“El médico a palos”, por el Grupo de los Diez en Humboldt

Notable vigencia de un clásico

Roberto Schneider

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El teatro, sobre todo el de carácter cómico, desde sus orígenes fustigó a los mandamases y a los fanfarrones: las farsas atelanas, Aristófanes, Plauto, satirizaron a políticos, demagogos y sofistas. Shakespeare, Lope de Vega y Goldoni: en todo tiempo hubo autores que aplicaron la fórmula aquella de “castigat ridendo mores”, la vía más eficaz para transmitir a los gobernantes el estado de ánimo de la sociedad, las inquietudes y las protestas de los gobernados. Uno de esos autores es Molière, que también arremetió contra algunas profesiones. Ejemplo de ello es la contundente “El médico a palos”, que acaba de estrenar en un singular suceso El Grupo de los Diez de Humboldt.

Decimos singular porque esta obra, de Jean-Baptiste Poquelin (más conocido como Molière) fue estrenada en 1666 y tiene, hoy, notable vigencia. El punto de partida es un conocido “fabliau”, un cuento popular francés de los siglos XII y XIII. En su base argumental, la joven Martina, para castigar a su marido borrachín y pegador, lo hace pasar por médico ante una familia que tiene una hija enferma. Persuadido por otros golpes, Don Bartolo acepta su nuevo rol y se las arregla para imitar la jerga de los galenos. Aparece también en escena, entre otros ricos personajes, el enamorado de la muchacha, a quien su padre no quería admitir, y ella recobra muy pronto la salud y la alegría perdidas.

Esta farsa es alegre, entretenida y también mesurada, y en ella se advierte que el autor llega a la cima de su arte en la perfecta descripción de un grato aire campechano y la acostumbrada sátira contra los médicos. La parodia del dramaturgo también va lejos. Cuando el padre le objeta al “médico” que ha señalado el corazón del lado derecho y el hígado del lado izquierdo, lo que es contrario a lo que se afirma habitualmente, este falso médico sostiene con aplomo que “así era antes; pero hemos cambiado todo eso y ahora practicamos la medicina con un método absolutamente nuevo”. Son instancias que Rubén Clavenzani manejó con habilidad en la inteligente adaptación que realiza de la obra, en la que sobresale el muy buen manejo del lenguaje.

La propuesta de Clavenzani toma este clásico de la literatura dramática universal y la atraviesa por una impronta estética de alto valor. En su puesta en escena, el director trabaja las diversas situaciones en las que la pieza se desarrolla, respetando la historia en todo sus matices y realizando algunos pocos cambios, dado que el original tiene una excelente construcción. Lo anquilosado de la traducción española está morigerado, como ya sostuvimos, por el uso de un lenguaje más corriente que tiene buen ritmo y un nivel de comicidad respetado. Así se acerca el teatro a nuevas generaciones.

Desde la dirección del montaje, Clavenzani trae al presente un tiempo pretérito, basado en el estupendo vestuario de Osvaldo Pettinari, que reproduce enfáticamente y con calidad poco frecuente la época en la que la historia se desarrolla a partir de un rico uso de telas con exquisito cromatismo. La banda de sonido suma aciertos, desde la utilización de obras de Stravinsky y El Circo de Rolando, del mismo modo que la planta de luces. El sonido de Ezequiel Caridad también es certero.

El mérito mayor está en el elenco de actores. Todos suman entrega y fervor interpretativo. Se destacan Pablo Yennerich como Don Bartolo, a partir de un juego incesante en el que entrega cuerpo y voz, del mismo modo que Rubén Fladung, un Don Gerónimo de voz y presencia escénica contundente; Gerardo Meyer, el marido engañado que teje artimañas, y una pareja que se las trae, integrada por Mario Quaranta y René Weder, perfectos como las dos caras y cuerpos de Ginés. Están muy bien Guillermina Volken en los dos personajes que interpreta; Tata Mulé, como la sugestiva y provocadora Juliana y “Piti” Vogt, impecable y sorprendente árbol que todo lo dice con el rostro. En la totalidad prevalece la idea de la búsqueda de un lenguaje actual para abordar un clásico y que éste cobre vigencia. Y si es en Humboldt, con el Grupo de los Diez, mejor aún. Una fiesta teatral.

En la totalidad prevalece la idea de la búsqueda de un lenguaje actual para abordar un clásico y que éste cobre vigencia. Y si es en Humboldt, con el Grupo de los Diez, mejor aún. Una fiesta teatral.

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Una fiesta teatral para los integrantes de un grupo y para los habitantes de una comunidad que se ríe con una obra para el gusto de todos.

Foto: Gentileza producción