A un año de la “Operación Plomo Fundido”
Gaza, un lugar fuera del mundo
En un estrecho espacio, que algunos describen como la cárcel sin techo más grande del mundo, apenas sobreviven más de un millón y medio de personas. La situación para todos se agravó después de la última ofensiva israelí. Además, la intolerancia de Hamas impide toda negociación.
Carmen Clara Rodríguez
Agencia EFE
Un año después de que las bombas israelíes cayeran sobre la franja de Gaza, la población civil vive aislada del mundo, con las fronteras cerradas, escasez de alimentos, cortes de luz, de agua, los edificios derruidos y sin esperanza.
En un espacio de 40 kilómetros de largo, por 15 de ancho convive cerca de millón y medio de habitantes, podría decirse que es la cárcel, sin techo, más grande del mundo. Para llegar a Gaza hay que cruzar el paso de Erez, un conglomerado de puertas que se cierran, se abren y desembocan en un largo corredor, de unos ochocientos metros, que dejan ver alambrada y muro, porque Gaza está rodeada de hormigón y alambre.
Al finalizar el corredor hay un barracón donde la policía de Hamas toma los datos del visitante.
La mañana es cálida y varios taxistas esperan la llegada de algún cliente. No son muchos: periodistas, algún enfermo y personas que tienen permiso de entrada, generalmente personal de las ONG más arraigadas en el contexto internacional.
Hasta llegar a la capital de la franja, Ciudad de Gaza, el paisaje es desolador: casas destruidas, niños descalzos; el polvo flota en el ambiente de las calles sin asfaltar y un olor mareante, a mezcla de diesel, contamina la atmósfera, a pesar de la proximidad del mar.
En el hospital Al-Shifa, el doctor Ahmed detalla las carencias del centro médico. No es necesario que el médico narre la lista de necesidades: faltan medicinas, equipos y aparatos médicos, y por ende deficiente atención a los enfermos.
Estas carencias están explícitas en las urgencias: catorce camas, dos para casos severos. La puerta que conduce a este lugar del hospital es de madera, pintada de blanco y los dos cristales que hace un año tenía han sido sustituidos por plásticos y pegados a estos la foto de un joven: es uno, de los 1.400 muertos que causó la “Operación Plomo Fundido” del Ejército israelí.
Entre los numerosos recuerdos del doctor Ahmed, en los 22 días que duró la ofensiva, él resalta a los quemados con fósforo blanco y otros productos químicos.
“Son imágenes que nunca olvidaré por el sufrimiento de los heridos y la impotencia que siente un médico cuando carece de medios para paliar el dolor”.
Hoy, un año después, el doctor Ahmed asegura que la situación ha mejorado. “Hay suficientes doctores y los enfermos que tienen dolencias que no pueden ser tratadas en Gaza, viajan a Cisjordania, Egipto o Jordania, siempre que Israel lo autorice. Unos 300 enfermos han muerto esperando el permiso de salida”, concluye Ahmed.
Al dejar el hospital, el sol brilla y la gente se mueve por las calles entre los hierros retorcidos y los edificios derruidos que son parte del paisaje de Gaza desde hace un año.
En el centro de la ciudad están las oficinas de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos (UNRWA).
Cada día peor
El director general de la UNRWA en Gaza, Christer Nordahl, asegura que la situación en la franja cada día “es peor”.
“Un 80 por ciento de la población depende de la ayuda humanitaria. El paro alcanza el 60 % y la pobreza afecta cada vez más al entramado social”, asegura el director. “Esta situación carente de expectativas es frustrante y contribuye a la radicalización de los jóvenes”, añade
“La población civil culpa al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abas, a la comunidad internacional, a Israel, pero no a Hamas”, sigue explicando Nordahl.
La UNRWA en Gaza recibirá el dinero recaudado por la Plataforma de Mujeres Artistas, en el concierto celebrado en Madrid tras la invasión.
Las banderas de Hamas ondean en las calles, los coches sortean a los burros que tiran de carros, un medio de transporte eficaz ante la falta de combustible. En una de estas calles, próxima al puerto, está el despacho de Khalel Abu Foul, director de emergencias de Gaza.
“Tristeza sería la palabra que definía el sentimiento de los habitantes de Gaza”, dice Abu Foul.
“Hay un estrés post traumático, los niños tienen pesadillas, la violencia machista ha aumentado y los hijos se vuelven contra sus padres porque consideran que no han sabido defenderles o no traen el sustento a casa”, concluye el experto.
En el puerto de pescadores varios niños juegan y sus movimientos dejan aflorar la violencia de una situación límite, sus ojos son el espejo de la tristeza y su sonrisa carece de fuerza.
Así es la realidad en Gaza: triste. Un año después de la “Operación Plomo Fundido” sus habitantes tienen la sensación de que nada se mueve y ese sentimiento les genera impotencia.



















