La vuelta al mundo
¿Irán al borde de los cambios?
La vuelta al mundo
¿Irán al borde de los cambios?
Rogelio Alaniz
El ayatolá Khamenei y el propio Ahmadinejad atribuyen la rebelión popular en Irán a las intrigas del imperialismo yanqui. Demoraron algunas horas en decirlo pero finalmente lo dijeron. El veinte por ciento de desocupados, los crecientes niveles de pobreza, la incalificable discriminación contra las mujeres, el clima asfixiante de la dictadura teocrática, no tienen nada que ver con la protesta. El culpable es satanás que, como se sabe, para los clérigos chiitas tiene nombre y apellido: Estados Unidos de Norteamérica y, en general, todas las potencias occidentales.
El argumento no es nuevo; mucho menos, original. Por lo general, es el recurso al que apelan los gobiernos de fuerza para justificar la represión. Siempre es más cómodo atribuir a un enemigo externo los males que los acosan, que hacerse cargo del descontento interno. Asimismo, la invención del enemigo imperialista justifica futuras represiones y tranquiliza las conciencias o lo que queda de ellas.
En contradicción con las imputaciones de los clérigos, Estados Unidos optó por no entrometerse en los asuntos internos de Irán, tratando de evitar que se agite el fantasma del imperialismo para provocar un baño de sangre. Vana tarea. La teocracia necesita del imperialismo para legitimar su poder interno. Si interviene, mucho mejor, porque nunca es agradable mentir, pero si no interviene, Alá entenderá que a veces una pequeña mentira es necesaria para sostener el culto a su infinita bondad y grandeza.
Como se sabe, el régimen iraní es una teocracia en la que la autoridad máxima reside en el ayatolá y el Consejo de la Revolución. El poder religioso es casi absoluto. Controla a las Fuerzas Armadas, la Justicia y los medios de comunicación. Esta jerarquía convive con ciertas formas democráticas parlamentarias que en todos los casos están subordinadas a la autoridad infalible de los clérigos.
La Constitución de 1979 estableció este tradicional esquema de poder que recién ahora empieza a registrar algunas fisuras. Si bien al principio ha tolerado de mala gana las rebeldías, a esta altura de los hechos lo que predomina es la decisión de reprimir. Lo está haciendo. El número de muertos suma veinte personas y la cifra de detenidos alcanza a centenares. Hacia el futuro, el horizonte no autoriza a ser optimista. Khamenei no es precisamente un blando, y por nada en el mundo está dispuesto a que le pase lo mismo que le ocurrió al sha en 1979.
De todos maneras, no las tiene todas consigo. En principio, Khamenei está bastante lejos de gozar del poder que en su momento disfrutó Khomeini, su antecesor. Muchos clérigos no lo respetan y una de las explicaciones de lo que hoy está ocurriendo refiere a disidencias religiosas internas. Los disidentes que hoy ganan las calles no son laicos, reformistas o revolucionarios. Por el contrario, mayoritariamente son conservadores que no están de acuerdo con la actual gestión.
Musaví, entre otros, se ha definido siempre como conservador. Esto lo saben sus pares y también lo saben la gente que sale a la calle. Si bien el destino de estas movilizaciones sigue siendo incierto, a sus principales dirigentes no se les escapa que la calle es el único camino abierto para conquistar algunas reformas. En Irán, las multitudes no piden la vigencia del capitalismo liberal o de una social democracia sueca. Su reclamo es mucho más modesto y más acorde con sus tradiciones políticas. La denuncia de fraude electoral es la cartelera visible de un conjunto de demandas por mejores condiciones de vida y más libertades. No es nada demasiado significativo en un país democrático, pero se trata de una alarmante señal en una rígida dictadura teocrática.
Las “multitudes”..., ése es uno de los problemas serios en Irán, tal vez el más complicado e irreversible. Las multitudes como sujeto histórico, las multitudes como manifestaciones de diferentes intereses en una sociedad moderna; las multitudes como expresiones de un ejercicio soberano. Irán está muy lejos de ser un páramo social. Por el contrario, uno de sus rasgos distintivos es la convivencia cada vez más conflictiva de un orden rígido y tradicional con una sociedad con expectativas de modernización.
Con las precauciones del caso, habría que decir que Irán es en esta región una de las naciones que tiene más posibilidades de iniciar un promisorio proceso de democratización social y político. Sus intelectuales, sus técnicos, sus estudiantes y jóvenes, su cada vez más consistente clase media, dan cuenta de una sociedad compleja que el fanatismo religioso no logra domesticar.
Formalmente, la disputa por el poder no se libra entre reformistas y conservadores sino entre diversas fracciones conservadoras. Lo que sucede es que la creciente movilización popular suele romper con los esquemas clásicos y transforma a dirigentes tibios en revolucionarios impredecibles. ¿Hasta dónde las movilizaciones en Teherán y las principales ciudades lograrán romper el actual esquema de poder? No es sencillo adelantar pronósticos. Por lo pronto, está claro que éste es el primer desafío político en serio que se le presenta al régimen desde su nacimiento en 1979. También queda claro que el talón de Aquiles de Irán no está afuera sino adentro. No van a ser los marines yanquis ni las amenazas de una sanción externa lo que va a poner en peligro la estabilidad de la teocracia, sino sus propias contradicciones internas.
El esquema de poder oficial reside en el ascendiente religioso y el poder militar. El frente religioso está más o menos controlado, pero ya no exhibe la solidez de otros tiempos. La relación con los militares hasta ahora es buena, pero todos recuerdan que el sha en sus buenos tiempos también se jactaba de la lealtad de sus fuerzas armadas hasta el día que lo dejaron en la estacada.
Ahmadinejad, el actual presidente y el político al que se le atribuye ser el beneficiario del fraude, es considerado por los observadores más como el candidato de las Fuerzas Armadas que de los clérigos. ¿Hasta dónde el frente religioso es sólido? ¿Hasta dónde los militares están dispuestos a respaldar el actual esquema de poder del cual ellos son beneficiarios? A ninguna de estas preguntas tengo yo una información confiable. Creo que algo parecido le pasa a los propios iraníes. Lo que sí se sabe es que el poder de los ayatolás es fuerte y que, como todo esquema de poder absoluto, no lo van a regalar ni lo van a rifar por una protesta callejera. También se sabe que la renta del petróleo es alta y que la ecuación formada por el petróleo y los tanques, la mayoría de las veces, resulta invencible.
Musaví y la protesta. La figura del líder opositor aparece rodeada por la muchedumbre, y enmarcada por brazos que lucen en sus muñecas las cintas verdes que le ponen color a la rebeldía.
Foto: Agencia EFE