En los Valles Calchaquíes

Spiner terminó de filmar “Aballay”

El autor de “La sonámbula” y “Adiós querida Luna” adaptó un cuento de Antonio Di Benedetto. Pablo Cedrón, Nazareno Casero, Moro Anghileri, Claudio Rissi, Luis Ziembrowski, Gabriel Goity, Horacio Fontova y Lautaro Delgado integran el elenco.

Paulo Pécora

Télam

El cineasta Fernando Spiner acaba de terminar en Tucumán el rodaje de “Aballay”, una adaptación libre del cuento homónimo de Antonio Di Benedetto que protagonizan Pablo Cedrón y Nazareno Casero y narra, en clave de western, la historia de un gaucho que intenta redimirse de sus crímenes viviendo y durmiendo sobre un caballo.

Autor de filmes como “La sonámbula” y “Adiós querida Luna”, Spiner se volcó al desafío de filmar en una zona árida y rocosa como la de la localidad de Amaicha del Valle, en los Valles Calchaquíes, que le dará un marco geográfico atemporal a esta aventura sobre muerte, venganza y redención.

“Es una película sobre la culpa, y muestra cómo hasta el peor asesino es capaz de encontrarse consigo mismo y puede verse tal cual es”, afirmó Spiner, que eligió el género western al igual que Hugo Fregonese y Lucas Demare en su época para enmarcar una historia sobre gauchos en conflicto.

En una entrevista con Télam, el cineasta señaló que “la película tiene que ver con el martirio y con cómo una idea de martirio surgida varios siglos antes de Cristo, la de los estilitas, que pasaban años sobre una columna, impacta en la cabeza de un gaucho argentino que busca la forma de pagar sus culpas”.

Venganza y redención

Ganadora del Premio del Bicentenario del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), la película cuenta con las actuaciones protagónicas de Pablo Cedrón, como Aballay, y Nazareno Casero, que interpreta a un joven que vuelve a vengar la muerte de su padre, una de las víctimas que pasaron por el filo del cuchillo del gaucho asesino.

El elenco de “Aballay” se completa con Moro Anghileri, Claudio Rissi, Luis Ziembrowski, Gabriel Goity, Horacio Fontova y Lautaro Delgado, más algunos actores tucumanos e integrantes de la comunidad amaicha, que además colaboraron con distintos aspectos de la producción del filme.

Los amaicha son una comunidad indígena de origen diaguita que posee una cédula real de 1770 que les otorga las tierras del Valle de Amaicha, en Tucumán, y con ellos Spiner llegó a un acuerdo de intercambio cultural que incluyó fiestas a la Pachamama para proteger a la película.

“También participaron como jinetes y cuidadores de caballos, y juntos arreglamos algunos caminos de acceso a sus poblaciones y construimos una pulpería para la película que ahora les quedó como un centro cultural”, dijo el cineasta, que recordó su vínculo con ellos como “genuino y verdadero”.

Al estilo del oeste

En relación con su elección del género western, Spiner señaló que “el cuento de Di Benedetto tenía algunos elementos que me tiraban mucho para ese lado y me parecían interesantes. En primer lugar, porque es una historia que transcurre en grandes extensiones sin ley y, después, porque está la figura del hombre a caballo, el duelo y la venganza.

“Ésos son tres tópicos clave del western, sumados al hecho de que es un género genuino para los argentinos, porque forma parte de nuestra historia cinematográfica”, agregó el director que, por otra parte, no quiso contar “una trama real, ni histórica ni que hiciera referencia a ningún hecho de la realidad.

“Es una adaptación libre de una historia que sucede en la Argentina, en una zona histórica de la que nosotros sabemos pero no la declaramos. No es una película que haga gala de ser de época y los lugares no tienen nombres reales”, aclaró Spiner, que le dio cierta atemporalidad al relato y lo hizo transcurrir en un espacio mítico.

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Spiner eligió locaciones tucumanas para narrar la historia de un gaucho que intenta redimirse de sus crímenes viviendo y durmiendo sobre un caballo.

Foto: Télam

Lejos de los arquetipos

El cineasta, que venía desde 1990 con la idea de llevar este cuento a la pantalla grande, afirmó que le interesaba “abordar una trama que atrape al espectador y que lo lleve a la aventura en un mundo que ya no existe, donde a la vez haya dilemas morales y una reflexión sobre la violencia y la venganza”.

“Tenía varios desafíos y estuvo bueno haberlos afrontado. Uno de ellos fue cómo hacer un abordaje del mundo gauchesco de una manera diferente, saliéndonos de lo acartonado de las estampitas escolares y alejándonos de los arquetipos. Quería que fueran seres contradictorios y complejos”, agregó Spiner.