Madres
Madres
He aquí un tributo, en primera persona, a ese ser único que mañana celebra su día. Madres, mujeres de instinto, besos y llantos; en su seno yacen tibias las generaciones, y en sus meses de gestación vive el misterio.
TEXTOS MATÍAS TORRES / ILUSTRACIÓN LUCAS CEJAS
Para Cristina Gollán
Aún guardo en mi mejilla la mano suave que recorría cada grano de arena de mi infancia; ella fue reposada cuando el agobio del aprendizaje apretaba imprevisible. Donó a mi infante memoria el calor del cuerpo y el arroyo armonioso de las palabras “blandas”, y la dulce paciencia. En ese momento de puro arrebato andaba ella donando su trabajoso oficio de estar ahí.
Madres, mujeres de instinto, besos y llantos; en su seno yacen tibias las generaciones, y en sus meses de gestación vive el misterio. Al parir no vislumbran el motivo del dolor. Madres, flores, olores, colores, sabores, carne y piel. Madres, pechos llenos de leche, manos dulces, canciones y amor; cuando tus hijos se alejan temes, y triste; cuando se acercan, proclamas tus gustos.
Noto la urgencia de expresar los abrazos evitados, la sensibilidad aquietada ante una fragilidad incómoda. Tus llantos, tus lágrimas. No habrá silencio en la piel, no habrá silencio de hombre. Es hora de pronunciar tu nombre sin fisuras, sin malentendidos, sin explicaciones.
Madre, tus besos, tus manos, tu inquietante e incomprensible manera de hacer hogar. Tu emoción y tu locura. Los gritos ante el desconcierto, tus desvelos, tu manera cómplice de mirar. ¡Cuántas veces me has acompañado!
***
Hay algo que se guarda, algo que se oculta. El secreto. Se muestra cuando las generaciones retoñan, cuando los nacimientos hacen de nuestra angustiosa y terrible incomprensión, algo similar a un río: que fluye, sin más, eternamente; ese fluir incesante nos anuda como testigos de lo absurdo y de lo bello, y nos despoja de esa soledad absoluta que es nuestro cuerpo.
Este secreto emerge cuando nos alineamos al ciclo eterno, cuando somos padres-madres. Es en ese preciso momento cuando te decimos ¡gracias! Es en ese momento cuando recordamos tu compañía, tu vigilia, tu manera de estar alerta ante la urgencia o el capricho. Es en ese preciso momento cuando comprendemos los errores.
Este mar de flujos y reflujos que asimilan un corazón, cada corazón, mi corazón, atestigua lo inefable del amor de una madre, del amor de mi madre.
***
No quiero callar tu bondad madre querida, no deseo acomodar el incandescente refugio de tus abrazos en el relicario inconfesable de los hombres. No quiero destapar palabras en momentos tardíos, en situaciones graves, en instancias en que esa potente fuerza que nos silencia, esa que nos calla, enigmáticamente, las perfumadas flores que al borde de salir vuelven al monte sentimental de los hombres; esa, también, que nos silencia el amor, como si eso que entrega la madre, eso que vive más en los temblores del cuerpo, eso que sucede más en el silencio que en la elasticidad ruin de la palabra, eso que parece un impasible desierto pero que arde como si fuese una multitud, eso que tiene la madre y que le llaman Amor.
No quiero, repito, que esa potente fuerza me impida señalar madre eterna, madre única, que todo lo que soy es el resultado más que de los cielos que cambian, más que de los ríos que me hicieron intuir, a fuerza de heridas, la continuidad, más que de los hogares templados que son mis libros, más que de la luna de ayer que me hizo amar la vida al comprender la distancia, más que de ese tesoro potente que guardan mis amigos que no es sino la presencia vívida de mi padre (que me enseñó la amistad), más que de la mujer que amo, que retoña estas palabras latentes y quietas de mi tierra, por sus manos, por sus abrazos y sus ojos que entibian mis letras, más que de todo eso, es indudable que no soy sino la consecuencia de tu inflexible Amor.
Es por ello que más que las gracias me quedo admirando tu colosal “alfarería”, como si estuviese frente a todas las madres... a todas las desapacibles, cariñosas, desasidas, temerosas, y demás, Madres.