Llegan cartas
Llegan cartas
Y va la segunda, como en los bailes folclóricos
Alberto Niel
No era gordo: era un gordinflón con una panza impresionante que lo obligaba a caminar echado hacia atrás como las embarazadas a término (el mentado “orgullo” de las embarazadas) y a caminar con las piernas separadas.
Y había motivos de sobra para semejante exuberancia porque su apetito pantagruélico era proverbial motivo de anécdotas de fogón que seguramente el correr del tiempo exageraba, como a toda tradición oral, apareciendo docenas de huevos fritos y kilos de asado consumidos por el colega en una sola reunión gastronómica. ¿Angustia oral? como se acostumbra decir ahora. ¿O Bulimia? término de moda. Algo parecido me ocurrió en el Club Gimnasia. Me habían hecho fama de “morfón” y referían como prueba cierta orgía de milanesas. Comenzaron diciendo que eran 6, pero en las últimas noticias que tuve ya habían llegado a las 14. ¡No macaneen, muchachos! (muchachos de antes, por supuesto). El gordo no era diabético, pero sí ansioso. Prácticamente vivía en la asistencia. Motivos había... y de sobra, según el personal de Mesa de Entradas, que lo conocían a fondo a él y a su familia. Estaba siempre de guardia, porque le correspondiera o reemplazando a algún otro médico que se lo pidiera... o viceversa, lo que le granjeara fama de “gaucho”. Allí lo pasaba bien y se entretenía. Esa convivencia prolongada con sus compañeros de tareas y su natural personalidad mansa y tolerante le significaron dejar un recuerdo agradable y pintoresco en la gente que lo conoció de cerca y frecuentó su amistad. Todos sabían en mesa de entradas que ni bien se hacía cargo de la guardia sonaba el teléfono requiriéndolo. Era su esposa que lo celaba y controlaba como si él fuera un casanova actualizado. Y el gordo no era precisamente el hermoso Brummel. —Sí... sí... sí..., era la respuesta monosilábica durante largos minutos, acodado al escritorio, hasta que, agotada su paciencia, descargaba un exabrupto y colgaba violentamente el receptor.
Recuerdo siempre el comentario de un paciente. “Caí un día a la asistencia por un accidente que había tenido y me atendió en la Sala de Curaciones un médico gordo que no me conformó. Me tocó ir otra vez a consultorio por una gripe y me vine a encontrar con el mismo gordo. Escapándole aproveché mi condición de ferroviario para hacerme atender en el sanatorio de la mutualidad. Después de una larga espera en la cola me tocó por fin el turno. Abrí la puerta y ¿quién me recibió?: ¡El mismo gordo! Era de no creer. Otra vez, afiebrado y en cama, llamé por teléfono al sanatorio para que me atendieran a domicilio y ya se imaginarán quién llegó. ¡Era una pesadilla! ¡Estaba condenado! El pobre era fatalista, así que optó por aceptar lo inevitable y continuó su atención con él. Supongo que cuando se muera y ascienda a las alturas lo encontrará en la portería esperándolo.