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Opinión
Edición del Domingo 29 de noviembre de 2009

Soliloquio

Rubén Elbio Battión

Estoy solo, no significa la ausencia de la compañía. Es tener un esencial vacío interno; sin espinas. Es sentir un delicado alejamiento de la totalidad humana sin ninguna gota de universal naturaleza.

Se llega a la vejez para saber que no se sabe quién es uno, adónde va, por qué vino, qué espera... aún.

El alma siente el trazo aéreo de un carbónico lejano y ajeno; que los besos fueron copias de una tradición epidérmica; y que una sed fundamental requiere, con la savia de una llovizna otoñal, la siembra de sueños que insuflen imposibles ilusiones.

El viejo se siente rodeado de preguntas que, desde un horizonte tardío, pretenden respuestas que bañen el corazón vacío.

Con la vejez se mira cada árbol con la hermandad perdida; y en cada flor, un aroma propio y cenital; aspira perfumes para incorporar estrellas azules y cantarinas en la noche que todo lo apaga y en que todo desaparece.

El autor escribe de noche para borrar las zozobras del día, su materialidad cruel e implacable, sus soles desbordantes. En la noche, todo se oculta... menos él. Describe los caminos de la sangre con una concentración total, febril y solitaria. Es él consigo mismo, con su propio volcán inspirativo; él, dentro de esa fragua llena de fuego y de luz. Es él mismo escribiendo con idéntica paz, despertando tesoros disimulados y escondidos. Se abren, así, las fuentes únicas de sus voces exclusivas. Y todo es uno. Uno solo. La calle, los ruidos, ya no existen; sólo la escritura que vierte lo representa e identifica. Por eso, con el último renglón, el autor pone punto final... y muere.

La soledad es un tren sin rumbo, pero firme y luminoso; con dos vías en constelaciones paralelas y una máquina oscura para clarificar la chimenea cuyo saludo humeante estrecha las manos de los ángeles custodios.

La soledad es una fase del dilatado vacío del alma. Es la esencia de la quietud inmaculada.

Nada se filtra a través del cuerpo: la cobertura natural. Ningún rumor, ningún gorjeo, ninguna voz de la feria o del fútbol, ningún ruido de motos o camiones; ni la mirada de la Biblia o de Aristóteles, nada. Y allí, acurrucada dulcemente en el éxtasis de la Nada, mi alma sumergida. Bañada de silencio, vive con la vegetación humana de las plantas tiernas, dóciles, queribles. Y allí estoy en mi celeste soledad, incorporado a mí mismo como perla en su ostra. Estoy enteramente conmigo. Solamente. Gozándome con la orfandad de una cruz vacía en un desierto sin pena y sin oasis. Estoy muellemente acunado por la simpatía de siglos sin escamas, suaves, ledos, apacibles. Estoy tranquilo, sereno, feliz. Y si extiendo la mano en ese odre primoroso, lo sé, lo siento, toco las manos de Dios.

La gran soledad es un túnel para percibir su luz divina, su mirada; y por los entresijos de su corazón, siento mi corazón alborozado. La soledad es una semilla alada y fértil. Es una bisagra sutil para palpar la divinidad eterna; un rayo de luz desde el sol omnipotente y justo y generoso.

Dios, bendíceme. En mi soledad vuelvo a encontrarte.

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Domingo 29 de noviembre de 2009

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