Es hora de echarse a volar...

Marta y Leo forman una pareja que se vuelve a pensar después de que los hijos parten de la casa. Es el planteo de “El nido vacío”, la comedia de Daniel Burman.

Es hora de echarse a volar...

El vínculo entre las madres y los hijos jamás se corta; es el único de los que mantienen los seres humanos que no se olvida. Pero los cambios en la relación pueden generar inconvenientes. A uno de ellos la ciencia lo define como “El síndrome del nido vacío”.

TEXTOS SALOMÉ CRESPO / FOTOS EL LITORAL

Marta y Leo flotan en el mar Mediterráneo de la costa israelí con la mirada perdida en el cielo despejado. La imagen es celeste, brillante; tomados por las manos se sostienen y buscan algo allá arriba.

“Marta, vamos que me pica la sal”, sugiere el hombre. “No, yo me quiero quedar flotando un poco más”, invita ella. La escena pertenece a “El nido vacío”, una película del cine nacional, dirigida por Daniel Burman, que aborda lo complejo que puede resultar para una pareja el momento en que los hijos deciden irse del hogar familiar y emprender proyectos propios.

Tal vez como Marta y Leo, todos los padres se mantienen suspendidos durante un tiempo hasta que esa inclinación de la vida se redefine y ordena desde diferentes ámbitos o modos de ser.

En el particular caso de las madres, esa etapa coincide generalmente con la menopausia, por lo que el acompañamiento hormonal no es el mismo y todo se puede dificultar.

“Si bien la preparación para que los hijos se independicen ocurre desde que son chicos, cuando realmente se produce, hay sentimientos encontrados en los padres”, explica la psicóloga Laura Casabianca. Aunque la menciona como una etapa dolorosa, también aclara que no debería presentar mayores dificultades para su resolución.

A la alegría de ver crecer a los cachorros se le contrapone el hecho de “perderlos”. “Ya no existe esa identidad de ser padres porque están cuidando a alguien, se siente madre pero no está el hijo y es la que más lo sufre”, apunta la especialista.

El amor es perpetuo

Marta despide en el aeropuerto a su hija Julia que se va a estudiar lejos, los otros dos ya volaron a otros destinos. Inmediatamente, la madre se decide a terminar la carrera que alguna vez abandonó, discute a los gritos sin pudor con Leo “porque total los chicos ya no están” , y coquetea con un ex compañero de facultad.

Leo es un reconocido dramaturgo, pero no logra concentrarse para escribir; fantasea con su odontóloga, intenta con el desarrollo de publicidades y fracasa. Piensa su existencia con la asistencia de un “terapeuta imaginario” -o no tanto-. Le recomienda, por ejemplo, que empiece a lavarse los dientes con la mano contraria a la que está habituado.

Es el momento, según Casabianca, en que las mujeres deben producir tres redefiniciones: dentro de la pareja, como mujer y como madre. Si están en pareja, el tiempo que antes dedicaban a cuidar a los hijos ahora es sólo para la pareja.

“No importa el tiempo que los padres tienen para ellos sino la calidad de las horas que comparten. Ya las preguntas no son qué hacemos con el nene sino qué hacemos nosotros; se empieza a dialogar de otra manera”, señala la psicóloga.

Definitivamente es un momento crucial. “La realidad es que hay muchas parejas que se sostienen por los hijos, entonces o se afianzan o se separan. Los que logran un reencuentro lo hacen con más intimidad y deseos diferentes, renovados”.

Desde lo individual, como mujer, es el momento de pensar qué se quiere hacer para adelante, qué se postergó por el rol de madre, y ocuparse de los propios anhelos. “Volver la energía hacia ella misma”, sintetiza la especialista.

La tercera redefinición se da en relación con la maternidad en sí misma. “Aparece como un fantasma dentro del nido cuando el chico se va, así se vive”, explica Casabianca. La diferencia es que el hijo sigue estando solo, que “ya no es más el nene que hay que retar sino el adulto que hay que acompañar”.

