Mesa de café

Piquetes y seguridad

Erdosain

Curiosamente Marcial está enojado. Raras veces lo hemos visto así. De todos modos, sus enojos son siempre los de un caballero. Nunca pierde ni la línea ni el estilo. Tampoco se priva de tomar su inevitable taza de té. ¿Cuál es el motivo de su fastidio? Los piquetes. Ha estado leyendo los diarios, y a medida que avanzaba la lectura su mal humor se hacía más manifiesto. -No puede ser que ningún gobierno se anime a hacer nada- dice como si estuviera hablando consigo mismo.

-Hacer, hacen -le contesto- lo que ocurre es que lo que hacen no te gusta a vos.

-A ninguna persona civilizada le puede gustar que un grupo de fascinerosos corte las calles o la avenida más ancha del mundo para pedir planes sociales que después los negocian, responde.

-¿Decime qué otra cosa se puede hacer? pregunta José.

-El Estado tiene derecho a imponer orden; si el Estado no lo hace van a empezar a hacerlo los particulares y entonces tendríamos la ley de la selva instalada en las ciudades, algo que a decir verdad, no debería preocuparme, porque en la ley de la selva los que ganamos somos los más fuertes.

-El Estado tiene derecho a imponer el orden, pero el orden no son sólo los palos, también se asegura el orden cuando se crean condiciones sociales para que la gente esté bien y no necesite hacer piquetes para comer, puntualiza Abel.

-El problema -salta Marcial- es que acá hay mucha gente que come gracias a los pobres, empezando por los líderes piqueteros y la claque que los acompaña. Son tan corruptos y tan inescrupulosos que se valen de las necesidades de sus compañeros para enriquecerse.

-No todos los piqueteros son lo mismo, enfatizo.

-No todos son lo mismo, pero todos están fuera de la ley, refuta.

-Yo respeto la ley -acota Abel, que le acaba de pedir a Quito que le sirva un liso- pero admitamos que ciertos problemas sociales no se pueden resolver de la noche a la mañana y que la peor solución para el actual malestar social seria la represión o el corte de todos los subsidios.

-Si viviéramos en un mundo de ángeles -reacciona Marcial- te creería, pero con personajes como Pérsico, Pitrola, D’Elía y toda esa runfla, no creo que se pueda hacer algo interesante, porque ellos son los primeros interesados en bregar para que todo siga igual.

-Vos decís que el problema en la Argentina son los piquetes -señala Abel- pero yo creo que el problema más serio es la inseguridad. Lo de Cáceres fue la última gota.

-En este punto discrepo con vos -digo-, creo que hay problemas pero están sobredimensionados por cierta prensa sensacionalista que hace un buen negocio alentando el clima de inseguridad.

-Los muertos y heridos no son un invento -apunta José-, tampoco la ola de asaltos.

-No son un invento -digo- pero vos sabés que una buena mentira se hace mezclando algo de verdad con una dosis de mentira. En el caso de Cáceres, los asesinos están detenidos; en el caso del chico que mataron en Tigre, también. Yo creo que hay reacción, pero, insisto, hay algunos que no quieren que se haga mucho, quieren que haya miedo porque si hay miedo hay más controles y, además, hay toda una industria de la seguridad que hace muy buenos negocios.

-No comparto, dicen al unísono Marcial y José.