La vuelta al mundo
A treinta años de la muerte del obispo Romero
La vuelta al mundo
A treinta años de la muerte del obispo Romero
Rogelio Alaniz
El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba una misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia, un francotirador asesinó al obispo de El Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero. El obispo cayó sin vida sobre el altar ante la mirada aterrorizada e incrédula de la feligresía, que verificaba que los comandos de la muerte existían y que estaban decididos a todo.
Se cumplen treinta años de aquella muerte que tiene responsables con nombre y apellido que aún no han rendido cuentas a la Justicia y es muy probable que no la rindan nunca porque la mayoría de los involucrados han muerto. El aniversario permite evocar al obispo mártir, actualizar el trámite de canonización y reflexionar acerca de la pesadilla de sangre y violencia vivida en Centroamérica en aquellos años, pesadilla que alcanzó la cifra de setenta mil muertos en nombre de la seguridad nacional. También abrió el debate sobre el rol de la Iglesia Católica y los sacerdotes en una región donde la Guerra Fría se había transformado en guerra caliente.
Romero fue asesinado un lunes a las seis y media de la tarde. El hecho consternó a todos, y aunque Internet no existía, la noticia recorrió el mundo con una velocidad asombrosa . Si bien en El Salvador hacia rato que los comandos parapoliciales y paramilitares asesinaban a mansalva, nadie se imaginó que se atreverían a ultimar a un obispo en el momento en que estaba celebrando la misa. El crimen, en este caso, adquiría particular patetismo porque los asesinos invocaban la defensa del mundo occidental y cristiano, una contradictoria o cínica adhesión a la fe ya que en esos días en la ciudad de El Salvador la consigna más extendida en las paredes era: “Haga patria, mate un cura”, consigna que firmaban organizaciones cuyas siglas remitían a comandos de extrema derecha.
Si bien jurídicamente no se ha logrado hasta la fecha probar quiénes fueron los asesinos de Romero, existe un amplio consenso en admitir que a la orden la dieron el mayor Roberto d’Aubuisson y el capitán Aldo Saravia, ambos dirigentes del partido Arena, reconocidos organizadores de comandos de la muerte y capacitados militarmente en la célebre Escuela de las Américas, el santuario a donde peregrinaban los militares golpistas de todo el continente. El mayor D’Aubuisson murió de cáncer pocos años después, pero su hermana Marissa llegó a admitir que era muy probable que hubiera estado comprometido con este crimen. Por su parte, Saravia ha tenido que dar algunas explicaciones y en algún momento se le abrió un proceso, pero a esta altura de los acontecimientos es muy difícil que pague por el crimen cometido.
Romero fue asesinado y su muerte está impune, pero su memoria ha ido creciendo con los años, los relatos y las leyendas. El cine y la literatura lo han reivindicado y el cancionero popular divulga su martirologio. Calles, plazas, monumentos, recuerdan al “obispo mártir” que supo asumir con coraje su destino. En 1983, cuando el Papa Juan Pablo II visitó El Salvador, se arrodilló para rezar una oración ante su tumba, un reconocimiento y un honor que más de un seguidor de Romero consideró que debería haberse hecho cuando estaba vivo.
Al momento de morir, Romero tenía 62 años y hacía tres años que se había hecho cargo de la diócesis de la ciudad capital. Por esas ironías de la historia, Romero llega a este lugar para desplazar a un obispo supuestamente comprometido con la izquierda. Es más, cuando algunos sacerdotes identificados con la teología de la liberación tomaron conocimiento de que Romero se hacía cargo del obispado, no vacilaron en acusar al Vaticano de girar a la derecha para impedir el compromiso de los sacerdotes con los pobres.
