima o de las modas. O comen locro o no lo comen, carajo. Aquí somos maniqueos a ultranza y no aceptamos modositas medias tintas o medios caldos...

Con la continuidad del calor hasta bien adentro del año, con la intención de las altas temperaturas de meterse hasta con el mismo invierno, nos quedará la opción de un único locro el 9 de julio con la esperanza de que entonces sí las temperaturas acompañen.

Si ello no sucede, el calendario gastronómico temático y fijo se complica porque se nos amontonan los locros no comidos con la sidra y el pan dulce de fin de año. Y tenemos que meter la bagna cauda en el medio. Y torta alemana. Así que nos queda una estrecha ventana por la que deben ingresar en malón todas las comidas que no pudimos comer por distintos motivos, muchos de ellos relacionados con el clima.

Con el locro pasa también lo que con otras comidas que quedan extrañamente confinadas a determinadas fechas o festividades, lo que es una fijación injusta. ¿Por qué tomar sidra sólo a fin de año si la bebida te gusta siempre? ¿Por qué comer locro únicamente en las fechas patrias? No hay que ser tan ordenados, un poco de rebeldía gastronómica no está mal, de vez en cuando. No quiero meter la cuchara en cualquier cosa, pero lo concreto es que ya se me pasaron miserablemente dos oportunidades locreras y sólo espero la revancha cuanto antes.

Bien preparado y entendido, el locro lejos de arraigarte, te levanta, te manda a la estratósfera y te genera fuerzas y calorías como para enfrentar diez invasiones inglesas.