La Gloriosa
Alberto de Luján Castillo.
DNI. 6.212.519.
Señores directores: La Gloriosa la llamábamos; La Gloriosa hoy la llaman, y creo que así la seguirán llamando todos los que han transitado por ella, por nuestra querida Escuela Industrial de la Nación, como era su nombre desde su nacionalización en 1909 hasta 1947, en que se le confirió el carácter de Superior, en reconocimiento a la excelencia de su enseñanza técnica cuyo prestigio corría por todo el país y también por el exterior. Lo de Gloriosa no debemos interpretarlo en el sentido de soberbia o vanidad, sino en la acepción de algo que ennoblece e ilustra y que ha alcanzado una merecida fama por los valores que representa.
Estamos celebrando el centenario de su nacionalización, y son momentos de reencuentro, de regocijo, de gratos recuerdos y anécdotas de esta gran familia que habitó aulas, talleres, laboratorios, invadiendo los patios en los recreos, entre el bullicio de risas y momentos compartidos. Y la nostalgia de los recuerdos siempre nos llevan a esa bendita época de la juventud, tan propicia a toda clase de ilusiones y proyectos, con su matiz rosado que hace nacer esfuerzos y llevar a cabo nobles acciones, aunque no siempre las cosas lleguen a suceder en la medida de nuestros deseos. Y mientras que la escuela nos daba educación y conocimientos en la formación técnica, íbamos adquiriendo experiencia de vida.
Recuerdo que cuando se abrieron las puertas al ingreso de mujeres -tanto alumnas como profesoras- fue un acontecimiento capital en la vida de la escuela. Yo estaba en tercer año, y luego del revuelo consecuente, nos fuimos acostumbrando a la presencia femenina. Más tarde hubo acercamientos, formación de parejas, tanto que a partir de ahí se concretaron noviazgos y posteriores matrimonios que tuvieron, y creo que seguirán teniendo, el madrinazgo de nuestra querida Industrial. Claro que también, entre juramentos y promesas, hubo fracasos y desengaños, que una vez más dejaron en claro que la juventud es la época de las ilusiones que a veces suelen estrellarse con la realidad, y es conveniente desviar los sentimientos hacia el amor al prójimo o entusiasmarse por una causa justa, o bien dedicarse a estudiar con más ahínco y recibirse.
Sería muy divertido si me pusiera a contar anécdotas de picardías, “ratas” o fugadas, niñadas o infracciones a la buena conducta, algunas muy graciosas e inocentes, que trascendieron y que se produjeron a lo largo de muchos años, (confieso que estuve 57 años de mi vida unido firmemente a la escuela), pero sería muy largo, daría para un libro, y además que todas esas historias son patrimonio de cada curso de los muchos cientos que pasaron y que ciertamente las recordarán sus protagonistas. Porque la escuela es nuestra casa, porque formamos una gran familia, hoy la honramos en su centenario, agradeciendo la formación que nos brindara, dándonos hermanos, saberes y una canción. “Porque ciencia y técnica sabemos / que no son la suprema verdad / además de tu enseñanza guardaremos / lo que más cultivaste: el amor y la amistad”.