A cien años del gran

descubrimiento de Chagas

Hugo Luis Pizzi (*)

En 1909, se estaba construyendo el ferrocarril en Minas Gerais con el objetivo de poder sacar la producción agrícola del interior del país a los puertos de Río de Janeiro y Santos. Las obras empezaron a demorarse por una enfermedad desconocida de los obreros y operarios. Para Brasil, el trazado de las líneas férreas era estrategia de Estado, por tal razón el ministro de salud Dr. Oswaldo Cruz fue citado a la presidencia para pedirle una solución al problema, éste mandó a evaluar la situación a su discípulo Dr. Carlos Chagas, quien viajó inmediatamente al obrador y recién llegado con gran sagacidad observó en las precarias y temporarias viviendas gran cantidad de “barbeiros” (nombre dado a las vinchucas en esas latitudes por picar en la cara). Empezó estudiando meticulosamente a estos insectos y descubrió un protozoario microscópico que por su cuerpo con forma de trepano llamó Trypanosoma y en honor a su maestro O. Cruz denominó según las normas taxonómicas cruzi.

Era la primera vez en la historia de la medicina que se descubría un agente que no se sabía qué producía; siempre se descubría la enfermedad Viruela, Peste Bubónica y tiempo después se aislaba el agente productor. Acá fue al revés.

Con ahínco, dedicación y profundo compromiso social el joven galeno siguió estudiando y poco a poco comprobó que los enfermos tenían en su sangre el protozoario descripto en las vinchucas (voz quechua cuyo significado es “chinche voladora”).

Hizo descripciones clínicas que evaluó en los pacientes, detalló que la enfermedad ocasionaba lesiones en las vísceras huecas, ideó métodos de diagnóstico tanto para las vinchucas, como para los seres humanos y pormenorizó aspectos epidemiológicos de gran valor.

Hace cien años, Carlos Chagas descubrió y describió magistralmente la enfermedad que lleva su nombre. Tarea infrecuente en la historia, ya que generalmente son varios investigadores que colaboran con distintos aspectos y en tiempos diferentes.

La obra del Dr. Chagas fue ciclópea, pero inversamente proporcional a la dimensión de su trabajo fue el reconocimiento de sus pares, a tal punto que varios académicos de la época en su país no valoraron su trabajo y lo trataron con desdén e indiferencia. Esto provocó un cuadro depresivo importante, que lo llevó a límites extremos.

Estamos a cien años del hallazgo y la enfermedad ya no es patrimonio de América (desde Texas, en el sur de los Estados Unidos, hasta el sur de nuestro país, zona geográfica de distribución del artrópodo vector), sino que también se estudia en otros continentes, que aunque no tienen vinchucas, ya tienen enfermos por las migraciones.

En la Argentina, el diez por ciento de la población general está infectado, o sea que el parásito entró en su organismo y vive en un estado de latencia sin dañar, esperando el momento adecuado para hacerlo. Pero lo realmente grave son los 700.000 argentinos que ya tienen el daño en el corazón, lo que los transforma en discapacitados, por la alteración que el parásito produce en las vías de conducción. Lo descripto transforma a esta enfermedad en el problema sanitario, social y económico más importante que tiene el país. 700.000 cardiópatas deben tener asistencia constante y en algunos casos de gran complejidad (marcapasos). Los mismos tienen asistencia previsional por discapacidad y son un número enorme de fuerza laboral que incidirían en dos dígitos del Producto Bruto Interno (PBI) si pudieran trabajar.

Sopesando hechos y conceptos de esta historia, parecería que Carlos Chagas hizo más que todos los que lo precedieron y es innegable que este hombre cabal hubiese merecido en su época todos los honores y reconocimiento, ya que su tarea y la dimensión de la misma jamás fue emulada.

(*) Profesor titular Plenario Facultad de Ciencias Médica UNC.