Señal de ajuste
Se la ve bicha

El elenco completo del nuevo programa de El Trece, encabezado por Juana Viale, Gonzalo Heredia y Raúl Taibo.
Foto: Gentileza El Trece
Roberto Maurer
Originariamente, El Trece había previsto a “Malparida”’ como tira de la tarde para competir con “Casi ángeles”. Y estrenó “Alguien que me quiera” para sustituir en el horario nocturno a la exitosa “Valientes”. Fue un mal cálculo: confió en unos caballos cansados, que solamente pueden inflamar a través del recuerdo a un público mayor, pero que ya tienen el turno para iniciar sus trámites en Anses. A “Valientes” le había bastado con tres lomos, que tiran más que un par de bueyes.
Así fue como “Malparida” acaba de estrenarse a la noche descansando principalmente en Juana Viale, por primera vez en un papel protagónico, bella como ninguna, y que hasta el momento venía haciendo personajes que se sacaban la ropa, y no para lavarla, y que jamás habría aceptado su abuela Legrand. En el primer capítulo de “Malparida” ya se desnudó.
PURO ODIO
No hay excusas para quien no conozca el argumento, ni siquiera alegando que las cenizas volcánicas le impidieron estar en el país durante los últimos días: la trama comenzó a difundirse ya a fines del año pasado. Es una historia de odio, según se ha publicitado con insistencia, y una gran serpiente acompaña a los títulos.
Renata (Juana Viale) es la hija de una mujer de condición social baja que se ahorcó al ser abandonada por Lorenzo Uribe (Raúl Taibo) un adinerado empresario de bienes raíces, para casarse con una mujer de su misma condición social (alta). Ya adulta y apetitosa, Renata consagra su vida a vengar a su madre, acercándose a Uribe para arrastrarlo a la ruina y la muerte. Pero el amor se cruza en su camino a la destrucción, cuando conoce a Lorenzo Uribe, el hijo de su víctima (Gonzalo Heredia, uno de los tres lomos ya citados).
Esta trama fue comprimida en el primer capítulo, y constituye un mérito de “Malparida” el no entretenerse con los momentos muertos y lagunas que suelen ser recursos de estiramiento artificiales muy propios del género, es decir, con personajes secundarios que toman mate en una cocina de utilería y comentan la acción de los principales, como un coro griego, u otros procedimientos bien conocidos.
Renata es promotora en un torneo de golf donde los participantes juegan de traje, se acerca a Uribe y luego finge un desmayo en la playa de estacionamiento (Juana Viale aún no es experta en desmayos, pero alguna vez aprenderá a revolear los ojos y tirarse al piso de un modo convincente), y Uribe la auxilia, cariñoso. “Es buen mozo y elegante, entiendo por qué mi mamá se enamoró de él”, dice Renata para sí misma. Intercambian miradas, todavía agachados, Uribe le da su tarjeta y al otro día ella se presenta en la empresa y consigue trabajo con una facilidad proporcional a los atributos de Juana Viale.
DE MECÁNICO A NIÑO BIEN
En el primer envío ya conoció a Lautaro, en el ascensor, y por ahora el triángulo funciona como la estrategia de Renata para seducir al padre y a la vez resistir con desprecio aunque con algún guiño, a los avances del hijo.
Lautaro es un joven insatisfecho y caprichoso, lo que deja espacio al juego de mohínes de Gonzalo Heredia, incluyendo trompitas. Corre carreras de motos, y su padre le habla: “Sé lo que pasa en tu vida, y también sé lo que no pasa. Hay una empresa esperándote”. Entonces, el heredero rebelde comienza a concurrir a la oficina, aunque a veces sin corbata, ahora con ropa de ricos, ya no con los mamelucos de mecánico de “Valientes”. Es el mismo, de todos modos.
Renata vive en una casita de barrio con su abuela, una señora amargada que se entrega a todo tipo de devociones, rodeada por santos y velas. Entre rezos, ha comenzado a intuir que algo malo se aproxima. “A los hombres les tengo miedo, mirá cómo nos fue a tu madre y a mí”, le dice a su nieta Renata, una reina orgullosa, vengativa, intrigante y arribista, alguien que será muy difícil de parar en la novela. En la oficina, la personalidad de la nueva empleada es resumida por una de las víboras de escritorio: “Se la ve bicha”.




