Una experiencia inolvidable

Uno de los integrantes de la expedición santafesina que buceó en aguas africanas, nos cuenta su experiencia, que define como inolvidable. El autor prefiere mantener su anonimato, por considerar que el grupo ha sido el verdadero protagonista.

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Cuando me llegó la invitación para participar de un viaje al mar Rojo, busqué la locación en un mapa y en ese momento me pregunté quiénes podrían realizar tremendo desafío en tan remoto lugar… pues bien, me equivoqué, porque en septiembre pasado 41 almas partimos hacia allá en búsqueda de las tan ansiadas y cristalinas aguas egipcias.

El grupo estuvo liderado por “Lito” Musuruana y el “Mono” Altamirano, instructores de la escuela de buceo del club Regatas, quienes se ocuparon que nada falte y todo esté previsto durante el viaje.

Luego de tres días en El Cairo, donde conocimos las famosas pirámides y el prestigioso museo entre otras maravillas, nos llegamos hasta el moderno aeropuerto de cabotaje, para trasladarnos hacia la zona del mar Rojo.

Bautismo acuático

La Ciudad de Dahab resultó nuestro primer destino acuático, en la costa este de la Península del Sinaí, donde, apenas arribamos, nos equipamos y tuvimos nuestro “bautismo rojo” en aquel legendario mar.

Los buceos se fueron suscitando con agradables paisajes submarinos. Era notable el contraste árido rodeando tanta belleza escondida. Resultaba increíble pensar en tanta vida junto a la estéril magnitud del desierto.

Las inmersiones en esta zona se realizan desde la costa; uno se equipa en la playa y caminando se introduce al agua para comenzar los buceos.

¿Buzos en camellos?

Hubo buceos de todos los colores, pero uno se llevó la acuarela: el de Ras Abu Galum North. Para llegar a ese punto de inmersión, debimos andar en camello durante una hora y media. Demás está decir lo gracioso y extravagante que resultaba ver esa hilera de 41 dromedarios desfilando entre el limpio mar y las montañas de piedra arenosa.

Peces inéditos y corales desconocidos por la mayoría dieron el marco subacuático óptimo de aquella jornada, que culminó con un regreso a camello que, demás está decir, ya no resultaría tan “gracioso y extravagante”.

El origen del mar Rojo

Los atardeceres permitían, entre cervezas y narguiles, la más variada e irrelevante charla frente al mar. Recuerdo las teorías sobre el por qué del nombre “Mar Rojo”: una resultaba del paisaje rojizo que el sol ofrecía sobre las montañas costeras; la segunda afirmaba que desde las alturas se puede apreciar el fondo coralino bermellón; otra fue la de la teoría del jeque árabe de apellido “Rojo” que compró ese espejo de agua; o la de la tribu fanática del dichoso color que había bautizado, entre otras cosas también, “el cañón del Colorado”.

El “Blue Hole” de Dahab es uno de los puntos famosos del buceo mundial. Allí también nos deleitamos con el azul profundo de ese maravilloso lugar. Es oportuno destacar que todos los buzos realizaron todas las inmersiones en igualdad de condiciones, cuestión que daba seguridad al grupo y hablaba muy bien de la instrucción recibida en Regatas.

El SS Thistlegorm

En el Sur de la Península del Sinaí se encuentra Sharm El Sheikh, justo en el vértice donde se unen el mar de Suez, el Árabe y el Rojo. Esta ciudad, mucho más grande y transitada que la anterior, nos ofreció la posibilidad de mirar un sinfín de vidrieras y de optar por cualquier tipo de comida.

A un par de horas en barco de esta estratégica ciudad, pudimos conocer y verificar lo que está considerado como uno de los 5 mejores naufragios en el mundo: el barco inglés SS Thistlegorm, que fue bombardeado en la IIGM por una escuadrilla de aviones alemanes y, al hundirse, quedó impecablemente asentado en ese fondo que se encuentra a los 31 metros de profundidad. La magnificencia de aquel navío de más de 100 metros de eslora, hizo que uno se vaya acercando con un respeto distinto. Pero lo que uno no puede imaginar es lo que se encuentra al recorrerlo: en las bodegas hay una carga completa de vehículos y hasta la herrumbrada presencia de dos colosales locomotoras. A esto lo puedo afirmar porque lo vi. Otros buzos que pudieron divisar cajas de herramientas, muebles, espejos, escritorios, repuestos, ropa, botas y otros anexos típicos de los marineros.

El factor humano

Como estábamos en el Sinaí, no pudimos pasar por alto el bíblico monte y decidimos escalarlo una noche de luna recién menguante para ver desde la mística cima ese amanecer tan mentado.

Haciendo un poco de memoria y repasando los sucesos, estoy en condiciones de decir que ha sido y será uno de las mejores vivencias de mi vida. Tanto por lo diverso y extravagante de aquel país, como por la intensa experiencia deportiva.

Pero todo acontecimiento tiene un motivo extra o se lleva un plus. En este viaje ha sido sin lugar a dudas el factor humano. No exagero al decir que éramos diferentes al extremo en la mayoría de los aspectos, pero al juntarnos y compartir resultamos un grupo indiscutido.

Uno siempre piensa y sueña en conocer lugares exóticos como este, y normalmente se queda en el envión por tanta distancia, costumbres diferentes, idiomas desconocidos, comidas raras y otras yerbas, que van desvaneciendo la idea. Yo rescato las posibilidades que nos brinda este grupo de buceo, simplemente porque me facilitan armar las valijas y partir. Llevo algunos viajes con ellos y cada vez la paso mejor.

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Por

Anónimo

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Una de las claves en el éxito de la inmersión fue que todo el grupo buceó en igualdad de condiciones. Foto: autor.

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Camellos y buzos. Extraña combinación para el paisaje.

Foto: autor.

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Buceo y turismo. Objetivo de los 41 buzos santafesinos. Foto: autor.

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