DÍA DE LA MADRE: UNA REALIDAD DIFERENTE
DÍA DE LA MADRE: UNA REALIDAD DIFERENTE
La maternidad encarcelada
A pesar de los cambios en la legislación, que les permiten acceder a la prisión domiciliaria, algunas mamás todavía atraviesan sus embarazos tras las rejas. Otras viven con sus chicos en prisión. La difícil disyuntiva de darle a un hijo presencia cotidiana, o dejarlo en libertad.
NATALIA PANDOLFO
—Mansilla -se presenta la guardiacárcel, mientras abre el primero de los cuatro candados que separan a Josefina Rivero de la “hermana más hermosa”, como dice Calamaro. La chica tiene 32 años y hace siete que está en prisión. Fue condenada a cadena perpetua por un crimen -que dice no haber cometido-.
En el lugar no hay nombres, hay apellidos. No hay mujeres, hay internas. Hay repetición y hábitos, como en casi todas las vidas.
Sin embargo, hace dieciséis días que la rutina de Josefina cambió: en una cuna rosada, la pequeña Alma duerme. Cada tanto esboza una sonrisa mágica, de ésas que sólo los bebés; reacomoda sus 55 centímetros bajo la frazada amarilla y vuelve a su estado angelical. “Vengan a las cuatro de la mañana, quizá ahí le puedan sacar una foto despierta”, ironiza ella.
Josefina es una de las pocas madres que quedan en prisión: su caso está enmarañado en alguna oficina, a la espera de resolución. El resto de las mujeres se fue yendo, a partir de que a comienzos de este año entrara en vigencia, a nivel nacional, una ley que permite el beneficio de la prisión domiciliaria a quienes estén por dar a luz o tengan hijos menores de cinco años.
En la Cárcel de Mujeres, San Jerónimo y Uruguay, el viejo edificio que alguna vez perteneciera a las monjas de la congregación del Buen Pastor hoy aloja a 53 internas, de las cuales veinte no tienen condena. En el patio de 12 por 12, siete gatos duermen la siesta en tachos y las moscas revolotean como si las rejas fueran de miel.
El pabellón de las mamás está en el primer piso. Allí viven dos embarazadas, que prefieren no participar de la entrevista, y Josefina con su Alma.
PROPIEDADES TRANSITIVAS
Desde las paredes, Barney, Winnie Pooh, Minnie y Twity hacen lo posible por contrarrestar el efecto frío de taconeos, chirridos y ecos de llaves.
Iara, María Celeste, Pablito: los nombres de nenes que pasaron alguna vez por allí y que quedaron grabados en los muros son el testimonio de una historia que puso su punto final con la modificación de la ley 24.660. Hasta entonces, las criaturas estaban tan presas como las mamás, y el Estado consideraba que la huella que dejaba en esos seres el hecho de haber atravesado en la cárcel una etapa tan importante de sus vidas, seguramente no sería tan severa.
La película “Leonera”, de Pablo Trapero, ayudó a poner la lupa sobre el tema. Y varios estudios dieron cuenta de la gravedad de la situación. El año pasado, el informe “Mujeres privadas de libertad: limitaciones al encarcelamiento de las mujeres embarazadas o con hijos menores de edad”, elaborado por Unicef Argentina, contaba que “estas niñas y niños experimentan una gran cantidad de problemas psicosociales: depresión, hiperactividad, comportamiento agresivo o dependiente, retraimiento, regresión y problemas de alimentación, entre otros”.
El mismo trabajo brindaba datos sobre el crecimiento del número de encarceladas en nuestro país. Sólo en cárceles federales, en 1995 había 562 mujeres. En 2008, la cifra había ascendido a 1.019.
En el estudio “La maternidad encarcelada”, realizado por el Centro Regional de Estudios Interdisciplinarios sobre el Delito de Junín de los Andes, Neuquén, Beatriz Kalinsky y Osvaldo Cañete afirmaban que estos chicos “reciben, por una suerte de propiedad transitiva, la misma condena que su madre, aunque con el límite de edad que impone la ley. Los niños se crían en un ambiente violento, y ese rasgo pasa a ser parte de su modo de vida e identidades personal y social”.
LA CAUTIVA
Atravesar el embarazo en la cárcel fue, al mismo tiempo, una bendición y un tormento. Josefina tuvo toxoplasmosis y ahora espera ver los resultados de los análisis que le hicieron a su hija, para saber si hubo algún efecto en ella. Pululan los gatos por el patio. “Es para que no haya ratones”, dice ella que le dijeron.
