Por María Guadalupe Allassia
El río estaba seco. Embriagado de misteriosos aromas hechiceros, pero seco.
Las palomas ausentes.
El viento traía las voces de las garzas blancas, lejanas, que anunciaban los peligros de las
arenas engañosas.
Era la hora del encantamiento. Embrujo de la siesta que embelesa y aturde con sus brillos.
El fresno, de delicada memoria otoñal, respiraba el aliento hechizado de las horas quietas.
Todo se borraba entre las hojas amarillas, con luz de vino añejo y claro.
Y allí estaba el hombre. Sin peso dulce. Apenas Pedro, leve, caminando sobre la arena que ondulaba como un hilo devorador de sueños.
Silencio de cucos en el vaho amarillo del otoño.
Pedro, carne liviana, tal vez de sombras, esqueleto de enredaderas locas y plumas de colores. Ignoto origen. Barco navegable de zarzas y mburucuyás imprevistamente florecidos.
Allí estaba el hombre, enredado en su neblina de tabaco y en el aroma dulce y rojo del vino. Buscó una silla y se sentó. Las raíces de los árboles entretejieron sus dientes frescos con la sangre del hombre. El embrujo había comenzado.
El silencio se derramaba liviano, dormido entre las hojas del fresno, que temblaron un
poco y prepararon, cual tela de araña, una trampa.
Nadie respiraba. Ni las cañas. Sólo Pedro, que se preparaba para dormir la siesta.
¡Que duerma!, dijeron los secretos brujos del encantamiento amarillo. ¡Que duerma! Que el sol es agua esplendorosa de espejo e hipnotiza hasta los duendes. Duendes que se ocultan entre las hojas, con máscaras de confusión y llamados engañosos.
¡Que duerma! ¡Que envejezca en la siesta, sin oír la lengua de fruta dulce de los pájaros!
Pedro comenzó a soñar, entre los vapores del vino, con espacios oscuros, imágenes absurdas de un río seco que murmuraba historias de naufragios y pescadores perdidos en épocas lejanas, en épocas de la conquista.
Los helechos se enroscaban en los pies del hombre, formando un tejido enigmático y peligroso que lo inmovilizaba, mientras que la Muerte, Muerte Americana, de pupilas doradas, casi irresistibles, se asomaba entre las culebras de colores. Las rojas, que raspaban la piel magra y seca del hombre viejo. Las verdes, que cruzaban heladas sobre la espalda.
Pedro quiso despertar pero no pudo. El vino, como lagarto dormido, estaba anclado en su cabeza y era una hierba mora, elástica y obstinada, que detenía los pensamientos, peligrosamente, para no despertar. Encantamiento rojo de hechicería, arte de magia.
La pesadilla extendió su mano blanca y tocó su corazón. ¿O era el espíritu del sauce? Toque de Muerte Americana, engañosa, oculta en el humo del tabaco y tal vez, sólo tal vez, en el cacao de lejanas tierras.
El corazón de Pedro se detuvo bajo la suave caída de las hojas del fresno. Silencio de cucos en el vaho amarillo del otoño.
El aliento hechizado de la siesta se llevó a Pedrobueno, Pedrovino, Pedrosueño, Pedro y sólo eso. Se fue por la arena caliente, ingrávido, transparente, al encuentro de la Muerte que lo esperaba. La Muerte devoradora de sueños. Cautelosa envenenadora de incautos durmientes.
Porque es la hora de la siesta, del polvo, del sol agua de espejo que reverbera y confunde. La hora de la nada.
Encantamiento de cucos en el vaho amarillo del otoño.





