EDITORIAL

De “trapitos” y limpiavidrios

Se está debatiendo en la Municipalidad -debate que de alguna manera se extiende a toda la sociedad- el tema de los cuidacoches, más conocidos como “trapitos”. A la vez, en la ciudad de Buenos Aires la propuesta del gobierno es prohibirlos, medida que incluye a los “limpiavidrios” -apostados en los semáforos- y a quienes participan de las manifestaciones callejeras con sus rostros cubiertos por capuchas.

En Buenos Aires la propuesta, que en general ha sido bien recibida por la población, ha generado sin embargo airadas reacciones por parte de legisladores izquierdistas y populistas.

En Santa Fe las iniciativas en juego se proponen regularizar y controlar la actividad de “trapitos” y “cuidacoches”. El tema genera previsibles disidencias; aunque más allá de las opiniones políticas, una inmensa mayoría de ciudadanos está en contra de quienes invocando el cuidado de los coches exigen una remuneración bajo la velada -y a veces abierta- amenaza de provocar algún daño al vehículo.

Algo parecido sucede con quienes se ofrecen a limpiar los vidrios de los autos en los semáforos. En este caso se puede decir que prestan un servicio, pero como lo han expresado diversas denuncias, ello no les impide ejercer violencia sobre mujeres y ancianos, más proclives a ser presionados para obtener dinero. Es, por lo tanto, una violencia calificada por el género y la edad de los agraviados.

En el caso de los “trapitos”, en rigor no prestan ninguna función práctica. El sistema de “mangueo” está montado sobre una ficción de la que nadie se llama engaño. Se han dado casos en que han robado vehículos sin que el “trapito” se enterara, ya que tampoco registran al titular del auto porque su exclusivo afán es obtener una suma de dinero y luego desaparecer. En términos prácticos, el operativo funciona como un pacto tácito: el automovilista paga para que el “trapito” no le dañe el auto. Esto es pura y dura violación de la ley.Por eso resultan por lo menos ingenuas las propuestas conciliadoras de la Municipalidad que apuntan a obligarlos a usar uniforme, el pelo corto y alguna credencial. O prohibirles exigir una retribución. En esas condiciones, el ilegal “servicio” de los “trapitos” perdería su motivación y operatividad.

De modo que este intento de maquillar el problema para al fin tirárselo encima a los automovilistas, adolece de un insoslayable vicio de origen. La pobreza no se combate con ficciones o legalizando lo arbitrario e ilegal. Existen otros recursos e iniciativas para darle empleo a los desocupados, más dignas y respetuosas de la condición humana que la humillante y extorsiva tarea del “trapito”.

El gobierno municipal debe asegurar el cumplimiento de la ley y proteger a los ciudadanos que solventan un accionar institucional que alcanza y beneficia a todos, en tanto que respecto de “trapitos” y limpiavidrios, debe pensar en programas de capacitación laboral y organización de cooperativas de trabajo que le provean a la ciudad servicios útiles.