La muestra de la Sociedad Rural de Santa Fe

Recuerdos de un evento que quiere volver a su esplendor

Una carta de los lectores refleja con nostalgia las sensaciones vividas en la tradicional muestra de la capital provincial. Sigan enviando sus opiniones a nuestro buzón de campo ([email protected]).

Marta Snaidero

Aquella niña pasaba sus vacaciones en el campo de sus tíos, cuando sólo le importaba montar a “Malacara”, sentir el viento y mirar las nubes, mientras a todo galope achicaba metros por el eucaliptal. Dar de comer a las gallinas, asombrarse con cada parición de las chanchas, (eligiendo una cría con el lomo en franjas negras y blancas que nunca sería de su propiedad), vacunar miles de pollitos en sus pequeños ojos que apenas abiertos se mantenían, jugar a la guerra con sus primos, con proyectiles verdes de aquél ombú quizás centenario.

El despertador de cada madrugada, la acompaña hasta hoy en el recuerdo , pero el cacareo viene de otro gallinero.

Vareando, y ya en el monte de aromitos y cañada, sólo el astro rey, la hora de degustar el puchero desde lo alto marcaba.

Si hasta leguas a pie hacía, porque lejos de la estancia, el tren la dejaba.

Pasaron los años, y buscando siempre ese sentir campestre, se incorporó a la organización de la Exposición Rural de nuestra ciudad entre los años 1981 a 1984, en el Sector Industria y Comercio.

Inaugurada la muestra, deambulaba por los galpones del fondo, acariciando con la mirada, los animales en jaula.

Antes, y ahí mismo, como promotora, a los “gringos” los beneficios del motor gasolero en el Falcon les mostraba.

Pasaron los años, y ya no jugó de invitada. Corta pero intensa fue la experiencia, cambió los tacos de la pasarela por alpargatas y bombacha.

Tantas veces se preguntó cuando los que mandan, volverían a pensar en algo más que el concurso de las vacas lecheras ó la exhibición de los toros campeones con sus cucardas.

Es que la relación con los que intentaron remontar la Exposición Rural mostrando la fuerza de nuestro campo, tanto al público de guardapolvo blanco como al que portaba la chequera ávido de adueñarse del último modelo de cosechadora, no prosperó. Y así fue muriendo ese evento, al que asistían hasta los que nada sabían de fardos de alfa, y sí de aplaudir a rabiar el buen folklore desde las gradas.

No es según el gobierno de turno, que las cosas buenas y nuestras desaparecen, es el hombre solitario ó en comisión que de sus raíces ya no habla.

Entre partido y partido, hoy desde la cancha, voltea su mirada hacia la pista rememorando una buena jineteada y la paleta parece tomar alas, golpeando contra una pared descascarada.

Sequía, cierre de fábricas, retenciones, exportaciones blandas, desacuerdos sostenidos por hombres que alguna vez supieron de la taba.

¡Oíd mortales!, el grito sagrado, de aquellos que con orgullo chasquearon espuelas. El gaucho sin tierra se está quedando, a otros tantos, una autovía sin casa los fue dejando.

Los ladrillos permanecen, los árboles todavía dan sombra, pero el predio de nuestra Rural, no fue pensado para otros eventos.

¡Vamos! somos pocos, pero tenemos ganas de poner a la Rural de nuevo en marcha, para compartir la Expo con los que nunca tuvieron la oportunidad de apreciarla.

Esa niña hoy abuela, junto a su nieta, asida de su mano, ansía recorrer los establos y entre balidos y relinchos contarle, que alguna vez ella también en la Rural, probó su primer copo de azúcar blanco.

Recuerdos de un evento que quiere volver a su esplendor

El campo en la ciudad. Marta recuerda con cariño las expreriencias que vivió en la rural santafesina.

Ilustración: Lucas Cejas