Represión ilegal

Duro cruce entre el chofer

de Perizzotti y una testigo

Patricia Isasa -una de las víctimas en el juicio- increpó a Eduardo Córdoba mientras aguardaba el turno para recorrer las instalaciones de la Guardia de Infantería Reforzada, en una inspección ocular programada por el Tribunal Oral Federal. Lo acusó de “cómplice” y “cínico”.

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Isasa y Córdoba protagonizaron un intercambio de palabras de alto voltaje frente a periodistas y personal del Programa de Protección a Testigos.

Foto: Amancio Alem

 

Juliano Salierno

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“Vos tenés que decir todo lo que sabés” espetó Patricia Isasa esta mañana, mientras recorría con un grupo de periodistas el perímetro de la ex Guardia de Infantería Reforzada. La frase acusadora es de una de las víctimas de la represión ilegal y testigo en el juicio, y estaba dirigida a Eduardo Córdoba, que durante cuatro años trabajó en ese lugar como guardia y se desempeñó como chofer del entonces jefe, el ex comisario Juan Calixto Perizzotti.

Córdoba estaba dentro del edificio, aguardando el llamado del Tribunal Oral Federal, que lo convocó como testigo para la inspección que se llevó a cabo hoy, en su antiguo lugar de trabajo. El duro cruce verbal, fue algo más que un intercambio de palabra, fue una explosión visceral, un arrebato acusador producto de la situación en la que se vio envuelta la mujer un momento antes cuando le dijo: “Qué me venís a saludar si sos un cómplice”.

El hombre, que llegó alrededor de las diez de la mañana al edificio de calle Urquiza al 700, se mezcló entre periodistas, víctimas y querellantes, y su presencia no cayó del todo bien. Córdoba, a quien apodan “Camello”, se desempeñó entre 1975 y 1979 en esa dependencia policial, primero en la Guardia de Infantería, donde estuvo un año, y luego en el Área 212, donde también trabajaba como chofer de Perizzotti.

El chofer de la GIR

En charla con El Litoral, Córdoba explicó que hacía turnos de 24 horas por 48 de descanso, que era uno de los tres conductores con los que contaba el jefe y que si bien recuerda haber hecho traslados de detenidos -“lo llevé a (Alberto) Maguid a Coronda”, recuerda-, nunca vio gente encapuchada, ni llevó personas lastimadas al hospital. Tampoco se acuerda de viajes nocturnos y jamás oyó hablar de las “casitas” de Santo Tomé.

Amparado en su fe católica asegura que se retiró porque “tengo familia” y “no me gustaba ver a la gente presa”; no obstante, tampoco reconoció los rostros de las mujeres que permanecieron encarceladas por largos períodos en la GIR. “Yo era comerciante, me tendría que haber ido el primer día”, de la GIR, se arrepiente el testigo.

Actualmente Córdoba trabaja en una de las empresas constructora de edificios de renombre en la ciudad, donde asegura que su citación la semana pasada, como testigo en el juicio por la represión, no le trajo ningún inconveniente. Aunque se mostró preocupado por su mujer y sus dos hijas, a las que “esto las afecta mucho”.

La inspección

Mientras tanto, el Tribunal Oral Federal -compuesto por los jueces Roberto Manuel López Arango, Andrea Alberto de Creus y Carlos Renna-, recorrió los pasillos, galerías, patios y celdas donde estuvieron encerrados varios de los testigos que declararon en el juicio.

La inspección, que comenzó alrededor de las 10.30 de la mañana, se realizó por etapas. Primero las autoridades del TOF trataron de ubicar los sitios descriptos en las declaraciones y luego hicieron pasar de a uno a los testigos.

El primero de ellos, el abogado y querellante Jorge Pedraza, aseguró que pudo ubicar “la consola del Comando Radioléctrico”, que “no está más ahí y el lugar es más chico porque pusieron tabiques”. “La estructura fundamental sigue siendo la misma”, recordó Pedraza, que estando encapuchado y de boca al piso escuchaba las comunicaciones vía radial de la Policía.

También pudo localizar un antiguo baño, actualmente clausurado, “que está en una ochava” unos “70 metros cruzando el patio”. “Ésa fue la primera tortura”, explicó el denunciante, detenido el 6 de noviembre de 1975 y trasladado cuatro días después a la Comisaría 4ta.

Luego le tocó ingresar a Patricia Isasa, que estaba en el grupo de mujeres que trasladó Perizzotti siendo jefe, desde un lugar descampado en las afueras de Santo Tomé, bajo las órdenes del militar Jorge Diab.

Quedaban en la lista de espera, para hacer el reconocimiento, Stella Maris Vallejos, Anatilde Bugna, Patricia Traba, entre otras, además de un grupo de varones encabezados por José Schulman.


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Sólo EL JEFE

De los imputados, el único que se ofreció para participar de la inspección judicial fue Juan Calixto Perizzotti, a quien no se lo pudo ver porque fue trasladado al interior del edificio en horas tempranas de la mañana. El ex jefe de la GIR, que estaba acompañado por su abogado Claudio Torres del Sel, fue el único de los seis imputados en prestarse a declarar cuando se lo solicitó el tribunal. El resto de los acusados -Víctor Brusa, Mario Facino, Eduardo Ramos, María Eva Aebi, Héctor Colombini- permanecen detenidos en la cárcel de Las Flores o en prisión domiciliaria.

/// EL DATO