¿Es esto una República?
¿Es esto una República?
Zizí Bonazzola
En nuestra ya lejana y tierna juventud, nos enseñaron que habitábamos una República Representativa Federal. Asimismo, nos grabaron en la memoria y para siempre, que ese sistema republicano se basaba en la división del gobierno de la Nación en tres poderes distintos e independientes entre sí: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que se regían por un estatuto, la Constitución Nacional, a la que debían respetar a ultranza.
¿Se puede entonces aceptar que el jefe de la bancada de Senadores de la Nación diga, sin el menor reparo o pudor, que él se debe a “mi gobierno”, como si se tratase de un subordinado respecto de su superior, el Poder Ejecutivo? Y el orden republicano ¿se cumple transgrediendo los reglamentos establecidos para el funcionamiento del Cuerpo, salteando los plazos que el mismo establece para el procedimiento de legislar? ¿Es republicano que los legisladores voten leyes sin siquiera conocer cabalmente su contenido, convertidos en verdaderos autómatas levanta manos? Si sólo se pone la cara para escuchar a los más destacados constitucionalistas del país y se hace caso omiso de sus exposiciones, significa que poco importa cumplir con la Carta Magna. Resulta evidente que, quienes abolieron la ley de Obediencia Debida cumplen estrictamente la de Obediencia Indebida. Tales irregularidades destruyen el basamento legal de un Estado serio y respetable.
Respecto de la representatividad, ésta no se agota en la simple emisión del voto, porque el mismo se fundamenta en la elección del representante del pensamiento del elector, en una suerte de contrato tácito establecido previo a la elección y basado en las propuestas del candidato y su aceptación por los votantes. No se trata entonces de encontrar a alguien que piense por una ciudadanía incapaz de hacerlo, sino a aquel que represente la intención del votante, imposibilitado de imponer su ideario como los griegos lo hacían en el ágora, por una mera condición numérica, y lejos de la delegación irresponsable de la voluntad propia. El funcionario electo está obligado a respetar el mandato de su representado. El travestismo de los legisladores es absolutamente degradante de la institucionalidad del Congreso y constituye un empellón más al régimen republicano por el despeñadero del descrédito y la desvalorización.
En cuanto al federalismo, en nuestro país es, en gran medida, una ficción más, ya que los Estados provinciales ven su autonomía restringida por el pulgar del Ejecutivo, que dispone a su antojo recaudos que deberían corresponderles por una reglamentación adecuada de la Ley de Coparticipación. Los senadores, representantes de las provincias y no de sus gobernantes, terminan por convertirse en meros agentes comerciales que gestionan, desde la mendicidad, recursos indispensables para el desenvolvimiento de sus territorios. Sus votos están a la venta y de tal modo se instala el imperio del cohecho. La Nación pierde sus preceptos esenciales, mientras las sesiones parlamentarias son, como en la antiquísima Commedia dell’Arte, la implementación de jocosas, a la par de siniestras, pantomimas.
Todo esto sin rozar lo que atañe al Poder Judicial, que debería ser absolutamente independiente y se ve, en parte, sometido por la manipulación de un Ejecutivo que digita, con instrumentos casi imperiales, hasta las decisiones del Consejo de la Magistratura, degradado por una composición desequilibrada y arteramente implementada .
La República se devalúa como institución primordial y ya no nos cabe ni la despectiva denominación de republiqueta. Utilizando terminología nieztschiana, somos apenas un rebaño aborregado, que sólo se congrega por la imperiosa y elemental necesidad de sobrevivir. Ya en el siglo XVI, Ètienne de La Boétie, en su “Discours de la servitude volontaire ou contr’un” (“Discurso de la servidumbre voluntaria o contra uno”) plantea el tema de la legitimidad de la autoridad sobre un pueblo, prefigurando la teoría del Contrato Social que, en aras de la libertad, debe superar la mera sumisión al poder dominante. No se trata de incitar un clima revolucionario o “destituyente”- sino de hacer los esfuerzos necesarios para volver a la Ley, y reencauzarnos en el sendero de una República Representativa y Federal.
