EDITORIAL
EDITORIAL
La presidenta, los dichos y los hechos
El viernes pasado, en un acto que presidió en Porteña, provincia de Córdoba, la presidenta Cristina Fernández, ante los gobernadores de Santa Fe y Córdoba (dos provincias de dominante sesgo agrícola) sorprendió con elogios para la actividad lechera y el campo en general, a cuyos actores reconoció un dinamismo e importancia vitales para el desarrollo del país. Lo hizo, además, con un mesurado tono y su discurso -aun sospechado de funcional a los oídos del auditorio “de campo”- tuvo contenido y sensatez, y estuvo alejado de la habitual crispación y agresividad que suele exhibir. No sabemos si la soleada y fresca mañana de otoño, el verde de los campos de alfalfa de la cuenca lechera, los silos-bolsas que vio “desde el avión” o las máquinas cosechadoras en pleno trabajo, impregnaron a la presidenta con un aire bucólico que envolvió su alocución.
Se pronunció allí por la plena integración de las cadenas, por el aprovechamiento y el agregado de valor, por la fijación de esa actividad en el interior mismo, por la articulación de políticas públicas y privadas en pos de obtener competitividad y buenos resultados y, en fin, por el diálogo abierto y franco, destacando la selección de la mejor idea -aunque no sea propia- para ponerla en práctica. También imaginó un país capaz de replicar iniciativas productivas que aporten valor agregado y elogió el dinamismo de la lechería en particular y del sector en general.
Cristina Fernández pidió que los argentinos nos concentremos en el trabajo y no en peleas inconducentes y atinó a reclamar que todos “bajemos un cambio” (una juvenil y coloquial referencia que apela a calmar ansiedades, conductas y tonos) en un plural que, suponemos, incluía al gobierno.
Es inhabitual que la presidenta elogie al campo y es inhabitual que pida mayor serenidad y proponga un diálogo abierto, porque en los actos y las palabras, el gobierno y el equipo que comanda con su esposo suelen generar y entrever enemigos en casi todos los actores importantes de la construcción económica, social y cultural del país.
Por eso, es importante que todos “bajemos un cambio” y que tengamos una relación menos histérica con la realidad y los sectores que interactúan para hacer la Argentina, la del bicentenario o la de todos los días, pues es rigurosamente cierto que hoy convivimos con altísimos niveles de agresividad, entre poderes, entre políticos y políticas, entre sectores, como si nuestro país fuera un gran campo de batalla donde se intenta solamente acallar al otro.
Bienvenido, entonces, este llamado presidencial (es la máxima autoridad del país y sus discursos y actos son referencias obligadas para todos) al diálogo y a bajar el tono de disputa imperante. Serían también bienvenidas las acciones oficiales que acompañen esas palabras, de manera de poder dilucidar si esas referencias verbales eran, por fin, la matriz de actos de gobierno conciliadores e integradores o sólo demagógicas palabras de ocasión.