Llegan cartas

Día de la Bandera

Diego Martín Reynoso Mántaras.

Presidente del Instituto Belgraniano de Santo Tomé.

Señores directores: Cada 20 de junio, día en que conmemoramos el paso a la inmortalidad del brigadier general Don Manuel Belgrano y homenajeamos a la Bandera en su día, los alumnos de las escuelas argentinas realizan la promesa de lealtad a la enseña nacional y nuestros soldados juran dar su vida por ella si fuera necesario.

El 25 de Mayo de 1812, al frente del Ejército del Norte, Belgrano movilizó sus tropas hacia Humahuaca y en San Salvador de Jujuy la bandera argentina fue bendecida por primera vez. En esa oportunidad decía Belgrano al arengar a sus soldados: “No olvidéis jamás que vuestra obra es de Dios; que Él nos ha concedido esta bandera, que nos manda que la sostengamos, y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y el decoro que le corresponde. Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba de ello repetid: ¡Viva la Patria!”.

La bandera simboliza la nación, es signo de soberanía, independencia e integridad de la patria y también promesa de su perpetuidad a través de los tiempos. Nuestra bandera es símbolo de aquello por lo que luchamos, por lo que vivimos, de aquello que amamos. Bien decía Lord Byron: “Quien no ama a su patria, no puede amar nada”.

Allí está por la obra de quienes nos precedieron, hombres que como Manuel Belgrano fueron leales hasta el final y nos legaron valores permanentes. Hombres que nos imponen desde la historia la adscripción a una singularidad espiritual heredada, basamento de la autoestima social y de la construcción de un futuro solidario.

Allí está gracias a la sangre generosa de los que fieles al juramento que empeñaron, como reza la Oración por los Caídos, “no pudieron querer a otra Bandera, no quisieron andar otro camino y no supieron morir de otra manera”. Hoy suele exaltarse al hombre que vive la mera existencia, sin fe, sin trascendencia, sin dignidad, sin gloria, sin amor me arriesgaría a decir. Pareciera que todo es efímero, que nada es permanente. Frente a eso, está nuestra bandera recordándonos que aún existen valores eternos, que hay una patria para siempre. Allí está, en nuestros corazones, flameando sobre nuestras conciencias. Allí está, segura de que jamás la veremos caer, porque antes tendremos que caer nosotros.

Hoy más que nunca, en los difíciles momentos que vivimos, quiera Dios, que sea nuestra bandera siempre símbolo de unión, de paz, de libertad y garantía de justicia y cuando las dificultades arrecien, cuando la adversidad parezca insuperable, dignos, con fe, con honor, con valor y esperanza, gritemos, como Belgrano después de Ayohuma, “No importa: aún flamea en nuestras manos la bandera de la patria”.