Argentina, el país de las esperanzas Lindos  recuerdos

Ana Manuela Parra, la niña sentada al frente, era la abuela de Yoana Primón.

Argentina, el país de las esperanzas

Dos alumnas de Covadonga, una hoy egresada, escribieron sus historias familiares a partir de la lectura de textos literarios referidos a la inmigración.

TEXTOS MARIANA RIVERA.

 

Nuevos relatos escritos por alumnos del Colegio Nuestra Señora de Covadonga de nuestra ciudad hemos recibido en esta sección de la revista Nosotros, que fueron impulsados por la Prof. de Literatura Nora Tardivo, a partir de la promoción de la lectura de textos literarios que refieren al fenómeno inmigratorio.

En esta oportunidad, compartimos con nuestros lectores los trabajos de investigación realizados por las alumnas Yoana Primón, titulado “Para empezar”, quien hoy es egresada del colegio, y de Milagros Preciado, elaborado el año pasado, pero que en 2009 está cursando el 3er. año, titulado “Sólo dos palabras”.

“¿Dónde comienza una familia?, ¿De dónde venimos?”, comienza preguntándose Yoana Primón en su escrito. Y reflexiona: “Saber de nuestros antepasados, de la inmigración, responde esas preguntas porque podemos descubrir nuestra identidad y reconstruir una historia familiar, sobre todo teniendo en cuenta que Argentina se construyó gracias a un gran número de extranjeros llegados a este país.

Cuando se realiza una búsqueda muchas preguntas van surgiendo y a medida que se van encontrando algunas respuestas, otras van apareciendo y esto lleva a interesarnos más.

Como en todo árbol familiar parece que nunca se terminan de contar todas las ramas. Se puede partir de uno mismo e ir hacia atrás aunque algunas de esas ramas no estén para ser nombradas”.

Para escribir la historia de mi familia y su relación con la inmigración -precisa- yo podría contar cinco historias ya que tengo dos abuelos descendientes de italianos, una tía italiana, un tío abuelo alemán y una abuela con padres españoles. Pero decidí relatar la vida de mi abuela descendiente de españoles, debido a que es quien está formando parte de mi vida actual y permanentemente está dispuesta a contarme todo lo que recuerda.

La llegada de los inmigrantes a este país se liga a una época en que Argentina era el país de las esperanzas para aquellos que en su tierra de origen padecían hambre y necesidades. Esta historia comienza en Andalucía, una comunidad de España, donde mis bisabuelos, Francisca García y Juan Parra, se conocían por ser vecinos en ese lugar.

Ellos -con sus respectivas familias- llegaron a Argentina en busca de una mejor vida que dejara atrás las carencias que sufrían en aquel país. Cada uno se instaló con su familia en la ciudad de Santa Fe y con el paso del tiempo se enamoraron y decidieron casarse.

El matrimonio eligió el barrio Roma de nuestra ciudad para el comienzo de una vida juntos.

Tuvieron cuatro hijos. La primera fue Ana Manuela, seguida por Juan Valentín, luego Carmelo y por último Roberto.

SE SENTÍAN SEGUROS

Por otra parte, Yoana Primón contó que Ana Manuela Parra es mi abuela, quien nació el 21 de septiembre de 1925. Si bien siempre cuenta que su infancia fue alegre, ella asegura que a la vez fue dura porque en esa época, tanto los niños como las mujeres, tenían que atender a los “hombres de familia” ya que ellos eran los únicos que trabajaban.

Su padre -mi bisabuelo- se dedicaba a la venta de pollos en el Mercado Central. Uno de sus recuerdos es cuando ella, siendo pequeña, se tenía que levantar temprano a lustrarle los zapatos, hacerle las tostadas y algunas veces darle de comer al caballo de la familia.

Reconoce que aunque no tenían casi nada para ellos, consideraban que era lo suficiente para sentirse seguros: un hogar donde vivir -una casa pequeña, con una sola habitación- y una escuela donde asistir -con un sólo cuaderno y un lápiz- y se podían mover libremente sin preocupaciones.

A los 11 años, continúa relatando, mi abuela Ana Manuela Parra finalizó sus estudios primarios en la escuela Falucho en el barrio Barranquitas, sobre la avenida López y Planes. A los 19 años se casó con mi abuelo, un joven llamado José Volpe, descendiente de una familia de inmigrantes italianos que vivía con sus once hermanos y padres en el centro de la ciudad.

Uno de los recuerdos de ese momento es que ella utilizó para su casamiento un vestido prestado y que con su esposo pudo conocer el asado, la sidra y disfrutar de las fiestas a las que asistían en la “Quinta Asturiana”.

Tiempo después, se ubicaron en la actual casa donde vivo actualmente y tuvieron tres hijos: Ricardo, el mayor, Susana, mi mamá y por último José, el menor. Mi mamá, Susana Volpe, nació el 15 de agosto de 1952, y asistió a la misma escuela que mi abuela.

Desde chica conocía a mi padre, Rubén Primón, mitad italiano por parte de mi abuelo paterno, Otorino Benvenutto Primón, y mitad criollo por parte de mi abuela paterna, Carina Pereyra. Mis padres se casaron en la iglesia San Francisco.

