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Edición del Lunes 28 de diciembre de 2009

A un año de la “Operación Plomo Fundido”

Gaza, un lugar fuera del mundo

En un estrecho espacio, que algunos describen como la cárcel sin techo más grande del mundo, apenas sobreviven más de un millón y medio de personas. La situación para todos se agravó después de la última ofensiva israelí. Además, la intolerancia de Hamas impide toda negociación.

Carmen Clara Rodríguez

Agencia EFE

Un año después de que las bombas israelíes cayeran sobre la franja de Gaza, la población civil vive aislada del mundo, con las fronteras cerradas, escasez de alimentos, cortes de luz, de agua, los edificios derruidos y sin esperanza.

En un espacio de 40 kilómetros de largo, por 15 de ancho convive cerca de millón y medio de habitantes, podría decirse que es la cárcel, sin techo, más grande del mundo. Para llegar a Gaza hay que cruzar el paso de Erez, un conglomerado de puertas que se cierran, se abren y desembocan en un largo corredor, de unos ochocientos metros, que dejan ver alambrada y muro, porque Gaza está rodeada de hormigón y alambre.

Al finalizar el corredor hay un barracón donde la policía de Hamas toma los datos del visitante.

La mañana es cálida y varios taxistas esperan la llegada de algún cliente. No son muchos: periodistas, algún enfermo y personas que tienen permiso de entrada, generalmente personal de las ONG más arraigadas en el contexto internacional.

Hasta llegar a la capital de la franja, Ciudad de Gaza, el paisaje es desolador: casas destruidas, niños descalzos; el polvo flota en el ambiente de las calles sin asfaltar y un olor mareante, a mezcla de diesel, contamina la atmósfera, a pesar de la proximidad del mar.

En el hospital Al-Shifa, el doctor Ahmed detalla las carencias del centro médico. No es necesario que el médico narre la lista de necesidades: faltan medicinas, equipos y aparatos médicos, y por ende deficiente atención a los enfermos.

Estas carencias están explícitas en las urgencias: catorce camas, dos para casos severos. La puerta que conduce a este lugar del hospital es de madera, pintada de blanco y los dos cristales que hace un año tenía han sido sustituidos por plásticos y pegados a estos la foto de un joven: es uno, de los 1.400 muertos que causó la “Operación Plomo Fundido” del Ejército israelí.

Entre los numerosos recuerdos del doctor Ahmed, en los 22 días que duró la ofensiva, él resalta a los quemados con fósforo blanco y otros productos químicos.

“Son imágenes que nunca olvidaré por el sufrimiento de los heridos y la impotencia que siente un médico cuando carece de medios para paliar el dolor”.

Hoy, un año después, el doctor Ahmed asegura que la situación ha mejorado. “Hay suficientes doctores y los enfermos que tienen dolencias que no pueden ser tratadas en Gaza, viajan a Cisjordania, Egipto o Jordania, siempre que Israel lo autorice. Unos 300 enfermos han muerto esperando el permiso de salida”, concluye Ahmed.

Al dejar el hospital, el sol brilla y la gente se mueve por las calles entre los hierros retorcidos y los edificios derruidos que son parte del paisaje de Gaza desde hace un año.

En el centro de la ciudad están las oficinas de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos (UNRWA).

Cada día peor

El director general de la UNRWA en Gaza, Christer Nordahl, asegura que la situación en la franja cada día “es peor”.

“Un 80 por ciento de la población depende de la ayuda humanitaria. El paro alcanza el 60 % y la pobreza afecta cada vez más al entramado social”, asegura el director. “Esta situación carente de expectativas es frustrante y contribuye a la radicalización de los jóvenes”, añade

“La población civil culpa al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abas, a la comunidad internacional, a Israel, pero no a Hamas”, sigue explicando Nordahl.

La UNRWA en Gaza recibirá el dinero recaudado por la Plataforma de Mujeres Artistas, en el concierto celebrado en Madrid tras la invasión.

