Al margen de la crónica
Sinuosidades desconcertantes
Al margen de la crónica
Sinuosidades desconcertantes
Es obligación del periodismo capacitarse para formar e informar. En esta Redacción no abundan los negativos ni los pesimistas; sin embargo, muchas veces se hace muy difícil encontrar señales positivas en nuestra descarnada realidad.
Es claro que, por la esencia del trabajo, se debe estar inmerso en la información y el análisis de los hechos, aunque sea engorroso entender las diferentes aristas.
Días atrás conmovió -y fue noticia de tapa- la muerte de Chiquito, un perro que terminó sus días en una comisaría después de estar preso, sin condena, por diez años. Más allá de la pena que provocó el hecho, no pasó por alto la ridiculez de las circunstancias. Deja un sabor amargo que presupuestos, energías y burocracia hayan estado al servicio del absurdo, mientras la inseguridad en las calles mete a los honestos tras las rejas, en la cárcel se encierran perros y la justicia se toma una década hasta para enjuiciar a un animal.
Enigmas que estimulan el pensamiento, teorías para las cuales cada uno imagina una justificación; como cuando se quieren interpretar algunas conductas. La de Roxana Latorre, al firmar el dictamen para posibilitar el debate de facultades delegadas, es un ejemplo de realidad no comprendida.
Elegida para defender los intereses de su provincia, es poco claro que a pesar de sus explicaciones, haya facilitado que se discuta en el Senado el robo del federalismo.
Aun si en el fondo, con o sin su firma, hubiese salido igual, las formas siguen importando. Las actitudes, los mensajes, la conducta, determinan no sólo lo que se hace sino lo que se es.
Entender las acciones de las personas públicas no debería ser cuestión de expertos y, más allá de la existencia de tecnicismos propios de la actividad, la conducta de los funcionarios debería estar en línea con su discurso y si algunos procederes son incomprendidos, quizás equivoquen la forma de transmitir el mensaje.
Una reciente encuesta del diario digital Infobae revela que el 66 % de los consultados, valora la honestidad en la clase política. Hay que observar ese porcentaje; la gente no pide mejores gestores, necesita dirigentes honestos. La honestidad no sólo es la marca de los que no roban. Una veintena de sinónimos encuadran una conducta que escasea en el comportamiento de quienes fueron elegidos por el pueblo. Cuando la gente desconfía, cuando olfatea que sus representantes boicotean su mandato, empieza a gestar la indiferencia cívica.
Los ciudadanos votan -y hasta ahí parecen ser importantes para los candidatos-, luego esperan y, aunque cada vez más como una utopía, confían en que los elegidos se asemejen a lo que fueron sus personajes de candidatos, que tengan en claro que no son dueños sino inquilinos del poder y que recuerden que, tan importante como ser, es parecer.