al margen de la crónica

Los mediáticos

La reforma kirchnerista a la política tiene la paradójica virtud de retomar capítulos de la ley que se sancionó después del “que se vayan todos”, la misma que se dejó de lado a pedido de Elisa Carrió y para la elección del propio Kirchner, con el respaldo de Eduardo Duhalde.

Kirchner, que llegó al poder sin la reforma, la retoma ahora porque no tolera que hombres como Francisco de Narváez le ganen elecciones a fuerza de plata traducida en propaganda televisiva. En el duelo de las billeteras, la privada fue más rápida que la clientelista.

Ahora, en nombre de la democracia, el oficialismo quiere prohibir el financiamiento privado de las campañas. Los opositores le disputan a la Casa Rosada el épico sentido republicano, apoyados en un fallo de la Corte norteamericana que reivindica el derecho ciudadano a financiar a sus partidos.

Poder es el nombre del juego; la plata, su estímulo y premio; los medios, la clave

para acceder al poder. No menos vulgar que Zulma Lobato es la cultura que convalida postulaciones travestidas desde el cruel fetiche del cartel televisivo.

Hubo un tiempo en que los labios brotados y las mechas enrojecidas no salían de las paredes de la whiskería. Hoy, adornan la escena pública, con excepción de los que se disfrazan de setentistas.

En las calles, los afiches reproducen rostros impostados de telenovela colombiana, trajes de Al Capone envueltos en endulzados perfumes; angelicales caras auspiciadas por cremas faciales francesas; arribistas posando al lado del tótem.

Es la oferta mediática para el pueblo que elige, no importa cuál sea la ley.

La radio es la excepción porque las palabras desnudan. Pero ése es un medio para trasnochados.

A la luz del día, el pueblo, ¿quiere saber de qué se trata?