ANA LAURA FERTONANI
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Sus casa es de cuentos. Toda de madera, con techo de paja, ventanales que aparentan rincones en el exterior, rodeada de árboles, aromas y plantas que ella misma crea y cuida, también de gatos y perros. Ama su rincón, las plantas, la naturaleza en general, “es lo que me permite vivir sola y no sentirme sola”, dice.
Ana María Pizarro es esa gran artista que expone en el Museo Sor Josefa Díaz y Clucellas y es también la que no quiere mostrarse. No se negó a la entrevista, pero deja en claro que no le gustan ni el grabador, ni la cámara fotográfica y la intranquilizan esas preguntas que repentinamente pueden arremeter contra su remanso. Ese momento atenta contra su perfil bajo, silencioso, el que perfeccionó en los últimos años.
Hacía 12 años que no exponía, fue lo que resolvió su salud más que ella. Y el viernes 16 de octubre pudo ver su obra reunida bajo el título “Paisajes y algún jardín” en el Museo Municipal.
—¿Son obras nuevas?
—Hay cuatro cuadros importantes que ya había expuesto, pero muchos no los habían visto; son los cuadros más grandes.
El principio de lo que será una retrospectiva tiene lugar en la parte superior de la casa encantada, en su taller, con el protagonismo de los caballetes y una serie de cuadros de distintos tamaños que dan la espalda. Prende un cigarrillo y sigue: “Yo pinto siempre. Esta muestra me llevó dos años, porque hay días que subo y pinto 15 minutos. Fui pintando muy lentamente. Yo creía que era la última muestra y cuando la vi colgada, porque no es lo mismo tener los cuadros en el taller que verlos en exposición, me di cuenta de que no. Ahí están...”.
HABÍA UNA VEZ
—¿Ya estamos hablando de casi cuarenta años de pintura?
—(calcula) Más. Tengo 61 y empecé a estudiar a los 18, en Córdoba. Se da que en el “55, por la Revolución Libertadora, no se recibieron alumnos de la Escuela Media y yo quería ir a la Superior. Durante tres meses, no te puedo decir las horas que estudié. Ese año dieron un examen de ingreso y había figura y pintura, en tamaño natural. En marzo rendimos y entré por el dibujo, en pintura obtuve la nota mínima y seguí un año.
—¿Desde entonces sabés que lo que querés es la pintura?
—Desde que nací sé lo que quiero. Todos los regalos de cumpleaños, de pasar de grado, de recibirme de maestra... todos eran libros de pintura, pero no los podía usar porque no tenía quién me enseñara. Yo lo único que quería era el oficio y que me enseñaran composición. Me tocaron profesores excelentes que te enseñaban el oficio y la seriedad con que se debe encarar la pintura. Farina (Ernesto) era un maldito: pasaba por detrás de las alumnas y le decía “señorita, usted no puede tener novio, casarse, tener chiquitos porque no va a pintar nunca...”. Y así se iba yendo la gente.
Me casé antes de terminar, por supuesto no pude seguir, no pensaba terminar la carrera, pero ir por lo menos dos años que era cuando empezaba a hacer retrato y pintar óleo, así que en eso fui autodidacta. Y fui sacando muestras y me acerqué siempre a los grandes. De jovencita fui modelo de Spilimbergo y conocí a gente muy importante, gente que te decía: “cómo vas a vivir de la pintura, tenés que vivir para la pintura” y el que no estaba dispuesto se iba.
MAESTROS
Ana María se casó a las 18 años y tuvo dos hijos, estuvo sin pintar hasta los 29 años, y fue en ese momento de su vida que decidió “voy a pintar” y no dejó lugar a otras opciones. “No puedo estar sin pintar, es una muy profunda vocación la pintura”.
Aún oye nítida la voz de Spilimbergo: “Me decía: compañera, la vejez llega, cargue la bolsa de buena literatura, buena música, esté cerca de gente que la pueda hacer crecer, acérquese a los grandes, siempre uno aprende algo cerca de ellos. Y le hice caso”.
Vivió en Córdoba, en Misiones y llegó a Santa Fe, acá se acercó a Juan Grela, a quien define como “el maestro de vida”. “Nos hablaba de lo necesario y de deseos. Para vivir se necesita nada más que lo necesario, vos te acostumbrás a vivir con lo necesario y no gastás energía, ni tiempo, ni fantasías en querer ser rica o querer tener una vida que no es la que te corresponde, porque no has nacido en una casa así. No quería que perdiéramos la esencia. Cuando veía un muchachito de Rafaela o un pueblo chico que le llevaba pinturas del expresionismo alemán, él se preguntaba cómo, si lo único que ese joven había vivido era la familia, los amigos, el club, el gato que camina por el tapial, las higueras... Decía “no me cuentan lo que son, sino lo que leyeron, estudiaron...”.
