Anotaciones al margen
Anotaciones al margen
La(s) peste(s)
Estanislao Giménez Corte
“Pregunta: ¿qué hacer para no perder el tiempo?; respuesta: sentirlo en toda su lentitud” . Tarrou, personaje de “La Peste”, de A. Camus.
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Una Orán queda en Argelia, queda en la imaginación de Albert Camus, queda en la gente que supo rendirse a la letra del Nobel francés. Y se disolvió, esa Orán, como papel húmedo por la peste innominada, narrada tan joven por aquél con tan magistral madurez. Narrada así, la peste de esa Orán imaginada hizo polvo la urbe que le dio la posibilidad de multiplicarse, como un virus, en las esquinas, en las plazas; la devolvió a la arena, la peste a la ciudad; en la arena le hundió sus edificios y tapó de sombra a sus habitantes; los tapó de enfermedad pero más de silencio, más de miedo, más de silencio, de paranoia, más de inmovilidad, pero, más aún, del arresto humano que aflora, como la exhalación última, por entre la desesperación y el absurdo. Esa Orán se dio al mundo en 1947 y fue citada, filmada y reproducida; afamada por un karma ficticio pero posible. Antes, muchísimo antes, claro, fue fundada. Hoy, fuera de la letra de Camus, Orán tiene más de un millón de habitantes y es un importante puerto comercial del país africano, que da al Mediterráneo. Cíclicamente, como toda aglomeración en el mundo, recibe, casi como una ironía, nuevas pestes innominadas que surgen, se estudian, se combaten, se vencen, se adormecen, hasta que la próxima surge y entonces.
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Otra Orán queda en la provincia de Salta. Es un departamento que abraza Jujuy; es una ciudad, además -San Ramón de la Nueva Orán-, fundada por Ramón García de León y Pizarro, nacido éste, justamente, en la ciudad argelina homónima, en 1729. La Orán de Salta no está en los libros de ilustres escribas, creo. Su contorno de sesenta mil habitantes queda en la pobreza brutal, fuera de la literatura, en la crónica pura y literal queda, fuera del exotismo; queda en la marginalidad, queda en los márgenes, queda al margen; y vive, esa Orán tan real, la de aquí nomás, lo mismo que tantos otros sitios, en el país, afuera y hacia adentro, la insólita sucesión de pestes como venidas de una mala tragedia apocalíptica, fuera de la ficción: son las pestes del calor, las del frío; las del primer mundo, las del cuarto; son las pestes de la polución, de la pobreza, de la basura; las pestes de los insectos, las de lo virus que, invisibles, mutantes, complejos, inhallables, múltiples, se amuchan, se suceden, se multiplican, se fortalecen, se metamorfosean, mueren y resucitan, como si anunciasen desde su mínima existencia microscópica el fin del mundo y la derrota del hombre.
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Si Camus viviera, quizás debería reescribir “La peste”, o agregar una segunda parte en donde, esencialmente, la aparición de la enfermedad no se situara en una ciudad, sino que atravesara las fronteras y los continentes con insólita velocidad e inédita efectividad para dar muerte. Podría llamarse: “La gripe”.