Honrar la vida

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Albert Schweitzer fue médico y filósofo. En Lambarené, África, construye un hospital. Su filantropía lo lleva a recibir el Premio Goethe, la Legión de Honor y el Nobel de la Paz 1953.

Foto: Archivo El Litoral

Nidya Mondino de Forni

Según Grazia Livi el último hombre legendario, sobrevivido del frío desencanto del mundo moderno tiene un nombre: Albert Schweitzer. Su figura está circundada de un halo de santidad y de mundana reverencia.

Hijo de un pastor protestante, se extiende su actividad a los estudios teológicos y filosóficos al mismo tiempo que a la música y a la medicina. El pueblo alsaciano de Günsbch fue el primer escenario de su niñez iniciando allí sus primeros estudios. Pasó luego a Mülhousen donde cursó el bachillerato e inició sus estudios de órgano. Luego en París estudió Teología y Filosofía en la Sorbona y órgano en el Conservatorio. Ya doctorado en Filosofía y licenciado en Teología fue nombrado “maestro de conferencias” de la Facultad de Teología protestante de Strasburgo donde se distinguió por sus originales opiniones sobre el Nuevo Testamento. Sus trabajos historiográficos sobre la vida de Jesús y San Pablo fueron altamente reconocidos. Su tesis sostiene que el cristianismo es esencialmente una escatología, esto es, anuncio del advenimiento del Reino de Dios. Esta espera puede parecer alejada de concepciones modernas, más la moral que contiene no lo es, por cuanto consiste en una conducta activa, ni pesimista ni optimista, frente al mundo. La “veneración de la vida”, consecuencia de esta conducta activa, constituye el principio de su religión y la inspiración de su actividad al servicio del hombre.

Al mismo tiempo se destaca como eximio intérprete de la música de Juan Sebastián Bach a quien consagró una gran parte y lo mejor de su existencia. Al respecto escribió una monografía sobre la naturaleza del arte de Bach titulada “Juan Sebastian Bach, el músico poeta” de gran repercusión. Como virtuoso del órgano y profundo conocedor del instrumento escribe “El arte de fabricar órganos y el arte del órgano en Alemania y Francia”, donde aconseja y da elementos para la interpretación práctica de las obras de Bach para órgano.

Se gradúa en medicina y luego da conciertos por toda Europa para reunir fondos para el hospital que soñaba construir en Africa. Abandona su patria. Llegado a la boca del río Ogowe comienza a navegarlo hasta llegar a un diminuto caserío que constituía una de las misiones de la Sociedad Misionera Parisiense y que tenía el sonoro y musical nombre de Lambarené. Allí comenzó su nueva vida agotadora, oscura, arriesgada y no siempre comprendida. “Ninguno puede decir que me conoce si no me ha conocido en Lambarené”. Lambarené será el escenario de sus actividades durante más de cuarenta años.

Los enfermos y sus familiares se trasladaban en piraguas desde zonas más o menos alejadas. Luego de desembarcar en una pequeña playa con añosos palmares, y a poco de caminar entre una foresta virgen donde el paisaje del Africa ecuatorial se revelaba en todo su esplendor, como también el rigor de su clima, llegaban al hospital. Al cual, los negros en un principio contemplaban con desconfianza, más con el tiempo llegaron a idolatrar a su “Doctor blanco” quien inmediatamente, debido a la urgencia de los casos, no dudó un instante en poner manos a la obra comenzando a atender en un viejo gallinero.

Actualmente se alzan en Lambarené cuarenta pabellones, conservando su aspecto rústico, del que Schweitzer no quiso despojarlo, pues comprendía que la gente así lo consideraría como algo propio, sin desconfiar. Los enfermos pobres son curados gratuitamente, más sus acompañantes, a cambio de la hospitalidad, deben ofrecer sus propios brazos para cumplir trabajos en el hospital, en la huerta o en las plantaciones. Un ala del edificio está convertida en Museo. Se conservan la oficina, el laboratorio, centro de tratamiento y la casa. Su casa, una barraca de madera sin mucha luz, con rústicas ventanas cubiertas por una malla cerrada de tela metálica para salvaguardarla de los insectos. Llama la atención la estrechez de los ambientes, su dormitorio, de tres por tres metros, con una austera cama de hierro protegida también por un mosquitero. Su mesa de trabajo, un taburete sin respaldo (seguramente para reforzar su voluntad), sus libros, su órgano. Todos los días estudiaba pasajes de las Sagradas Escrituras, como asimismo ejecutaba en el órgano alguna obra de Bach (quizás su preferida la Tocata y Fuga en re menor), pues jamás dejó de lado su pasión por la música. Los nativos sabían que en ese momento no debían molestarlo porque “el Gran Doctor” se estaba dedicando a su “hora cultural”. “Cuanto más estén vivos la vida intelectual y los intereses espirituales tanto mejor se soportará la vida en Africa” aconsejaba a los misioneros. Al costado de la casa una cruz bajo la sombra de una palma datilera lleva la inscripción, grabada por él mismo: “Aquí reposan los restos de Helene Schweitzer Bresslau, esposa de Albert Schweitzer, llegada a Lambarené en 1919 con él para fundar el hospital. Muerta en 1957”. Es un austero epitafio, lo único que permanece de una vida dedicada a curar hasta que una tuberculosis, los reumatismos y un proceso de descalsificación de los huesos la llevaron a la muerte.

Su notoriedad como filántropo fue en aumento, mereciendo, entre otros, el Premio Goethe, la Legión de Honor y el Nobel de la Paz 1953. Con el dinero que obtuvo construyó en 1954 una población de leprosos a pocos minutos de Lambarené. “Me he sentido muchas veces preocupado, desorientado, apesadumbrado a punto tal que si hubiese tenido los nervios menos firmes habría por cierto naufragado”. Sin duda lo salvó de este naufragio el volver a ver la sonrisa de esos ángeles negros rescatados de la muerte, en ese, su pequeño Universo, donde el amor cura el mal. Albert Schweitzer murió en Lambarené a los noventa años.

“Eso de durar y transcurrir / no nos da derecho a presumir / porque no es lo mismo que vivir / honrar la vida”. (Eladia Blazquez)