Artes Visuales
Artes Visuales “Beatos y difuntos” Domingo Sahda Recientemente ha sido abierta a consideración del público una Exposición de Pinturas cuyo autor, Juan Mannarino, titula, con un cierto aire melancólico y a la vez socarrón como “Beatos y Difuntos”. Esta colección de pinturas del género “Retratos” se exhibe en las salas del Museo de Arte Contemporáneo, MAC, de Bv. Gálvez 1578. Juan Mannarino, polifacético artista que ha dado muestras de su particular capacidad para concretar en obras su proyección y deseo vinculantes, tanto sea en el lenguaje sonoro como en el lenguaje visual, concreta en esta ocasión un itinerario de sujetos capturados desde un cierto anonimato, a los que enclaustra en el cuadro. Su particular panteón de “Beatos y Difuntos” se particulariza por estar aureolado de una cierta mirada irónica, de un sesgado escudriñar de connotación emocional al recordar caras, miradas, mohínes, que sugieren la preexistencia de afectos entrañables o de rechazos velados por el anonimato de sus imágenes-retratos. Estas pinturas ofician de subjetivados DNI de personas a medias conocidas, a medias imaginadas, con las cuales el autor busca nuestra complicidad. Retratos que miran hacia el infinito balancéandose en una cuasi semisonrisa, en una mirada estupefacta al ser sorprendidos por el pincel, al gesto desdeñoso, todos cristalizados en esa especie de ventana que es el marco del cuadro desde donde nos calibran impertérritos. Pinturas que son imagen y espejo de sí mismas, también son pantalla proyectiva de quien las produce. El color, aplicado, frotado, expandido, acentuado aquí y más allá en un gesto propio al impulso característico del repentino descubrimiento ante la densidad de la materia-color, el trazo suelto, el acento contrastado conforman imágenes proyectivas de quien las pinta con desparpajo. Abreviando la hipótesis de reconocimientos inmediatos, hay un juego de interpretaciones cómplices, de provocaciones visuales que el autor propone una y otra vez. El autor soslaya toda idea de lo descriptible para internarse en el torbellino de lo expresable, obedeciendo a impulsos del juego creador sin ataduras ni preceptivas convencionales, acertando plásticamente aquí y allá, imprevistamente. Mordaz, socarrón, desencantado las más de las veces, reflexiona en torno a la condición humana mostrando esplendores y miserias. Hace uso de un oficio libre y descarnado, lúdico y sin ataduras discursivas, permitiéndose todas las posibilidades y contradicciones del lenguaje visual sostenidas por la memoria del corazón. Pintor que señala y transita nuestras calles, que nos interpela para, quizás, oírse a sí mismo repreguntándose acerca de aquello que lo desacomoda. No hay en esta colección de pinturas otra cosa que el sentimiento vehiculizado por el oficio ejercitado con soltura y convencimiento. Muestra impecablemente montada con la calidad propia de la institución que cobija la colección expuesta, que nos permite acercarnos a la obra de quien no se propone otra cosa que expresarse con el vehículo del arte plástico sentido desde su propio universo. Pintura que puede convocar o no, seguramente, pero que sí tiene el peso de lo propio, de lo auténtico, ese artículo un tanto ausente en las habituales muestras locales. Julia Ingaramo en AG/Arte En la Galería AG/Arte, de Bv. Gálvez 1616 de nuestra ciudad, se exhibe una colección de trabajos de formato medio-menor cuya autora, Julia Ingaramo, destaca con el nombre de “Curvas”. En todos los casos estamos hablando de construcciones y resoluciones planas, algunas de ellas recortadas y enmarcadas con notable sutileza, las que, lejos de bloquear la obra, subrayan la calidad de las mismas, destacándolas. Abstracciones de una particular entonación cromática que reinventan el arco expresivo y la posibilidad de los múltiples tonos “tierra”, esos tintes que tiempo ha fueran señalados como prototípicos de la pintura de caballete de esta parte del mundo. Pintura “americanista” se la llamaba por entonces. Ingaramo organiza con solvencia trazos de construcción plana con sugerencias de infinitos horizontes. En algunos trabajos cierta superposición de líneas -trazos sobre pequeños planos concatenados induce a la idea de una ocasional vacilación compositiva. Son, en todos los casos, pinturas de acotada luminosidad, abiertas compositivamente, que descentran la idea de figura-fondo para elaborar una especie de cosmos articulado mediante planos y contraplanos, de curvas y ángulos de acertada factura y proyección expresiva otorgada por asociaciones y sugerencias poéticas. La restricción cromática autoimpuesta en función de sus intereses acota estos desafíos plásticos. Tal economía no equivale a limitaciones, sino a autoexigencias impuestas en función del discurso visual que se pretende. Nada de trampantonjos aquí. La pintura-pintura está presente por voluntad creativa de su autora. Resulta imposible destacar logros menores y eventuales conflictos, visuales ya que todas las pinturas aparecen señalizadas con un reiterado “S/T”, un modo particular y ambiguo de nombrar sin señalar.
De la serie “Beatos y difuntos”, de Juan Mannarino.
De la colección de trabajos “Curvas”, de Julia Ingaramo.
Obra de Juan Mannarino. |
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