Sobre el dulce de leche
Sobre el dulce de leche
El 11 de octubre fue el día del dulce de leche, que nos representa cabalmente: es improbable que los argentinos lo hicieran por primera vez, pero igual nos lo atribuimos. Al fin y al cabo, el dulce de leche es original, dulce, empalagoso. Es argentino, bah...
texto NÉSTOR FENOGLIO / dibujo LUIS DLUGOSZEWSKI
No tengo ni idea de por qué nos atribuimos nosotros la autoría del dulce de leche, más allá de que tenemos experiencia y conocimientos, y también alto consumo del producto. Tampoco sé por qué diablos se “oficializó” el día 11 de octubre como el día del dulce de leche. Deberían saber sus gestores que en realidad ya el Concejo de Cañuelas dispuso el 24 de junio como el día del dulce de leche, al menos para ese municipio, según se establece en la ordenanza 1154, del 96. Así que, por favor, que alguien me explique por qué aparecimos festejando tan importante acontecimiento el 11 de octubre.
Por otra parte, a la pretensión nuestra de que cumple 180 años y a la historia esa de que su autora fue una criada de Rosas que salió espantada al ver dormido al mismísimo Lavalle en la cama del “Restaurador”, dejando oportunamente en el fuego una lechada, se le antepone la muy francesa versión de que eso mismo con otros protagonistas pasó en época de Napoleón, o que San Martín ya consumía algo parecido en Chile, de donde habría pasado a la Argentina. Y los uruguayos quieren que se lo declare manjar rioplatense y no exclusivamente argentino...
En la historia, por si faltaran más detalles, hay sobrados antecedentes de dulces similares, muy antiguos. O sea que nadie sabe quién inventó el dulce de leche ni mucho menos por qué debería ser argentino.
Para el caso, no importa, además. Como muchos argentinos, me encanta el dulce de leche. Lo como furtiva y secretamente en mi casa, donde se compra para mis hijas, entendiendo erróneamente que el padre opta por otros sabores.
Lo hago sin culpas, de todas maneras: que sea furtivo y a escondidas es sólo para evitar reproches de toda la familia, gente que me quiere bien y que supone que es inadecuado clavarse una cucharada entera, sin pan ni nada, de dulce de leche como postre. Sostienen, también con razón, que así contribuyo al sobrepeso y al incremento de azúcar en sangre, generando riesgos arteriales y de diabetes.
Debería explicar que al provenir de un pueblo rural, mi abuela hacía frecuentemente dulce de leche casero -leche es lo que sobraba- y nos permitía, además de ir probándolo caliente mientras se revolvía la cocción -empachador el dulce de leche caliente-, raspar la olla a cuchara limpia. Esa acción se cumplía como un premio, un postre, y sin presencia de pan alguno. Además, era una ración mínima por cuanto se entendía que el grueso del dulce de leche ya estaba descansando en un frasco, para su utilización posterior en los días siguientes, allí sí con pan o tortas fritas, o acompañando alguna torta.
Es decir que la ingesta ya estaba acotada: era una cucharada de dulce y nada más, que es lo mismo que como ahora. Como considero esencial, además, rescatar aquellas cosas de la infancia que nos identifican y nos hicieron y hacen feliz, pues, lo sigo haciendo, puro y empecinado niñito. Y en ese acercamiento, encima, he detectado una marca -que no compartiré con ustedes, pero que puedo esponsorizar si las buenas industrias de la región me tientan...- que se asemeja al gusto del dulce de la abuela, aunque en este caso, a escala industrial.
Después de esta confesión provocada por el supuesto día del dulce de leche y su más supuesta autoría argentina, les digo que no temo esta entrega y esta apertura, ni siquiera la acusación de que protagonizo una infantil acción secreta y oculta. El 13 de octubre fue el día del psicólogo, así que no hay problemas. Y ayer, el del lavado de manos. Estoy en paz, feliz, contenido, justificado y limpito. Lo festejo con dulce de leche y listo, si les parece.