etcétera. toco y me voy
etcétera. toco y me voy ![]() Una lágrima por los walkman El 1ero. de julio pasado cumplió 30 años el mítico y nunca bien o mal ponderado walkman, el aparato que, para mí, cambió todo y nos hizo de golpe ser felices infelices tipos aislados, listos para ser atropellados por la calle. TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. nfenoglio@ellitoral.com. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. lzewski@yahoo.com.ar Lanzado en el 79 por Sony, el walkman hizo muchas cosas en muy poco tiempo: despegó al grupo de escuchas del tocadiscos o, todavía, del combinado; apartó a los vagos del auto abierto con música a todo volumen, condenó al disco de vinilo e inauguró la época -ahora perfeccionada- de los egoístas que escuchan solos lo que a ello se les cante, aunque otro lo cante... El walkman (que hace referencia al hombre que camina, y cuya primera provocadora propaganda tenía a un joven en patineta escuchando música) o el nunca impuesto castizo “tocapaseo” (la madre patria siempre se desespera por fracasar al renombrar productos tecnológicos de otras culturas; ni siquiera logró imponer el “producto tecnológico” emparedado por sandwich; mirá que va a tener éxito con tocapaseo...) hicieron furor en los ochenta pero en el mazazo que le aplicó a otras tecnologías y formas de escuchar música, también llevaba la cifra de su declinación: pronto el disco compacto, los ipod y la música fácilmente almacenable en otros formatos, generaron alternativas todavía más cómodas y ligeras que el walkman, hoy ya un artículo de museo. Pero estamos en la evocación, por ahora. Antes, hasta la irrupción del radiograbador que permitía grabar la música preferida sin condicionamientos, el vinilo, las compañías discográficas y hasta el combinado de madera de tu tío melómano (que no un mala palabra ni un malviviente) o el popular winco eran ejes de las reuniones entre jóvenes. Todos alrededor del aparato y emplazados en un único sitio. Los autos, con sus radios o los increíbles magazines (unos ladrillos hoy impresentables, con cinta grabada dentro, bastante incómodos de llevar y usar: o subías a tu novia o a tus amigos, o subías tres o cuatro magazines...), más unos parlantes más voluminosos que poderosos, podían lograr el milagro de ir “con la música a otra parte”, al aire libre por ejemplo, a la costanera, a la playa o a la plaza. Pero nadie se atrevía todavía a arremeter contra el reinado en el living del equipo de música del tío y su colección de vinilos de Ray Coniff, Fausto Papetti o Carabelli (un capo, el tío). Por eso, cuando aparecieron los primeros radiograbadores, aun tratándose de unos aparatos de no tan fácil traslado, el tío se quedó mascullando solo en su pieza y todos grábabamos canciones y aparecieron nuevas formas de comercialización o de apropiación -barata o gratis- de la música. El mayor logro del walkman, aun habiendo sido superado tecnológicamente, radica en que fue el primer aparato que nos arrojó a nosotros mismos hace treinta años y desde allí no salimos todavía. Todo lo que siguió, redes, web, internet, la explosión de las comunicaciones, todavía no tiene el poder tremendo de la imagen de un pibe o piba caminando, corriendo o haciendo nada, pero con los auriculares puestos, escuchando vaya a saber qué cosa. Es una imagen fuerte: sin mayores análisis (eso queda para los especialistas o los charlatanes), los vagos “se aislaron” del mundo para escuchar la música preferida, todo el tiempo y sin necesidad de compartir ni fijarse a ámbito físico alguno. Camino y escucho, corro y escucho, hago lo que sea y escucho yo solo. Los otros formatos y aparatos que hoy conocemos, no hicieron más que almacenar más música, mejorar el sonido y hacer más liviano el reproductor, también asegurar el aislamiento. Mp3, cuatro o el número por el que ande ahora, celulares con música, hoy tenés diez mil formas livianas y portátiles de escuchar. Contra la posibilidad virtual de intercambiar con el otro, aquí hay un ámbito de clausura que muchas veces no puede ser zanjado. Porque hasta cuando alguien lee un libro, aun tratándose de un acto recoleto y privado, uno podía empezar una conversación cultural con “espiar” el nombre del autor o el libro, como un primer cable generador de similitudes y futuros acuerdos. Con la música que alguien escucha la clausura es doble: esa persona no te escucha y vos no tenés idea de qué cosa está escuchando. Y así pasan las cosas. Todo es rápido y nuevo y viejo al mismo tiempo. El tío se murió, el combinado, apolillado, terminó en una fogata y los vinilos... Y listo: ya está el homenaje al walkman. ¿Qué estás escuchando? Los aparatos que hoy conocemos, no hicieron más que almacenar más música, mejorar el sonido y hacer más liviano el reproductor, también asegurar el aislamiento. |
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