Cuando la panza tenía seis meses, una noticia dejaría a Josefina en cama. A la sensibilidad propia de su Estado se sumó la tristeza de la pérdida de su papá, y entonces fue muy difícil ganarle la pulseada a las ganas de no hacer nada.
Durante los años que lleva en prisión, Josefina vio pasar decenas de chicos. Uno de ellos se convirtió en su ahijado. De otra, una Alma que vivió allí hace cinco años, se quedaría con el nombre. “Me da rabia estar acá: mi bebé tiene el mismo derecho que los de las mamás que se fueron”, es una de las pocas quejas que se le escuchan a lo largo de la entrevista.
Ella es también mamá de Walter, de 14 años, y en este sentido la historia plantea otro dilema: “Yo estoy las 24 horas del día con la beba, y ninguna con él”, explica. Y cuenta que, cuando se enteró de que su mamá estaba embarazada, el chico se tomó un micro y se refugió en Buenos Aires, con el papá, hasta poder digerir el mal trago. “Es muy difícil para él, muy injusto”, argumenta. También para Federico, el papá de Alma: “El tiempo que tiene para estar con ella se lo pasa con la criatura en brazos, no deja de besarla ni un minuto”, cuenta.
Josefina sueña con poder acceder a la prisión domiciliaria, para no tener que lidiar cada día con una decisión que deja, en cualquiera de sus variables, un sabor amargo: estar con su hija o dejarla en libertad. No se le ocurre pensar en que una reja detenga los primeros pasos de Alma: quiere que los únicos barrotes sean los de su cuna. Y anhela que el castigo que ella está cumpliendo no impida que los hermanos puedan criarse juntos.
Josefina cuenta que vivir en la cárcel sólo se le hace insoportable los días especiales: cumpleaños, navidades, Día de la Madre. Se produce un silencio largo: el almanaque marca una cruz roja este mes. Alma sigue en su mundo. De fondo, recortada su imagen por el sol, una guardiacárcel rubia de ojos claros se mueve en cámara lenta, con el celo de un gato, por el pasillo.
Cambio de hábitos
La reforma a la ley de ejecución de la pena privativa de la libertad, sancionada en diciembre de 2008 por el Congreso, entró en vigencia a principios de este año.
Antes, el beneficio de la prisión domiciliaria regía sólo para los mayores de 70 años y para quienes padecían una enfermedad incurable en período terminal.
Con la nueva ley, Nº 26.472, se extiende el beneficio a las personas enfermas cuando “la privación de la libertad en el establecimiento carcelario le impida recuperarse o tratar adecuadamente su dolencia y no correspondiere su alojamiento en un establecimiento hospitalario”.
Igual trato pueden recibir los discapacitados, cuando su detención “sea inadecuada por su condición implicándole un trato indigno, inhumano o cruel”, señala el texto.
Para las mujeres, la prisión domiciliaria -que no se otorga en forma automática, sino que es facultad de los jueces- se puede conceder cuando estén embarazadas o sean madres de un niño menor de cinco años, o estén a cargo de una persona con discapacidad. Los legisladores consideraron que la cárcel no es un lugar apropiado para el crecimiento de un menor de edad, pero que éste no puede ser separado de su madre. Durante el debate, el presidente de la Comisión de Justicia, Rubén Marín, sostuvo que las cárceles “no cuentan con estructura acorde, personal capacitado ni condiciones aptas para criar a los bebés”.
En esa sesión, el jefe de la bancada oficialista, Miguel Ángel Pichetto, pidió a los jueces que apliquen la norma “interpretando el espíritu de la ley”, y que “no le otorguen el beneficio a mujeres que hayan cometido delitos violentos, como homicidios y asaltos a mano armada”.

“Alma me cambió la vida”, dice la chica, encarcelada hace siete años y condenada a prisión perpetua. Foto: MAURICIO GARÍN

La postal de un bebé o un niño tras las rejas comienza a ser parte del pasado: desde este año, a las madres se les da el beneficio de la prisión domiciliaria. Foto: MAURICIO GARÍN
Silencio
El Litoral intentó en reiteradas oportunidades conocer la palabra de las autoridades del Servicio Penitenciario respecto de este tema. Lamentablemente, no hubo respuestas a los múltiples pedidos de entrevista.
/// EL DATO

Josefina vive con su Alma, en el pabellón de madres. Tiene un hijo de 14 años, y sueña con poder criarlos juntos. Foto: MAURICIO GARÍN

Una decena de gatos deambula por los patios. En el octavo mes de embarazo, Josefina contrajo toxoplasmosis. Foto: MAURICIO GARÍN