Sus biógrafos, y quienes lo conocieron, se esfuerzan por indagar en qué momento Romero cambió o, como dijera el obispo Arturo Rivera y Damas -uno de los desplazados por Romero-, cuándo fue “iluminado por el Espíritu Santo”. Quienes se resisten a admitir esta versión “misteriosa” del cambio, postulan que Romero ya era otro al momento de hacerse cargo de la diócesis porque el espectáculo de pobreza y violencia que había presenciado en las zonas rurales lo había escandalizado. Otros consideran que cuando el obispo se entera que unos comandos parapoliciales habían asesinado a dos sacerdotes jesuitas y a más de quince campesinos, decidió iniciar su prédica acompañada de decisiones institucionales, que incluían el retiro del obispo de los actos oficiales.
Las causas que explican el cambio de conducta en los hombres son siempre difíciles de precisar y en muchos casos poco y nada tienen que ver con las apariencias. Romero cambió pero también es probable que no haya cambiado, sino que en cierto momento el nivel de criminalidad de ciertas facciones de la clase dirigente haya sido tan brutal que no le dejaron otra alternativa que levantar la voz. “Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado”, le dijo un día a un funcionario del gobierno.
Un día antes de romper relaciones con el gobierno se había opuesto a una cartilla contra el gobierno que intentaban hacer circular los sacerdotes de su diócesis. Consideraba que no era oportuno hacerlo porque era demasiado facciosa. Cuando al otro día fue asesinado, el jesuita Rutilio Grande ordenó divulgar la cartilla. “La iglesia no debe meterse en política -dijo- pero cuando la política toca el altar de la Iglesia ¡a la iglesia le toca defender su altar!” . Cuando las amenazas arreciaron, dijo en una de sus homilías que se transmitían por radio a todo El Salvador: “En nombre del Evangelio, estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y a la muerte” . Y cuando lo amenazaron personalmente no vaciló en escribir: “Yo creo en la muerte y en la resurrección y si me matan sepan que resucitaré en el pueblo salvadoreño”.
Romero se ordenó de sacerdote a los veinticuatro años y estudió en Roma donde se dice que fue alumno de Giovanni Batista Montini, luego conocido como Paulo VI. La imputación de conservador tal vez haya sido exagerada, pero no hay duda de que, por su trayectoria y su prédica, Romero no tenía nada que ver con la teología de la liberación y mucho menos con la propuesta tan en boga entonces de fusionar el Evangelio con el marxismo.
Es más, es muy probable que el Vaticano lo designara obispo de San Salvador para poner límites a la expansión de la teología de la liberación y a la creciente radicalización de los sacerdotes de base hacia la izquierda, expresada entonces por el Frente Farabundo Martí. En su momento, monseñor Luis Chávez y González había advertido contra este obispo que contaba entre sus antecedentes haber desarticulado centros de formación catequista. Sin embargo, si alguna vez la especulación de poner un obispo de derecha existió, los hechos se encargaron de crear un escenario diferente con comportamientos diferentes.
En sus tres años de obispo en San Salvador, Romero viajó cuatro o cinco veces al Vaticano donde su autoridad fue revalidada, aunque no faltan quienes aseguran que los tirones de orejas que le daba la jerarquía eran cada vez más fuertes. Saber si esto ocurrió efectivamente es muy difícil, pero queda claro que Romero nunca dejó de ser un obispo de la Iglesia Católica plenamente avalado por la institución y que, presiones más, presiones menos, en todo momento mantuvo su prédica contra los crímenes y los abusos del Estado.
El domingo 23 de marzo, un día antes de su muerte, dio a conocer su última homilía: “Yo quisiera hacer un llamamiento a los hombres del Ejército que son hermanos de nuestro mismo pueblo y que matan a sus mismos hermanos campesinos. Lo que les digo es que ante la orden de matar que pueda dar un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Deben obedecer a su conciencia y no a la orden del pecado”. Después, el párrafo final: “ En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión”.
Memoria viva. En las calles de San Salvador, una mujer pasa caminando frente a un mural que evoca a personas asesinadas en los años de plomo, panel en el que se destaca la imagen del obispo fusilado mientras daba misa en la capilla de La Divina Providencia.
Foto: Agencia EFE