Una vida en populosa soledad
Carmen Migno de Oyarzábal (*)
“Cuando Julio murió, una parte de nuestro espejo se quebró y todos vimos la noche boca arriba”. (Carlos Fuentes.)
En 1914, cuando estalla la Primera Guerra Mundial que involucra a las principales naciones del mundo, nace en Bruselas, el 24 de agosto, azarosamente, Julio Cortázar: su padre desempeñaba una misión comercial. El rápido traslado de la familia a Barcelona lo pone en contacto con el arte de Gaudí, pues, pequeño aún, su madre lo lleva con frecuencia a jugar al parque Güell, cuya impronta habrá de quedar para siempre en la mente del entonces niño, así como una “r” arrastrada, sibilante, de contaminación catalana.
El regreso a Buenos Aires le permite iniciarse en los juegos compartidos con “niños rasposos”, su única hermana, Memé, y a darse un hartazgo de pan con dulce de membrillo, pero su sensibilidad extrema y una tristeza que no lo abandona le desencadenan feroces ataques de asma. La soledad, compañera inseparable, lo impulsa a leer y leer. El mundo familiar, absolutamente femenino, que lo rodea, contribuye aún más a su aislamiento y los problemas económicos tras el abandono del hogar por parte del padre, al cual no volverá a ver nunca más, retardan su ingreso a la escuela hasta los 8 años. A propósito del padre: siendo Julio ya una personalidad literaria, recibirá una carta, nunca respondida, en la cual le pide que no use el apellido paterno.
Como no puede correr sin que se le cierre el pecho, se sumerge en el mundo de las aventuras a través de Julio Verne, A. Dumas, V. Hugo... quizás también como escapismo a las burlas de sus compañeros porque en los recreos inventa cosas... túneles, telescopios...
El aguijón del amor lo hiere precozmente: la vecina que despierta su pasión adolescente lo traiciona y las demás mujeres que lo seducen son todas mayores que él; ergo, estos amores imposibles, este “pathos” inicial, le provocan el deseo de morir y paralelamente la complacencia en que, si así fuere, los demás se sentirían culpables. Sus noches se pueblan de sueños pesadillescos que le dan tema para sus relatos.
Ya profesor de Letras, inmerso en la mediocridad de la gente del interior de Buenos Aires, no desea ser un “pueblero” más: se aísla y consume sus horas en la lectura de autores franceses, del chileno Neruda, de León Felipe, de Pedro Salinas, etcétera, entre otros. Lee en francés, inglés, alemán. El teléfono, la vía de comunicación social más frecuente, le produce un rechazo profundo, no así los cafés de Buenos Aires y sus tranvías; pero esto no alcanza y el aburrimiento asoma en su obra. Como antídoto inventa misterios que no hallan solución, resortes fantásticos, que abundan especialmente en “Bestiario”, su primer libro de cuentos, y en “Final de juego”... y qué decir del “glíglico” de “Rayuela”...
En la década del ‘40 ejerce la docencia en Mendoza y cuando renuncia y regresa a Bs. As., sus “compañeras” son la música y la soledad. Amaba el jazz negro y el boxeo. Vive recluido, estudia día y noche para ser Traductor Público Nacional. En 1948 llega a su vida Aurora Bernárdez, hermana del poeta Francisco Luis, quien habrá de ser más tarde su primera esposa y compañera incondicional; pero hasta 1951 su vida es la de “un solterón irreductible”, solitario, independiente; sólo se contacta con Aurora y unos pocos amigos.
Un viaje “exploratorio” a París, Londres e Italia le despierta el deseo de regresar a Europa por más tiempo. Gestiona una beca para perfeccionar su idioma en Francia, a cinco años de haber finalizado la Guerra, en donde ya se gozaba de un clima de libertad ideal para un muchacho que arrastraba una pesada mochila de aislamiento en ciudades y pueblos provincianos. Consigue la beca de la Sorbona y parte para vivir la vida que siempre buscó: la de un “solitario”. Aurora queda en Bs. As. hasta varios meses después, cuando decide viajar a Francia y entonces él se refugia sólo en ella pues al final viven juntos. Pero luego de la publicación de “Rayuela”, su vida cambia y mientras va comprometiéndose con movimientos políticos diversos de izquierda el deterioro de la relación con Aurora no tarda en llegar, cuando sólo habían pasado cuatro años y el sentimiento primigenio se convierte en una amistad afectuosa y nada más. La carta que dirige a un amigo es como su radiografía anímica: “Soy un hueco, un vacío, que intenta ver más claro”.
