Llegar al gobierno no es apropiarse del Estado

Dr. Enzo Jesús Trentino

Nuestro país parece un barco a la deriva en el océano crispado de la desunión y el faccionalismo. No contamos con la brújula de un proyecto nacional compartido que ponga en marcha nuestro enorme potencial. Tampoco disponemos de un marco institucional que facilite la negociación de nuestras diferencias para integrarlas en un proyecto superador que nos permita progresar.

El ciclo de esperanza y desilusión por el que atravesamos hoy no es nuevo. Tener la impresión de iniciar una nueva época -y recomenzar de cero- se repite constantemente en nuestra historia. La expectativa se trunca recurrentemente. La sensación de flexibilidad que muchos argentinos se esfuerzan por mantener en sus vidas, a menudo con éxito, se torna falsa al nivel de nuestro esfuerzo colectivo.

La crisis se corrige temporariamente con la aparición de líderes providenciales que intentan establecer un liderazgo hegemónico. Nombrar a familiares y amigos en puestos claves, acumular recursos económicos, controlar la justicia, manipular el proceso electoral y utilizar el aparato estatal para someter a sus oponentes son los instrumentos distintivos de esta ambición.

En ese contexto, la República flaquea, el equilibrio de poderes se vuelve ilusorio y las instituciones se debilitan. La crisis de nuestro Estado es independiente del sesgo partidario o ideológico del grupo gobernante. La democracia mantiene su legitimidad de origen (electoral) pero gradualmente pierde su legitimidad funcional y se torna un cascarón sin contenido. Aferrada a su privilegios, nuestra dirigencia prefiere la cosmética del status quo. Lo que predomina es el gatopardismo; se cambia algo en la superficie para que nada se modifique en el fondo. El sistema se acomoda a las cambiantes circunstancias internas y externas modificando la fachada: se vuelve sucesivamente progresista y defensor de los derechos humanos, modernista del primer mundo, restaurador del orden, pero la esencia queda.

La oposición no se basa en partidos políticos sino en personalidades singulares capaces de expresar a segmentos de la opinión pública; los partidos acompañan, pero no son los actores decisivos del drama que sufrimos recurrentemente. Cuando la inevitable crisis se precipita, y el poder personalista se evapora, la respuesta de las instituciones (en particular el Congreso, la Corte Suprema y los partidos políticos) es anémica, lo que agrava sus consecuencias para los ciudadanos. Un sistema político con estas características es por definición inestable y nos condena a una eterna decadencia económica y social.