Darwin y las flores
Darwin y las flores
Observadores precursores proveyeron al naturalista inglés Charles Darwin de una nueva óptica para ver las flores. En 2009 se cumplen 200 años de su nacimiento y 150 de la publicación de su obra “El Origen de las Especies”, en la que expuso su idea de la selección natural como base para la posteriormente denominada Teoría de la Evolución.
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No hay duda del valor estético que tienen las flores por la inspiración que provoca en nuestro espíritu la percepción de sus formas, sus colores y fragancias. Podríamos dar nuestros sentidos por conformados y dejar en el terreno espiritual las impresiones que ellas nos causan. Sin embargo, sin alterar la elevada posición que allí ocupan, nos permitiremos aquí echar una mirada intelectual y filosófica. Quizás cándidamente podríamos, tal vez, ver que ellas están hechas para nosotros ya que nos producen una satisfacción tan completa. Pero profundos observadores, precursores de Charles Darwin, vieron a las flores de otra manera.
Destinadas a los insectos
Que las flores no necesariamente están hechas para satisfacer nuestros sentidos sino el de los insectos fue propuesto hace más de 200 años por el teólogo, botánico y naturalista alemán Christian K. Sprengel (1750-1816), en su obra de pintoresco título: “El misterio develado de la Naturaleza sobre la estructura y fertilización de las flores”. Sprengel vio con claridad que los insectos no se mueven por casualidad de una flor a otra sino que lo hacen atraídos por sus despliegues coloridos y perfumados, y que esa atracción funciona en virtud de que reciben una satisfacción ya no espiritual sino material: néctar y polen, que necesitan para alimento propio o de los suyos. A la vez, trasladan adheridos los elementos sexuales masculinos de una flor (en el polen) hasta la parte receptiva de otra (el estigma); los insectos actúan inadvertidamente de mensajeros amorosos entre las plantas de una especie. Con seguridad, “El misterio develado...” proveyó a Darwin de una nueva óptica para ver las flores que podía encontrar en su propio jardín y en las coloridas praderas de Inglaterra.
Evidencias
A través de esa óptica era evidente por qué ellas tienen néctar y por qué éste suele estar escondido en partes profundas y no accesibles a nosotros sino a la delgada y larga probóscide (aparato bucal en forma de trompa o pico, dispuesto para la succión, que es propio de los insectos dípteros) de una mariposa; por qué algunas de las flores más fragantes se hacen visibles y emanan sus aromas solamente de noche, cuando muchos de nosotros estamos durmiendo; por qué las flores tienen, a veces, mecanismos con pequeñas manijas, palancas y puertas que los insectos fácilmente pueden accionar, mientras que parecen de una escala demasiado reducida para nosotros. Esta visión se hacía ya completamente convincente al mostrar que ciertas flores, todo lo contrario de satisfacerlos, repugnan nuestros sentidos. En efecto, las flores que atraen moscas suelen estar detrás del plano de nuestra atención. De colores verdosos o lúgubres, entremezcladas con el follaje o cercanas al suelo, escapan a nuestra mirada y, además, emanan olores fecales o pútridos, no de nuestro agrado sino del de estos insectos amantes de lo descompuesto.
La observación de Darwin
Pero Darwin vio aún más allá, a una profundidad que a él mismo le debe haber estremecido. Pudo ver, y por eso lo recordamos en 2009, 150 años después de la publicación de “El Origen de las Especies”, que no era necesario pensar que las flores habían sido “hechas”. A él mismo le debió haber sido difícil tener que admitir que en esas estrategias atractivas y en esos dispositivos mecánicos, con sus partes dispuestas tan a propósito de cumplir un fin, no había una intencionalidad inmanente, y que éstos no eran producto de una inteligencia creadora. Difícil debe de haber sido superar con su vista los velos propios de la sociedad de la época. Ello revela el notable poder de su mirada intelectual. Quizás el más famoso ejemplo de su virtud es el referido a la relación entre una orquídea, cuya flor tiene un espolón nectarífero de hasta 40 cm de longitud, y su hasta entonces desconocido polinizador. Darwin indujo que debería existir una polilla con una probóscide tan descomunal que pudiese llegar al fondo de ese espolón. Además de esto, ya bastante admirable, vio un mecanismo por el cual tanto la flor más larga como la polilla con la mayor probóscide serían favorecidas por selección natural y que, por lo tanto, se establecería una carrera evolutiva entre planta y polinizador tendiente a longitudes cada vez mayores. Este principio de la carrera evolutiva puede extenderse, por ejemplo, para explicar la velocidad de la gacela y de su cazador, el chita. Otra extensión del mismo principio: en la evolución de nuestro sistema inmune, los seres humanos “huimos” de los virus que nos provocan enfermedades y éstos nos “alcanzan” evolucionando hacia nuevas formas de eludir nuestras defensas, y así sucesivamente. Vemos, entonces, cuánto es lo que Darwin vio y lo que podemos ver en las flores.
Por Andrea Cocucci -Investigadora del Conicet; Escuela de Biología, Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de Córdoba-. Fuentes: Diario “La Voz del Interior” (Cba.) y Área de Comunicación Institucional y Prensa del Conicet/Bs. As. Selección y adaptación: Lic. Enrique A. Rabe (ÁCS/Conicet Santa Fe).