al margen de la crónica
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Cuando volar no es un placer
Autoridades de Aerolíneas Argentinas, representantes del gobierno y delegados sindicales intentaban solucionar hoy el conflicto que ha provocado demoras y cancelaciones de vuelos en el Aeroparque Jorge Newbery.
El conflicto se desató cuando la Asociación del Personal Técnico Aeronáutico (Apta) rechazó la designación de un nuevo gerente de operaciones, luego de que la empresa declinara el nombramiento de un mexicano, cuestionado por otro de los sindicatos aeronáuticos, la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas (Apla).
La semana pasada, el nombramiento del mexicano Andrés Fabre Robles desató la renuncia a sus cargos jerárquicos de 50 pilotos de Aerolíneas Argentinas. La empresa resolvió entonces no incorporar al mexicano y en su reemplazo designó a Guillermo Ballesteros, que fue aceptado por los pilotos, pero no por los mecánicos.
Es posible que, cuando esta edición esté en la calle, el conflicto esté ¿definitivamente? solucionado. No obstante, por más de 48 horas, cientos de pasajeros, paisanos y extranjeros, padecieron -es la palabra que mejor define la situación- los efectos de una disputa minúscula entre particulares que jamás los tuvieron en cuenta.
Es curioso; en todo el mundo, la compañías aéreas procuran cuidar a sus clientes, porque son ellos los que las mantienen en el aire. No hace mucho, un accidente natural -la erupción del volcán- obligó a suspender miles de vuelos en toda Europa. El episodio, para el que nadie tenía una solución a la mano, mereció la atención de todos los gobiernos del viejo continente, que seguramente sacarán enseñanzas de la crisis.
En la Argentina, una miserable discusión sindical alcanza para dejar los aviones en tierra y a los pasajeros en la vía. Nadie se interesa por ellos, nadie respeta sus derechos; al contrario, escuchando sus quejas, uno descubre que son engañados a sabiendas y sus derechos son vulnerados con absoluta impunidad.
Mientras tanto, los gremios siguen en su juego, el gobierno se muerde la cola y los ciudadanos son víctimas desamparadas de un juego perverso que los tiene como rehenes.