“La isla siniestra”
Cara y reverso de la locura

Mano a mano: Leonardo DiCaprio y Ben Kingsley se baten en un duelo actoral en el filme de Martin Scorsese.
Foto: Gentileza Paramount Pictures
Ignacio Andrés Amarillo
La locura ha sido un tema polémico desde hace tiempo, aunque tal vez haya sido Michel Foucault quien más lejos lo llevó, tanto en el ámbito de su institucionalización (el manicomio) como en torno a su estatuto de verdad: la palabra del loco está desautorizada, toda su expresión es considerada como mera exteriorización de su patología, más allá de la frase popular que reza que “los locos, los chicos y los borrachos dicen la verdad”; tal vez ese dicho viene de que ninguno de estos grupos está atado a convenciones sociales, ni se juegan nada en una opinión.
La locura es fuente de miedo: miedo por la pérdida de la propia conciencia (y la propia historia, los recuerdos, todo lo que nos constituye) y miedo también a los padecimientos “sociales”: se cuentan casos (Gabriel García Márquez llevó uno a la ficción en el relato “María de mi corazón”) de gente “normal” que puesta en situación de encierro no sale más, y todos sus reclamos son tomados como síntomas de su mal.
Pero también la locura es espacio de escape de la mente humana cuando la realidad se vuelve demasiado intolerable. Hacia ese destino se mueve el relato de “La isla siniestra” (“Shutter Island”), el último filme de Martin Scorsese, sobre un guión de Laeta Kalogridis basado en la novela de Dennis Lehane.
Formato policial
La trama se inicia como una historia policial, para adentrarse en un misterio creciente y derivar hacia alternativas inesperadas conforme avanza el relato.
La historia comienza en 1954, cuando los alguaciles federales Teddy Daniels y Chuk Aule se trasladan a una isla en la bahía de Boston en la que funciona un establecimiento único en su tipo: un asilo para criminales peligrosos con problemas mentales, con mucha seguridad y en un ámbito inhóspito. A pesar de ello, una paciente ha escapado, y los agentes llegan allí para investigar la fuga, en medio del contexto hostil de esa “prisión-manicomio”.
Por su parte, Daniels se debate entre dos traumas que lo impulsan a ir allí: su recuerdo del campo de concentración de Dachau (y su familiaridad con la seguridad del lugar) y la muerte de su joven esposa, cuyo impacto tendrá una importancia mayor de la que parece (y que podamos contar en estas líneas).
Por supuesto, la conciencia tiene más capas que una cebolla, las certezas se terminan, y nada es lo que parece. Ni siquiera (y eso ya será parte del debate con el lector, tras el visionado del filme) algunas decisiones de vida o muerte.
Opresivas imágenes
En “Shutter Island” se luce desde el vamos la puesta visual: especialmente la tensión entre los exteriores inhabitables y los interiores opresivos, los grises imperantes. La música ocupa un lugar importantísimo en la generación de los climas de tensión (por momentos remedando los mejores momentos del género del terror).
Pero como (otra vez) nada es lo que parece, la música incidental se compone de fragmentos de obras de compositores de música contemporánea, como Ingram Marshall, Gyorgi Lygeti o Krzysztof Penderecki: una acertada decisión del director, en trabajo coordinado (según ha relatado el realizador) con el supervisor musical Robbie Robertson.
Ajedrez actoral
En el rubro actoral, Leonardo DiCaprio vuelve a ponerse bajo las órdenes de su amigo Marty, aportando su conocida versatilidad, que le ha permitido vencer su todavía aniñado rostro para darle forma a personajes maduros y experimentados. En torno a él (ya que su personaje es la clave del relato) se mueve el resto del elenco, comenzando por Ben Kingsley, verdadera contrafigura del protagonista; Michelle Williams tiene a su vez otro personaje difícil de componer... Por su parte, Max von Sydow logra crear un personaje ciertamente intranquilizador, más allá de las interpretaciones.
La mano de Scorsese sabe llevar a paso firme un relato cerrado que explotará llegado el momento. Si bien este filme puede ser comparado con “El camino de los sueños” (“Mullholland Drive”) de David Lynch, lo que allí era abstruso y críptico, aquí se revela con mucha mayor naturalidad. Tal vez porque la locura y los sueños tienen lógicas distintas... De todos modos, uno y otro filme tienen claves que se revelan volviendo a verlo. Quizás para algunos tome entonces la forma de una película de culto. O tal vez no: ya que de nada estamos seguros...