En un viaje a la Isla, Cuba, conoce a Ugné Karvelis y se produce una especie de contaminación intelectual y prestamente afectiva, puesto que empiezan a compartir actividades literarias, a viajar juntos, si bien nunca habitaron en la misma casa. Pero la relación se torna tormentosa, hay violentas discusiones, que la adicción al alcohol por parte de Ugné complica aún más.
Cada viaje de retorno a la Argentina lo sume en una cauta nostalgia; la ciudad es para él una desconocida: “Extraño la Cruz del Sur cuando la sed me hace alzar la cabeza / para beber tu negro vino medianoche./ Y extraño las esquinas con almacenes dormilones / donde el perfume de la yerba tiembla en la piel del aire”.
Paulatinamente, su vida va tomando otros rumbos. Menudean las relaciones furtivas, hasta la llegada de Carol Dunlop, escritora, con ideas afines a las suyas y no sólo ideas sino enfermedades, hospitales, un accidente de moto similar al de Julio, que terminan enlazándolos y ella se traslada desde Canadá a París... “Vivo con Carol, que es como una osita dulce y buena”, dice en una carta. ¿Es ésta, al fin, la felicidad para esta suerte de “lobo estepario” siempre inserto en la multitud cuya mano estrechó? El “pathos” interior, ¿habrá llegado a su fin?
El tiempo corre vertiginoso entre proyectos de viajes, frustrados en muchas ocasiones, previa internación a causa de una hemorragia gástrica que preanuncia una gravedad que Carol se encarga de ocultarle. Su vida entra en una vorágine imparable y en diciembre del ‘81 se casan, pero sobre ambos ya pende, lo mismo que en uno de sus mejores cuentos, a juicio personal, titulado “La noche boca arriba”, el cuchillo afilado que obsesiona a los protagonistas, en la noche blanda de un hospital y en la siniestra mazmorra de la agonía... Carol no ha de acompañarlo mucho tiempo más: una “misteriosa” enfermedad la viene estragando hasta matarla. Con el alma estrujada por la angustia, él escribe a su madre y a su hermana: “Carol se me fue como un hilito de agua entre los dedos... Se fue dulcemente, como era ella, y yo estuve a su lado hasta el fin, los dos solos en esa sala de hospital...”. Y el poema surge descarnado: “Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento / la sopa fría, los zapatos rotos, o que en mitad de la opulencia / se alce la rama seca de la tos, ladrándome tu nombre deformado, las vocales de espuma y en los dedos / se me peguen las sábanas y nada me dé paz”.
En 1983 viene por última vez a la Argentina. Alentaba la ilusión de que el entonces presidente lo recibiera: no fue así. Al retornar a París, la enfermedad preanunciada, acompañada de “fuertes alergias”, lo obliga a realizar visitas continuas al hospital, hasta que el 12 de febrero del ‘84 su corazón dice ¡basta! Un amigo y la fiel Aurora lo acompañan hasta la partida... Después... Carol y él reposan en el mismo sitio.
A 95 años de su nacimiento, este argentino solitario que ancló en el “Ombligo de Occidente, París” sigue suscitando opiniones encontradas. Su literatura profusa y transgresora, con finales abiertos, desconcierta siempre. Pero adeptos y detractores a poco de espigar en los vericuetos de su intimidad deberán admitir que, amén de que el arte no conoce fronteras, si este gigante de las Letras “algo” le debía a su patria de origen, ha saldado la deuda con la robusta moneda de su “populosa soledad”.
Fuentes: “Julio Cortázar (Compromiso y fantasía)”. Alfaguara, Bs. As., 2006.
“Antología”, de J. C. Selección de Nicolás Bratosevich. Librería del Colegio, Bs. As.
(*) Docente especializada en Letras. Esperanza.



















