EDITORIAL
EDITORIAL
Más embates contra la prensa
El secretario de Cultura de la Nación ha dicho que los medios de comunicación pueden llegar a ser más peligrosos que las armas. Si es verdad que los funcionarios deben responsabilizarse de las palabras que pronuncian y los juicios que emiten, queda claro que Jorge Coscia, quien es, por añadidura, un caracterizado intelectual, sabe lo que está diciendo y se hace cargo de su “sentencia” sobre el periodismo; o, mejor dicho, sobre el periodismo no oficialista.
La posición de Coscia no es nueva en el campo del gobierno. Coincide con la nueva tesis sobre un periodismo al que pocos años atrás los Kirchner consideraban parte del patrimonio cultural de la Nación, al punto que así lo establecieron en una ley que está vigente. El dato, paradójico, es interesante porque ilustra sobre la inestabilidad de las convicciones del gobierno.
El cambio de valoración se vincula con las posiciones críticas del periodismo no oficialista, que persiste en señalar errores, exhibir inconductas en el sector público y cuestionar desvíos de poder, lo que perturba al gobierno. Tanto, que la mutación del enfoque se aceleró y profundizó con la derrota electoral del 28 de junio del año pasado. En ese momento, el periodismo fue acusado de operar como un factor decisivo para ese resultado y, a partir de allí, fue convertido en enemigo. Néstor Kirchner habló de generales y “fierros” mediáticos y los acusó de ser la avanzada de grupos destituyentes.
En sintonía con sus palabras, integrantes de sus usinas intelectuales, como Carta Abierta, redoblaron sus cuestionamientos a la prensa tradicional imputando al conjunto, casi sin matices, de ser una máquina deformadora de realidades con el expreso objetivo de afectar al gobierno popular y su proyecto de refundar el país.
La total descalificación de la prensa dice lo suficiente sobre sus autores. Sólo concepciones absolutistas pueden absolutizar sus juicios de esta manera. La construcción de su identidad exige la diferenciación del “otro”, convertido en adversario o enemigo, según la virulencia del proceso.
Hugo Chávez, fuente de inspiración en esta escalada contra los medios y proveedor de tecnología de la comunicación pública para ser empleada contra los medios privados, es contundente al respecto. Las “guerrillas comunicacionales”, células integradas por adolescentes y jóvenes para atacar y desacreditar al periodismo que no adscribe al “socialismo del siglo XXI”, son la última creación de su gobierno. El argumento, muy simple, es consistente con la formación de un militar como Chávez: “Estamos sosteniendo una guerra mediática”. No importa la utilización de escolares de trece años o jóvenes que cursan el secundario. Al contrario, así son más fáciles de fanatizar.
Para un totalitario, todo recurso es aprovechable con el fin de asegurar el poder. Y ese ejemplo se disemina. Qué importa que enfrente no haya una prensa conspirativa, sino tan sólo una prensa que molesta porque intenta cumplir con su función en clave republicana.