al margen de la crónica
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Chismes
El hijo predilecto del habla popular, acaso por encima de los refraneros, los apodos, los mitos y leyendas urbanas, es el chisme. Santa devoción de las malas lenguas, excusa de reuniones y debilidad inevitable de habitués a peluquerías, centro de belleza, clubes de barrio, es un registro conversacional tan viejo que se remonta a los primeros pueblos de la antigüedad.
En su definición coloquial, el chisme es una breve información -por lo general malintencionada- divulgada por una persona a otra/s dentro de un ámbito privado, cuyo contenido refiere a un acto o conducta de una tercera persona -nunca presente al momento de la comunión del chisme-, y anida una apreciación negativa respecto de ésta.
Es cierto que el chisme sea siempre moralmente condenado por práctica desdeñable, por ser la ponzoña lingüística que atenta contra los buenos modales -así lo juzgan los mismos que se prenden sin dudar a una ronda de cotilleos-. Quizás algo de verdad haya en esto: el chisme puede verse como la manifestación de hondas miserias y de fervientes envidias.
Los argentinos somos chismosos. Lo somos. Estamos condenados a serlo. Así lo revalidan estadísticas nacionales recientemente difundidas. Hay una predisposición al chisme que es un rasgo encriptado en la genética del ser argentino. Ahora bien, yendo más allá, también se podría “estudiar” al chisme como un registro oral que contribuye enormemente a la producción y organización de la cotidianidad social. Su presencia es tan significativa en la interacción habitual que lo convierten en un verdadero “evento” comunicativo, con efectos e implicancias culturales.
Quizás el chisme sea una válvula de escape a las tensiones diarias, o un modo de procesar y reaccionar frente a carencias e inseguridades que nos agobian. Pero también, observar al chisme como fenómeno social podría dar una nueva radiografía de por qué somos como somos (y por qué nos va como nos va). La antropología cultural tiene un nuevo objeto de estudio. Y un gran desafío.