“Se cambian los modos de contacto, muchas madres aprenden a usar Internet, por ejemplo, se hacen más llamadas por teléfono o se visitan. Ya no tienen que preocuparse por saber si el niño hizo la tarea o si estudió para el parcial, sino estar al tanto de cómo le va en su nueva casa. La madre sigue ocupando el rol de madre, sólo que en base a su experiencia debe colaborar. El amor sigue, no se pierde”.

Es un duelo y hay culpa

Marta y Leo también deciden hacer terapia grupal; la psicología interviene cuando la etapa no se puede vivir con la normalidad que implica cada caso.

“Hay mujeres que en el momento de la redefinición se abruman o se pierden, y ahí deciden pedir ayuda. En estos casos es muy importante el papel de los amigos, de los compañeros y de la pareja”, precisa la psicóloga.

El sentimiento es de pérdida, por lo tanto es necesario que se produzca el duelo y se supere, sino lo más frecuente que aparece es una fuerte depresión. “Esa pena lleva un tiempo, es un proceso y se convierte en patológico cuando no se puede resolver, la persona no puede hacer ninguna actividad o no se levanta de la cama”, detalla la doctora Casabianca.

Nada tiene que ver con que los hijos sean hombres o mujeres, sino el vínculo que la madre logra tener con cada uno, y el momento personal que ella esté atravesando.

Por el lado de los que inician una nueva vida, la culpa de “abandonar” a los padres es una amenaza. “Sienten que dejan a los padres solos”, apunta Casabianca, y agrega que allí puede surgir “la exageración de mantener el vínculo con llamados excesivos o visitas muy seguidas”.

También puede ocurrir que, como modo de alteración de la relación, se comiencen a desdibujar los roles. “De pronto la madre deja de hacer lo que hacía -concluye la psicóloga- y el hijo es el que va al supermercado, paga las cuentas y se esfuerza por estar”.

Tal vez como Marta y Leo, protagonistas de la película “el nido vacío”, dirigida por daniel burman, todos los padres se mantienen suspendidos durante un tiempo hasta que esa inclinación de la vida se redefine y ordena desde diferentes ámbitos o modos de ser.

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“Si bien la preparación para que los hijos se independicen ocurre desde que son chicos, cuando realmente se produce, hay sentimientos encontrados en los padres”, explica la psicóloga Laura Casabianca.

ESTIRAR EL VÍNCULO

La doctora Casabianca no duda en afirmar que la manera de salir de la etapa y acomodarse en la nueva vivencia es el diálogo.

“Hablando sobre cómo se siente cada uno ayuda, visitarse en ambos lugares para reconocerlos y comprobar que nadie se muere por lo que están pasando simplifica las cosas”, exagera Casabianca.

El contexto social y económico que atravesamos modificó los hábitos de las personas. La adolescencia se estiró y mudarse de la casa paterna es cada vez más difícil.

“Cuando los hijos no concretan la partida, no pueden independizarse o se sienten tan cómodos donde están que no proyectan algo diferente también surge la preocupación”, explica la doctora. La madre se pregunta qué pasó con esa preparación que hizo durante un período importante.

También, no despegarse de mamá y papá genera inconvenientes vinculares, por ejemplo, con la pareja. “A ninguna mujer le gusta que su novio esté en la casa de la mamá hasta los 35 años. Otros, a pesar de irse, intentan mantener el mismo contacto. En ese caso, dicen cosas como mamá me hacía mejor que vos esa comida”.

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LA PELI

“El nido vacío” es una comedia que retrata con algo de humor el intento de recontrucción de un matrimonio, entre un exitoso escritor y una mujer estudiante e hiperactiva, una vez que sus hijos emprenden su propio camino fuera de su hogar. El redescubrimiento de sentimientos, las diferentes miradas y los avatares de un matrimonio que vuelve a convivir solo de a dos.

FICHA TECNICA

Título original: “El nido vacío”

Género: Comedia dramática

Dirección: Daniel Burman

Guión: Daniel Burman

Intérpretes: Cecilia Roth, Oscar Martínez, Inés Efron, Arturo Goetz, Jean Pierre Noher y Ron Ritcher

Origen: Argentina - España (2008)

Duración: 91 minutos

Calificación: Apta para mayores de 13 años.

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