Los ideales en el desarrollo
de la personalidad
Lic. Myriam E. Carnaval de Vega (*)
Concebido es que la educación se propone brindar ayuda al niño para que pueda llegar a conocerse a sí mismo, para que tome conciencia de sus potencialidades y las desarrolle tan plenamente como sea posible. El educador guía al ser en formación para que se haga cargo de lo mejor de sí mismo y lo realice, lo exprese con autonomía y espíritu creador. Respeta y estimula su originalidad y le presta apoyo y orientación. No lo abandona ni lo oprime... La contribución más significativa que la educación puede proporcionar al ser inmaduro es la de ayudarlo a ponerse en contacto con los valores que hacen a la vida humana más rica y más digna de vivirse. Desarrollar los intereses, las actitudes y los ideales de los niños y de los jóvenes constituye un objetivo básico de toda tarea educadora.
Tener un propósito en la vida, un objetivo a la vista, un ideal, una convicción a qué consagrarle lo mejor de nuestras energías es un requisito básico de la salud mental y, para vivir con felicidad en el mundo y participar en sus realizaciones. Una vida humana plena es una existencia dirigida por un fin. Todos, en gran medida, necesitamos sentirnos partícipes de una tarea constructiva. Sin algo por qué vivir la existencia humana carece de sentido y de dirección; se vuelve monótona, vacía... Una vida en esas condiciones marcha a la deriva del acontecer cultural universal y es fácil presa de cualquier propósito subalterno. Vivir con la convicción de tener una misión que cumplir, impele al hombre a utilizar lo mejor de sí mismo al servicio de su ideal. “Por la obra, el hombre se olvida de sí mismo”. Su personalidad crece, se desarrolla y se enriquece con sus fines. Quizá la verdadera sabiduría de la vida consiste en el goce de apreciar y disfrutar de su grandeza y en consagrarse a enriquecerla en el modesto ámbito en que nos movemos.
Una vida emocionalmente estable y mentalmente sana, es una vida con ideales definidos y orientada con propósitos social y personalmente constructivos, y se expresa en el regocijo y en la serenidad interior, en la ecuanimidad, en el optimismo y en la alegría de vivir.
“Es una pena —dice Seyle, en su libro “La tensión en la vida”— que hoy, la mayoría de la gente esté tan ansiosamente inclinada a ser práctica para progresar en la vida, que no encuentra tiempo para cerciorarse de a dónde quiere ir realmente”.
En una sociedad que vive confusa e insegura, sin norte cierto, adquiere una significación y trascendencia especial la presencia de una secuela que se proponga, como objetivo bien definido de su acción, la ayuda a niños y jóvenes para que se tracen un plan o proyecto de vida, dentro de un nivel de aspiraciones y propósitos acorde con las necesidades de nuestra actual realidad y con sus aptitudes y necesidades individuales. La orientación personal y vocacional debe asimilarse integralmente a la tarea educadora, procurando que se confundan educación y orientación en un mismo proceso.
Ayudar al niño a visualizar un derrotero para su vida, asistirlo en su tarea de formarse ideales y de trazarse un plan de acción; ayudarlo a apreciar la belleza donde otros no ven más que cosas y utilidad; ayudarlo a extasiarse ante las maravillosas creaciones del hombre en el arte y la ciencia; a admirarse en la contemplación de la armoniosa presencia del universo; estimularlo en el “despertar de su interioridad”; encender para ellos el mundo de los valores, de la belleza, de la verdad, del amor y la espiritualidad, es tarea por excelencia de toda labor educativa.
Frecuentemente se dice, que el hombre se convierte en lo que desea su corazón. Para Freud, “el deseo es el padre del pensamiento”.
Lo que verdaderamente importa en la vida humana, es lo que creemos y deseamos en lo más profundo de nuestro corazón. Esta es la misión: integrar los valores que se agitan en nuestro siglo, en una filosofía de la vida que de unidad y coherencia a las realizaciones del hombre, pero no en escenarios espectaculares. El hogar, la familia, el barrio, la vecindad, nuestro lugar de trabajo, nuestro compañero de viaje, integran ámbitos propicios para dar vigencia efectiva a una valoración de la vida que se inspira en el respeto por las personas, en el amor al prójimo, en la consideración de su autonomía y de su singularidad individual.
Los valores de más alta jerarquía cultural, los valores religiosos o espirituales, éticos y estéticos que enriquecen la vida humana y la hacen más digna de vivirse, no se adquieren ni se enseñan por medios intelectuales: Simplemente se viven.
Lo que cuenta en el logro de este objetivo, no es la competencia técnica del educador, sino su propia filosofía de la vida, su escala de valores, las cosas en que cree y que animan cotidianamente su vida interior y su conducta social. El verdadero maestro educa por lo que es como persona. Su presencia, irradia una riqueza interior que lo transforma en el “incendiario” que contagia y anima ideales y convicciones profundos.
(*) Lic. y Prof. en Cs. de la Educación, Psicóloga Educacional (UNR).