Piensa, enciende otro cigarrillo. “Grela exacerbó en mí el deseo de lo esencial. Al llenar tu bolsa, te sale lo esencial... Yo por suerte no tuve muchas teorías”.
—¿Por suerte?
—Sí, por suerte. No concurrí a un salón de pintura, a un estudio de pintura, escuela, no se me pegó nada de los demás. Cuando me senté a pintar me tuve que arreglar con mis armas y qué te sale: lo que tenés adentro, porque sino pusiste nada, no te sale nada. Sale lo tuyo, tus formas, formas de amar la naturaleza y la vida. Son las columnas que hacen que uno sea de una manera o de otra... Me gusta poner los tallitos en invierno y este año hice la prueba con el de Ginko Biloba, una vecina me dijo que era la época, son maravillosos, una aguja que no tenía nada y aparecieron unos nudos, en semanas, se pusieron verdes y se abrieron y son hojas.
—Y eso está en tu pintura.
—Y debe estar... Puedo hacer paisajes que para mí son reales y nada que ver, lo único que tienen es la forma lograda, y eso es lo que sale...Farina también decía “no quieran ser originales. Las cosas que se han hecho en nombre de la originalidad...”. (ríe).
DEFENDERSE A TIEMPO
—¿Disfrutás exponer?
—Me gusta, pero soy tremendamente crítica con mi obra, y siempre voy haciendo muchas cosas: di clases varias veces, ahora empiezo de nuevo, pinto siempre. Durante muchos años, fue antes de la guerra de Malvinas, porque después fue otro el mercado de arte, exponía en Buenos Aires y a veces vendía la muestra entera, lo que me ayudaba a hacer cosas importantes. Después también vino mi exceso de bajo perfil...
En el repaso de tantos de años de arte también aparece Antonio Píccoli: “un pintor geométrico que amaba lo que yo hacía y no teníamos nada que ver. Tenía pasión por el color, por hacer un color distinto... El color es como la voz de uno y mis obras tienen el color elaborado de una manera muy exigente”.
—¿Y cuando no te gusta?
—Tiro. Todo eso que tengo ahí (y señala un pila de cuadros en penitencia).
—No los vas a tirar
—Los tengo que revisar y voy a guardar los marcos, porque tengo una nieta que está estudiando pintura en Buenos Aires. Los voy a romper.
—¿De qué tiempos son?
—Son las más viejas que han quedado. Yo no quiero que salga a la calle lo que nunca quise sacar de mi taller, no quiero que cuando me muera aparezcan, te tenés que defender a tiempo. El pintor muere dos veces: una vez de muerte natural y otra vez lo mata la viuda, o el que quede, que empieza a escarbar las obras guardadas, los papelitos y los largan al mercado y cada porquería. Es así.
Una vida sencilla y rica
Ana María piensa que está pasando por una época muy linda de su vida, que tiene una vida sencilla pero rica, que ha aprendido a vivir sola y su soledad es casi absoluta (suele pasar una semana sin tener diálogo con otra persona).
Sigue repasando su “bolsa”: “También aprender a viajar te llena la bolsa, porque viajar no es recorrer kilómetros, ir a los museos, caminar entre obras de arte, es aprender a mirar, eso aprendí de los grandes maestros. Grela venía a Santa Fe y me decía “tengo 2 horas 20 para vos’. Iba al taller y me decía: “esto me gusta, aquel no sé porque lo empezaste rojo y lo terminás verde’, tan opuesto era todo, ahora ya no. Es importante con quién hablás. Si la sensiblidad la llenás con cosas tontas, superfluas, para qué la querés. La sensibilidad hay que cultivarla”.
Dice que según los críticos su pintura es metafísica, ese arte que representa un mundo conectado con el inconsciente, más allá de la realidad física. “Según los críticos, porque yo no sé lo que soy” (y ríe). Sin embargo intenta conceptos que la definen: “muy trabajadora, muy seria, que me cuesta decir cuando una obra está acabada”. Allí se detiene porque suele sucederle que lleva una obra a enmarcar y en ese pequeño movimiento ve cosas que en su taller no lograba ver, “y sé, exactamente, qué tengo que corregirle”.