LA VIDA DA VUELTAS

Por último, Yoana Primón -hoy graduada del Colegio Nuestra Señora de Covadonga- agregó que “uno de los recuerdos de mi madre es que su abuela, mi bisabuela, siempre le manifestaba que quería verla casada antes de su muerte. Ésta acaeció un mes antes del nacimiento de mi hermana Pamela, que lleva como segundo nombre Francisca por el cariño de mi madre hacia su abuela. Luego nació Melisa y por último yo, que debo la elección de mi nombre Yoana a la letra de una canción que le gustaba a mi papá.

Hay un dicho que siempre tengo presente y siempre recuerdo, que pasó de mi abuela a mi madre y de ella a mí y que es “La vida da vueltas”. Si pienso en la situación en la que llegaron mis bisabuelos a este país y cómo se fueron dando los cambios hasta ahora, esas palabras me sirven para pensar que la vida es corta, el tiempo es largo y la vida continúa. Hoy soy yo quien escribe la historia de esta familia, con la certeza de saber que después de mí habrá alguien más que seguirá contando.

CONFIAR Y ESPERAR

Milagros Preciado -hoy alumna del 3er. año de Covadonga- comienza su trabajo con una frase del escritor Alejandro Dumas, del Conde de Montecristo: “Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día que Dios se digne a descifrar el porvenir del hombre toda la sabiduría humana estará reducida en dos palabras: ¡confiar y esperar!”.

Y continúa: “En las historias de inmigrantes, que en este caso es la de mi familia, todo se resume en dos palabras: confiar y esperar. Confiar en tener una vida próspera y feliz y esperar porque el tiempo siempre ayuda a que los problemas se arreglen. Hace un tiempo tuve que leer el libro El Conde Montecristo, del cual en estos días recordé esa parte que relacioné con este tema”.

En mi casa -explica-, quizás como en tantas otras, se guardan objetos antiguos que resultan valiosos por la historia que encierran. En un baúl de madera se conservan fotografías de mis abuelos cuando eran pequeños, la libreta de la escuela de mi abuelo, billetes de aquella época, en fin una historia conservada por años. Entre esas cosas encontré la libreta de casamiento de mis bisabuelos por parte de mi papá y parece que en esas páginas se revive la historia familiar.

Por lo que mi papá recuerda y los datos que se pudieron obtener de la libreta, logré rearmar la historia de a poco. Mi bisabuelo se llamaba Matías Preciado y vivía en un lugar de España llamado Laguna de Cameros, provincia de La Rioja, con sus padres Cecilio Preciado y Paula Galilea. Nació el 24 de febrero de 1887. Allí en España, su familia se encontraba bien económicamente y por esa razón contaban con muy buena educación.

Para entender mejor la decisión de su partida de aquel país hacia estas tierras busqué en libros de Historia y así supe que, en los primeros años de 1900, España mantenía un enfrentamiento territorial con el norte de África, más precisamente en Marruecos, donde ejercía un protectorado.

El territorio contiguo era gobernado por Francia, entonces España se alió a esta nación con la intención de expandir su territorio enfrentándose a los moros. Debido a esto, el ejército español necesitaba reclutar a jóvenes para la guerra, y así fue como lo alistaron a Matías, por lo que la familia decidió que viajara a América. Fue entonces que se embarcó hacia la Argentina y llegó a Santa Fe, dejando atrás la vida que tenía en España, sus montañas, sus viñedos, sus perfumes, sus sabores, sus amigos y afectos.

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Juan Parra, bisabuelo de Yoana Primón, tenía un puesto en el Mercado Central.

Lindos recuerdos

Cuando llegó a nuestra ciudad el bisabuelo de Milagros Preciado, Matías Preciado, consiguió trabajo en el Ferrocarril Francés como encargado de cargas. En su nueva vida conoció y se casó con Elisa Marzochi en el año 1908, a los 21 años.

“La libreta de casamiento que tengo en mis manos -explicó Milagros en su relato- cuenta que tuvo cinco hijos, cuatro de ellas mujeres: Leonor Elisa, Paula Catalina, Beatriz Electra, Sara Belia y el varón Rodolfo Preciado, mi abuelo. Mi abuelo Rodolfo se casó con Margarita Rosa Pons y tuvieron tres hijos: Liliana Mónica, Silvia Noemí y Marcelo Rodolfo Preciado, mi papá. Recuerdo también las historias que contaba mi abuelo Rodolfo, al que todos conocían por “Quique”, sobre su padre -mi bisabuelo- a quien describía como un hombre alto, delgado, muy trabajador, tranquilo, siempre de buen humor, cómplice con sus nietos mayores a quienes les compraba caramelos no permitidos por su esposa. Acá termina parte del relato de mi bisabuelo y dejo que el tiempo continúe contando la historia de mi familia. Mi papá Marcelo se casó con Graciela Guadalupe Liendo y de esa unión nacimos Verónica, Joaquín y yo, Milagros Preciado. En mis pensamientos sólo asoman dos palabras: ¡Confiar y esperar!”.

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Matías Preciado y Elisa Marzochi con sus hijos.

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Recuerdo del casamiento de Matías Preciado y Elisa Marzochi.