Dime en qué silla te sientas y te diré quién eres

El jueves 13, a las 20.30, se inaugurará “A cada cual su silla”, exposición de Susana Ocampo, en el Centro Cultural La Ribera, Dique Uno, Puerto de Santa Fe. La muestra, multifuncional, propone también una participación activa de los espectadores.

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Susana Ocampo.

Foto: Luis Cetraro

 

Por Enrique M. Butti

Dime qué silla tienes y te diré quién eres. Sillas de Susana Ocampo. Las sillas. Que sostienen gran parte de nuestra vida (nos tienen para trabajar, comer, leer, pasar el tiempo, reír y llorar), las sillas anónimas (asientos a los que les da igual una asentadera u otra, sillas ajenas, butacas públicas) y las sillas propias (las que cada cual elige, o las que nos eligen a nosotros, atrayéndonos, abrazándonos, chupándonos, como las conmovedoras de los ancianos que están envejeciendo con ellos y que quizás ya nadie usará cuando sus moradores desaparezcan).

Sillas para morir (la eléctrica, el sillón de gas, el del garrote vil).

Sillas vacías, que ya son su ocupante.

Sillas que están suplantando una presencia.

Cada una carga una historia histórica, social, estética y emotiva.

Sillas que son el verdadero ente ontológico (el resto, la persona en sí, apenas un apéndice).

Ocampo se integra dignamente a una tradición en la que figuran como inolvidables antecedentes las sillas y los sillones de Alberto Savinio, el genial hermano de Giorgio de Chirico. En sus pinturas y cuentos los asientos y sus ocupantes se funden, se encarnan unos en otros y permanecen más allá del tiempo y de la carne. Sus cuentos están poblados de estos muebles capaces de revelar un pasado remoto. Sillones paternos, filiales, mecedoras “adornadas como una vieja tía”, “esas poltronas panzonas y de pecho saliente, orgullosas como tantas tías de culo bajo, con arabescos bordados y borlas colgantes, con la punta del pie pequeñito apenas asomado por debajo del ribete”.

Inolvidables las dos sillas que pinta Van Gogh en aquellos meses en que convive con Gauguin, soñando y proyectando ese Atelier du Midi al que no concurrió ninguno de la larga lista de invitados. Fueron dos meses en los que día a día se agravaban las desavenencias. Gauguin escribía a Bernard: “Él [por Van Gogh] admira a Daumier, a Daubigny, a Ziem y al gran Rousseau, que a mí no me interesan. Y, a su vez, detesta a Ingres, Rafael, Degas, a quienes yo admiro. Yo le digo a todo que sí, que tiene razón, para que por fin deje de fastidiarme”. Discutían, según el propio Van Gogh, con “excesiva electricidad”. Gauguin le confiesa finalmente que quiere irse. Van Gogh busca el recorte de un periódico y se lo muestra; la noticia habla de un asesinato y termina diciendo: “El asesino se ha escapado”. De ese tiempo son las dos pinturas con sendas sillas vacías: “La silla de Van Gogh” -una rústica silla de paja- y “La silla de Gauguin” -un sillón con posabrazos, con una vela encendida y libros. Si se colocaran a la par los dos cuadros podría tenderse una línea de fuga en el que se encuentra un punto adonde coincidirían las miradas de los dos ocupantes. Pero ese encuentro es imposible, no sólo porque las sillas están vacías, sino sobre todo porque una silla está en el día y la otra está en la noche.

Susana Ocampo crea en esta muestra una cosmogonía de esta amable sostenedora, desde la sillita infantil que alguna vez tuvimos que escalar para atrapar, domando a la indócil para que en el futuro ya todas se doblegaran a nuestro servicio, hasta la silla recuperada, cirujeada (por su rescate ruin y sus múltiples cirugías), y hasta el sofá que -como para Savinio y Warhol- parece erigirse como la quintaesencia del erotismo.

Asientos con sus respectivos títulos: “Alita de Pecho”, “Esto es una silla”, “Sillón de los deseos”... Elige tu propia silla, propone Ocampo en los distintos módulos de esta muestra, entre sillas reales (la arquetípica platónica y sus sucedáneas), videos y sillas pintadas en telas, en placas radiográficas (radiosillas) y en paneles.

El de Ocampo es un arte realista, o neorrealista, desde luego el que cabe a nuestro tiempo, ya que la mímesis artística cambia con la historia. A Ocampo no le interesa una instalación de cuatro sillas blancas y una negra. No le importa lo conceptual, sino lo existencial. No le importa la abstracción, sino la expresión, incluso la expresión desaforada que ha acopiado y ha surcado también el pop, el eclecticismo técnico y la vuelta de tuerca al desprecio por el juego sentimental.

Descubrámonos cansados. Elijamos una y desplomémonos en su abrazo.


Dime en qué silla te sientas y te diré quién eres

“Silla de Van Gogh” y “Silla de Gauguin”, de Vincent Van Gogh.

Dime en qué silla te sientas y te diré quién eres

Sillas de Susana Ocampo que se expondrán en la muestra titulada “A cada cual su silla”.

Foto: Luis Cetraro

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Sillas de Susana Ocampo

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Dime en qué silla te sientas y te diré quién eres
Dime en qué silla te sientas y te diré quién eres

“Monumento marino ai miei genitori”, de Alberto Savinio.

¿Cosas mudas?

“Porque los hombres ceden a las impresiones físicas más groseras, pero son demasiado burdos todavía para atender a lo más sutil e inefable que circunda nuestra vida; no saben escuchar las voces de las cosas que, en su ignorancia, creen mudas; no saben ver los paisajes que pueblan el aire y que, en su maciza indiferencia, creen vacío; y con las gruesas cabezas que no entienden y los ojos velados que no ven, andan ignorantes por entre los misterios” (Final de “Poltrona de amor”, de Alberto Savinio)