Las banderas de Hamas ondean en las calles, los coches sortean a los burros que tiran de carros, un medio de transporte eficaz ante la falta de combustible. En una de estas calles, próxima al puerto, está el despacho de Khalel Abu Foul, director de emergencias de Gaza.

“Tristeza sería la palabra que definía el sentimiento de los habitantes de Gaza”, dice Abu Foul.

“Hay un estrés post traumático, los niños tienen pesadillas, la violencia machista ha aumentado y los hijos se vuelven contra sus padres porque consideran que no han sabido defenderles o no traen el sustento a casa”, concluye el experto.

En el puerto de pescadores varios niños juegan y sus movimientos dejan aflorar la violencia de una situación límite, sus ojos son el espejo de la tristeza y su sonrisa carece de fuerza.

Así es la realidad en Gaza: triste. Un año después de la “Operación Plomo Fundido” sus habitantes tienen la sensación de que nada se mueve y ese sentimiento les genera impotencia.

Olvidados y sin esperanzas Saud Abu Ramadán

Un año después de que comenzara la ofensiva militar israelí en Gaza, varios de los miles que perdieron sus hogares viven en tiendas de campaña porque el bloqueo israelí impide la entrada de materiales de construcción.

Es el caso de Marwan al Atar, quien parece haber dejado de encontrar sentido a la vida tras casi un año de subsistencia en una precaria tienda de campaña en Beit Lahia, en el norte de Gaza.

La situación era tan desesperada que, a sus 55 años, Al Atar prefirió regresar a los escombros de su antiguo hogar antes que permanecer en su “casa de tela” del campamento del barrio de Al Atatra, levantado hace un año por organizaciones humanitarias internacionales para los que perdieron su casa en los bombardeos.

“Ahora vivo con mis diez hijos en mi casa destruida. Pedí dinero a un familiar para reconstruir una habitación y un cuarto de baño. Nadie se preocupa de enviarnos comida o dinero. Estamos olvidados”, lamenta.

El cielo gris, el fuerte soplido del viento y la cercanía a la ultraprotegida frontera con Israel refuerzan el carácter deprimente del lugar, en el que la veintena de tiendas parecen frágiles; los padres, vulnerables; y los alrededores, yermos.

Sus residentes aún esperan los 4.481 millones de dólares prometidos por más de setenta países en marzo pasado en Egipto para la reconstrucción de Gaza tras la operación “Plomo Fundido”, iniciada hace un año.

Los 22 días de ofensiva israelí por tierra, mar y aire dejaron 4.100 edificios destruidos por completo y otros 17.000 dañados en mayor o menor medida, según cifras del Ministerio de Vivienda del gobierno de Hamas.

Saleh Abu Laila, de 52 años, sigue en el campamento con sus dos mujeres y veinte hijos: “Vinimos aquí cuando nuestra vivienda quedó completamente destrozada. El gobierno de Hamas me dio 2.000 euros, pero sólo me sirvieron para comprar muebles para las dos tiendas de campaña, no para reconstruir la casa”.

Marwan y Saleh cargan con las heridas psicológicas de una invasión que dejó cicatrices más visibles en los cientos de palestinos que quedaron mutilados y tratan ahora de rehacer su vida.

Uno de ellos es la adolescente Yamila al Habash, que perdió sus dos piernas cuando un misil israelí impactó en su casa del este de Gaza capital y mató a su hermana menor y su prima con las que jugaba.

Un año después, Yamila va a clase andando con el apoyo de muletas y gracias a unas extremidades ortopédicas que recibió en Eslovenia hace unos meses. Ahora sueña con ser periodista para informar sobre el “sufrimiento palestino” y no descarta ser madre en el futuro.

Gaza, un lugar fuera del mundo

En un muro del campo de refugiados de Yabalia, dos niños leen los nombres de algunos de los muertos en la última ofensiva israelí sobre la zona, de la que se cumple un año, que dejó 1.400 víctimas fatales y más de 5.000 heridos.

Foto: Agencia EFE



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