EDITORIAL
EDITORIAL
Los piqueteros
y el gobierno
La leyenda dice que el fenómeno social del piqueterismo es un invento argentino. Como toda leyenda carece de soportes testimoniales o documentales que lo prueben, pero atendiendo a la falta de competencia en el tema bien podríamos hacernos cargo de este “invento” social.
Por lo pronto, los ideólogos piqueteros reivindican esa experiencia como instrumento de lucha. Algunos llegan a encuadrarla como herramienta fundacional de un nuevo orden social. Exageran. De todos modos, tal como se desarrollan los acontecimientos, da la impresión de que los piquetes llegaron a la Argentina para quedarse, sobre todo, y eso es lo novedoso, porque existen factores importantes de poder muy interesados para que ello ocurra.
Salta a la vista que cada vez que se profundiza la crisis económica y social recrudece la actividad piquetera. En este sentido, las movilizaciones operarían como un termómetro del clima social.
En su momento, los señores Duhalde y Kirchner sostuvieron la necesidad de negociar con los líderes piqueteros porque la otra alternativa era la represión y, como dijera en su momento Pompidou, ministro de Charles De Gaulle, una democracia no puede reprimir si la mayoría de la sociedad no comparte esa iniciativa.
En realidad, la propuesta de negociar con los piquetes fue compartida en su momento por la totalidad de la clase dirigente. Las diferencias que se plantearon en aquellos momentos parecían ser menores. En principio, todos coincidían en que la negociación con los piqueteros era inevitable pero no interminable. En nombre de los imperativos de la realidad se admitía el hecho social, pero se lo reconocía como provisorio.
La segunda diferencia comenzó a hacerse más visible cuando los Kirchner llegaron al poder. Se suponía en un primer momento que el diálogo con los dirigentes piqueteros funcionaría con independencia de su filiación política. Los problemas se presentaron cuando quedó claro que para el kirchnerismo los piqueteros constituyen un soporte de su estructura de poder y, hacia el futuro, la base social para las campañas electorales.
Al kirchnerismo se le debe reprochar es la deliberada faena de corrupción de la dirigencia piquetera, con lo cual a los problemas conocidos se le suma ahora la intrusión del poder político estatal en el cogollo del fenómeno. Peor aún, a través de maniobras que erosionan las instituciones y rompen las reglas del juego, estos movimientos introducen nuevos factores de incertidumbre, ya que un sector importante de la dirigencia piquetera ha decidido no subordinarse al poder político, pero sí aprovechar todos los beneficios que ese poder alienta de manera irresponsable.
Es por eso que en este tema no hay motivos para el optimismo. Las condiciones sociales -como lo indican las encuestas en contradicción con el INDEC- empeoran progresivamente, y en ese contexto la disconformidad social crece alentada por una cultura política oportunista decidida a manipular la pobreza. Y para ello no vacila en atizar la caldera social.