Al margen de la crónica
Al margen de la crónica
Acostumbrados a ser parias
Ver las expresiones de sus rostros genera una mezcla agridulce de sentimientos. Por un lado, estalla una bronca lastimera, impactada por una realidad que desde este distante lugar social no se entiende, pero que para ellos es lo cotidiano. Por eso, enseguida la ternura impone su paz, al observar cómo sobrellevan este duro presente, lejos de lo suyo, pero juntos como siempre.
Precisamente, la solidaridad es una de las actitudes que más se destaca entre ellos. Se dice que los que menos tienen son los que más dan y pocas dudas puede haber al respecto: generosos, comparten lo poco que pudieron llevarse de sus ya escasos bienes. Vecinos y amigos, el desafío diario los equipara en el esfuerzo, que de esa forma deja de ser doloroso, porque son familia.
El hoy los golpea con su peor emboscada. Otra vez. Pero sus sonrisas pueden más, y entonces prevalece la seguridad de que este mal tránsito será pasajero.
Desde aquí, tan apartados de su acontecer habitual, los fundamentos para su inconcebible alegría no tienen asidero. Nadie puede comprender sus gestos amables, su humor distendido, su positivo talante.
Muchos podrán argumentar que la costumbre los moldeó de esa manera. Alguna incidencia importante habrá tenido, seguramente.
Pero es la costumbre de un futuro sin formas para ellos, que se diluye y se escapa eternamente, que nunca llega, porque en su lucha, lo único que importa es el hoy, un desafío siempre impredecible y agotador.
Están lejos, en lo económico, en lo social y en lo geográfico. Pero cada vez que el Paraná o el Salado despliegan sus voraces alas de agua, ellos arrastran sus penurias y nos recuerdan su presencia, sin abandonar su inexplicable felicidad por la vida. Son los recurrentes inundados. Una postal más de ésta, nuestra Santa Fe.