AL MARGEN DE LA CRÓNICA

Según pasan los años

Terminar el secundario implica despedirse de la adolescencia y arremeter con la vida. Los amigos hechos en el colegio, a veces son compañeros para toda la ruta; pero no siempre es así, o no les pasa a todos.

Días atrás, recibí el llamado de una mujer. Se identificó y, ante mi desconcierto tan grande como la familiaridad de su trato, me aclaró: “Soy Fulana, ¿te acordás? Terminamos juntas el bachiller”. Recurrí a mi memoria infame que tiene la particularidad de fallar siempre que hay una emergencia, y nada. No recordaba a Fulana ni por asomo. Mientras yo hurgaba en mi cerebro como en un cofre de tesoros, ella seguía con la perorata: “¿Te acordás cuando yo te hacía los cuatrimestrales?, ¿y cuando a vos te gustaba Menganito, pero el tipo se enganchó con Zutanita?”. Decididamente no recordaba a esa especie de tribunal del ayer que me forzaba a una vuelta acelerada al pasado, a la que mi letargo se negaba. “Nos juntamos para festejar los 30 años de recibidas en un patio cervecero, hasta ahora vienen todas, me imagino que vos también, ¿no?”. Odio que me apuren, pero mi sentimiento culposo respecto de lo que fue una linda etapa de mi vida apresuró mi respuesta: “¡seguro!, contá conmigo”.

Pasé los días siguientes viendo fotos de mi secundario, tratando de recordar nombres y detalles, hasta que llegó “esa” noche.

Entré al lugar bastante nerviosa, más tarde de la hora señalada, rastreando a un montón de mujeres para convalidar el sitio correcto. Y ahí estaba el efervescente cotorrerío femenino, cuyo estatuto manda que todas hablen y ninguna escuche. Las veintipico querían contar 30 años, todos juntos y al mismo tiempo. Me reconocieron apenas me vieron. Gracias a mi cobardía, no tengo cirugías y, arrugas mediante, debo conservar más o menos los mismos rasgos. Pero la mayoría de ellas parecía haber comprado colágeno y bótox en el mismo almacén, y esas caras no lograban llevarme hasta los rostros de aquellas chicas de polleras azules y blusas blancas.

Sólo unas pocas conservaban algo de pasado y mi detestable memoria se ilusionaba. En las charlas yo estaba dividida; por un lado las hazañas juveniles me llegaban como flashes y por otro, me sentía una especie rara, en un grupo extraño. Me sentía rara, no lograba conectarme con ninguna de ellas, aunque sus recuerdos me devolvían de a ratos a la chica que una vez fui, pero vista por ojos ajenos.

Sé de grupos que alimentan la costumbre de verse periódicamente y envidié la voluntad de hacerlo. Reconozco que apatía y abulia forman parte de mi ADN. Descubrí que cuando empecé a caminar mi vida, no puse mucha atención en conservar cosas que, hasta ahí, habían sido importantes. Hoy no había cuestiones comunes que unieran a esas mujeres conmigo; ellas habían sido mis mejores amigas 30 años atrás. Y lamenté haberlas perdido; hubiese sido bueno no cortar las amarras; pero es injusto esperar que siempre los demás hagan de quilla. Uno debe ir por lo que le importa; debí haber hecho un esfuerzo por conservar esos lazos. Pero hay cosas que no pueden volver, y traerlas de los pelos, no sirve; entonces es mejor dejarlas ir.