Tribuna ciudadana
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Otra vez... paro docente
Daniel H. Rivero
... “Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos ...”. Mario Benedetti
El paro docente nos ha vuelto a plantear una serie de interrogantes y cuestionamientos que, en muchas ocasiones, atentan contra la sana convivencia entre pares. A este paro los docentes no lo queremos sólo para sacar rédito político, o para medir fuerzas. Arribamos a él como parte de una lucha reivindicativa justa, que reclama desde el legítimo derecho, aspectos básicos y elementales que deben resguardar el trabajo del docente, como lo es: un salario acorde a la función que desempeña y a la antigüedad profesional con un ajuste progresivo de acuerdo a los índices inflacionarios que la misma realidad nos plantea; remuneraciones que incidan y afecten el básico del sueldo, permitiendo esta situación, la compensación y recuperación de los haberes debilitados de los compañeros docentes jubilados, una política educativa que dé respuestas a las demandas que se presentan en las escuelas; una sensibilidad y equidad social que reconozca el trabajo docente como un profesional de la educación para trabajar en lugares dignos y no sólo en la idea de una escuela galpón en donde sólo se juntan despojos, por una jubilación que contemple que la vida productiva de un docente tiene un techo porque es azarosa y nos enferma cuando la extendemos más de la cuenta; una educación que necesita de palabras claras y transparentes y no que se las mate en brutal y tremenda agresión a la persona humana, devaluando aun más su debilitada y desacreditada imagen social.
En estos avatares, nos enfrentamos diariamente con posicionamientos definidos entre los mismos compañeros de tareas, perdiendo el eje de la lucha: contra qué y quiénes se lucha, situación que el propio sistema provoca, alimenta y propicia. Es así que se producen las desgastantes asambleas y debates en las escuelas, ricos de por sí, pero terminando, en muchos casos, en discusiones personales, que en nada aportan al problema central que nos ha convocado; o bien se asocian a posturas “históricas” que no dan posibilidad de análisis, ni de diálogo, ni mucho menos de revisión de posturas, a pesar que vivimos otra realidad, diferentes a las producidas en otros paros y/ o en otros tiempos.
Por otra parte, muchas veces caemos con propuestas híbridas, faltas de compromiso y contradictorias, porque adherimos a posturas de acuerdo a intereses personales, sin tener en cuenta el impacto social que representa una medida de esta naturaleza.
Realizar un paro, adherir a una medida de fuerza no significa detenerse (parar), no ir a trabajar (ser vago), aprovechar la ocasión para descansar (oportunismo). Todo lo contrario, invita a una reflexión personal, a una movilización y reflexión personal interna y social, a un debate ideológico con los otros, a trabajar desde convicciones profundas, a mejorar las condiciones de vida como trabajadores y como ciudadanos, pensar y pensarnos en una educación en una sociedad mejor para todos.
Toda esta cuestión manifestada en la relaciones interpersonales y en las diferentes concepciones acerca de la realidad, nos plantean de qué forma los problemas sociales ingresan a la escuela en diálogo o contraste con las representaciones que los docente tenemos sobre la sociedad y la función de la escuela en ella. Ese ingreso aparece hoy como un cambio en la relación educación y sociedad: algo no funciona como debiera, no es como se esperaba, no fluye en la dirección deseada. Los miembros de la escuela actuamos o dejamos de actuar según lo que entienden que está pasando y lo que creemos que podemos hacer.
Por esto, nuestras representaciones se tornan creencias, convicciones, teorías implícitas y supuestos desde los cuales vemos y entendemos la realidad, a partir de los cuales formulamos juicios de valor y frente a los cuales actuamos. Detrás de toda acción humana, hay un sistema de representaciones. Las convicciones dan sentido a nuestra tarea y, en consecuencia, sin son firmes y claras le dan sustento a nuestras decisiones cotidianas. Sin embargo, las convicciones que se solidifican en certezas y evitan revisarse periódicamente funcionan como anteojeras deformantes, atrapan la mirada en una imagen arcaica, ajena o alienante.
Es bueno estar convencido de algo, pero no conviene estar “convictos” de nuestras representaciones, presos de un discurso sedimentado y solidificado en la historia personal, institucional, gremial. Los tiempos nos exigen nuevas respuestas y nuestros dirigentes tienen que sensibilizarse responsablemente con propuestas acordes a las realidades que hoy vive la educación en su más plena expresión.
Es saludable revisar, volver a mirarnos en lo que nos es común: la tarea docente; y desde allí, desde ese profundo y humanizado trabajo, volver a ganar la confianza, la alegría y la dignidad de un quehacer educativo profesional, donde se puedan producir verdaderas transformaciones.
Entonces, demos sentido a las palabras de Mario Benedetti, cuando en su poema dice “... y en la calle somos mucho más que dos”, porque si creemos de veras en la educación y la queremos fuerte, saludable y transformadora, juntemos las voces y unamos los brazos para continuar en la lucha, ocupando responsablemente cada uno su lugar, y comprometiéndonos en la construcción de esta sociedad que está esperando de cada uno de nosotros y de la educación, una clase pública que hable de respeto, justicia, trabajo digno, comprensión.