al margen de la crónica
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La terminal
Es la madrugada de un domingo en la terminal de colectivos de un pueblo del centro-norte santafesino. Don Atilio, el sereno, ya sacó su vieja sillita de chapa del depósito y está ahí, vigilando a nadie, peleándose entre un bostezo y otro con esos horrores existenciales que aparecen furtivos cuando la soledad oprime el pecho. Un perro sucio duerme al pie de la puerta de la boletería. El tiempo casi no se mueve.
La gente empieza a llegar un rato antes de la hora de salida del micro que partirá con destino a la ciudad capital. Se agolpa para sacar un pasaje. Se amontonan los bolsos y mochilas coloridas, tuppers y viandas con comida, carpetas y libros. La mayoría de quienes viajarán son jóvenes estudiantes que volvieron al pueblo ese fin de semana a visitar a sus padres y amigos, y que ahora regresan al trajín de la rutina universitaria.
Estos jóvenes vuelven cada tanto; pero no retornarán al pueblo de origen una vez que concluyan sus estudios. Porque allí no encuentran opciones laborales ni profesionales a futuro, al menos no las que aspiran a obtener en los grandes centros urbanos.
La estructura demográfica de este pueblo -que es el espejo de muchos otros del interior provincial- está constituida hoy en su mayor segmento por los adolescentes en etapa de secundaria (muchos de los cuales serán los próximos en ocupar los asientos de ese colectivo que está por partir), y una franja de adultos mayores -familias que, por tradición o herencia, han vivido allí desde siempre-. Es cada vez más escasa la población económicamente activa -de entre 25 y 55 años-, ya radicada en otros destinos.
En aquellos pueblos del interior atascados en sueños truncos que nunca llegarán -como el del progreso ferroviario-, sin incentivos para la radicación industrial ni para la generación de nuevos empleos, el éxodo generacional es un rasgo del presente y la proyección de un futuro que aparece detenido, casi inmóvil, como un charco estanco al costado del vertiginoso cauce del río de la historia.
El colectivo sale finalmente a la ruta, y la terminal, otra vez con la soledad de don Atilio, las luces opacas y el perro sucio, vuelve a ser el panóptico desde el cual se alcanza a ver con lánguida tristeza el destino último de todo un pueblo.